El estado natural del animal humano es el miedo. Venimos a un mundo del que tenemos que ir aprendiendo las reglas, queremos certezas y unas rutinas básicas, pero a la vez nos atrae lo desconocido. Quizá Backrooms ha sido una película tan exitosa porque ha sabido acercarse a los terrores contemporáneos, que no tienen que ver con los clásicos fantasmas o monstruos, sino con asuntos más abstractos e inexplicables, con fenómenos físicos que puedan atraparnos y llevarnos a mundos de pesadilla, no tanto por lo que ahí pasa, sino por lo que podría pasar. La gran virtud de esta película es la enorme inquietud que crea al espectador de una manera aparentemente sencilla: mostrando una arquitectura de habitaciones vacías, con diseños que van desde lo más convencional a lo imposible y que parecen no tener fin. Son estancias que transmiten una atmósfera extraña, que consigue que sus visitantes quieran salir lo antes posible de allí, pero a la vez invitan a seguir explorando, a indagar en el enigma de estos espacios. Es difícil conseguir estas sensaciones en un género tan complicado como el terror, pero Parsons parece haber dado con la tecla de despertar esos sentimientos inmemoriales con un toque propio de estos tiempos dominados por una IA cada vez más inquietante. Solo cabe esperar que esta fórmula no se explote de manera desmesurada y que las inevitables futuras entregas mantengan niveles de originalidad y calidad adecuados.P: 7
