Decían que habían perdido en la nada de la distancia que hay entre el depósito de la grúa y el taller al Negrevercarruaje; por eso hice una llamada de auxilio, o de comprobación -como esas de cuando un alumno quiere colarme que su padre ha visto la nota en la agenda, pero no ha querido firmarla, profe. Sólo nombrar una denuncia por desaparición hizo que la amable señorita del otro lado del teléfono pulsara no-sé-qué-botón para que el mecánico de la casa me confirmara que no, que allí estaba el Negrevercarruaje, que con calma y buenas maneras. Pero eso sí, que hasta el viernes no podía abrir el capó para ver si el piloto del alternador indicaba algo más sobre el estado del paciente.
Supongo yo que en ese taller de Logroño deben de tener más trabajo que en todo el país junto.
Fue entonces cuando Él decidió tomar cartas sobre el asunto. Me recordó a aquel padre en entrevista hablando de la falta de trabajo de su retoño:
- Déjalo, cari, que de esto me encargo yo...
No sé qué dijo, ni qué palabras, o quizá fue el acento de más allá del Sistema Central, que crea redes, en una especie de olor tribal que une a la gente más allá del teléfono y por encima del límite de los 400 kilómetros de distancia. Él aquí, en el salón, el mecánico allá, acordando sin problemas que el capó verde del Negrevercarruaje ya estaba levantado y el diagnóstico era la correa rota y no sé qué artilugio infernal más.
- Tranquila, Negre, que el jueves como tarde ya puedes volver a Logroño a por el coche.