La casa estaba alejada de toda civilización. O eso les decía. Pero ellos ni escuchaban.
En ella habían vivido sus abuelos paternos durante más de sesenta años de matrimonio. Y antes la familia de su abuela durante otros doscientos más. Cuando era pequeño sus padres comentaban de vez en cuando que tenían intención de visitarlos. Aquello sí que eran noticias de las buenas. Era imposible no emocionarse.Y sus hermanos y él mismo no dormían la noche anterior.
Aquella casa cumplía las expectativas de una aventura redonda. Unas pistas interminables después de una carretera comarcal de mala muerte. Todo era piedra y verde. Agreste. Salvaje. Aquellos campos y arboledas. Las rocas de granito grisáceo rodeadas de arbustos inexpugnables. Y aquel silencio.
Sus estancias diferentes. Caóticas. Llenas de cachivaches indescifrables. Y grandes camas. Con mantas coloridas. Mullidas. Con la capacidad innata para hacer desaparecer a uno sólo con echarse encima. El olor a pan recién hecho. En la mañana en la que se encendía un horno centenario que funcionaba con leña de pino y castaño. Aquel olor que impregnaba puertas y paredes. Y hacía que desayunar fuese un placer.
La hierba recién cortada. En montones pequeños a la sombra de aquellos enormes árboles. Los que mostraban orgullosas ramas y hojas verdosas en verano y rojizas y ocres en otoño. Aquellos árboles que hablaban en susurros suaves. Cuando después de comer se tiraban los hermanos alrededor de sus troncos. Y escuchaban. El mayor explicaba. Los pequeños se asombraban. La niña exigía su parte en la historia. Y acababan riendo y acertando en qué se convertían las nubes que se contemplaban entre las copas.
Aquella casa alejada de toda civilización. En la que habían convivido cuatro generaciones y una veintena de personas al mismo tiempo. Era ahora una ruina. Vista desde la verja desposeída de funcionalidad. En la que antes se elevaba aquel gallo tan cabrón que los perseguía por todo el patio. Como si cantar de madrugada y despertar a todo el mundo no fuese suficiente. Ni siquiera la puerta de acceso se encontraba en pie. Nada estaba en su lugar. Ni nada poseía ya motivos para continuar viviendo.
Joder papá. No hay ni cobertura. Cómo quieres que suba alguna foto al insta. Coño. Menuda mierda.
Él no escuchaba. No le apetecía. Cruzó aquel espacio lleno de vegetación. Donde hace tiempo los animales esperaban pacientemente a que se rellenase aquel abrevadero de piedra con el agua cristalina y helada del pozo. Pasó cerca de las rocas de granito. Y contempló el campo que se abría hacia la parte de atrás. Donde se mecían majestuosos. Enormes. Robustos. Acogedores. Aquellos árboles.
Se acercó con cuidado. Casi como si de un espacio sagrado se tratase. O así le parecía. Permaneció un momento de pie. Allí. Aspirando aquel aire. Visualizó el entorno. Y se recostó. Con las manos tras su nuca. Y su mirada hacia las copas. Se recostó cuan largo era. Donde creía que debía permanecer su sombra. La de sus recuerdos. A la sombra de los árboles.
Y descubrió. Entre aquellas copas. Que la siguiente nube era un barco atravesado por una flecha. Perseguido por un lobo. Que ahora era un libro abierto. Convertido en cigüeña. Sonrió. Y lo supo.
Sin ningún género de dudas. Mi lugar. Está bajo estos árboles.
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