Revista Cultura y Ocio
No tenía miedo, pero desconocía cómo acabaría aquel interrogatorio. Todo cambió cuando el Obispo me preguntó: acaso no hueles a sardinas. Sí, respondí, sin más argumentos. Entonces puedes darle una respuesta más convincente a este tribunal eclesial de tu presencia en la sacristía. Sí, soy el monaguillo de la catedral. Y tú crees que eso te exime de responsabilidad. No sé a qué se refiere señor Obispo. Al destrozo del valioso códice de Derecho Canónico. Entonces guardé silencio y vi como el padre Ángel me miraba de reojo, asustado. No le delaté, simplemente recordé las tardes en las que le ayudaba a subirse encima de unos gruesos volúmenes de pastas oscuras, y él, con el auxilio de su paraguas, llegaba hasta el lugar donde se escondía la llave que abría la gaveta del vino de las misas, mientras que yo, desde abajo, le escuchaba susurrar ¡Ave María Purísima!... Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
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