Conducir hasta la residencia, es el tramo más duro que hago cada domingo nada más despertar. Mi corazón aún cree en la necesidad de ir puntual a esa cita para encontrar algo de lo que él fue en alguna sonrisa o en alguna mirada. Circulo despacio, me gusta ir recordando trocitos de vida abrazada a sus caricias y me abato al darme cuenta de este viaje sin sentido y resignado que cada domingo me empeño en hacer mientras me voy convenciendo de que traerle aquí, fue una buena decisión. Ya no era la soledad o mi falta de atención, era el miedo a volver y encontrarme con la casa vacía y él yaciendo en el suelo mientras sus venas abiertas se diluían por cada azulejo, era el miedo a verle suspendido en el aire terminando con la vida que tanto le atormentaba.
Los grandes muros me abren paso a la enorme parcela, de pinos altos y sombras frescas, la mejor de la zona, las mejores vistas a la montaña y el mejor personal cualificado; con esa publicidad, parecía un lugar de vacaciones. Me adentraba por la amplia senda hasta llegar al aparcamiento, ahí, con el motor en marcha y mis manos en el volante, respiraba hondo varias veces para poder armarme de valor o endurecer más mi coraza para que doliera menos lo que me encontrara en aquella habitación. Resultaba demasiado duro tener frente a ti a quien te dio la vida y ahora aquí encerrado, observar como se le va poco a poco a base de pastillas y barbitúricos, de soledad e inconsciencia entre esas cuatro paredes.
La mirada perdida, pero llena de brillo, la barba de tres días pero bien aseado; se que no sabe quién soy, pero esboza una leve sonrisa cuando le hablo de cosas del pasado. A veces aparta sus ojos para fijarse en los cristales del ventanal intentando recordar mejor vida, y suelta una frase inconexa, de esas que antes me molestaban, y ahora contesto según la corriente, sólo para poder conversar. Qué rondará por tu cabeza, ahora vacía de recuerdos, triste y aguada por los efectos secundarios de tantas drogas, llena de sentimientos pero confusos y dolidos. Reconoce mis manos cuando las acaricio y aunque me mire a extrañar, se que le gusta que me acerque y le acaricie el pelo, creo que se siente reconfortado y a salvo, siempre hemos sido él y yo, una familia de dos, rota por el abandono emocional de una madre que se dedicaba más a la noche, a la calle y a consumir cualquier cosa que la mantuviera en pié y le diera fuerzas para continuar su peculiar manera de ver la vida. El hogar se partió en dos cuando él le fue infiel con su mejor amiga, desde aquél día los ojos de mi madre eran fuego y agua de tanto odiar y tanto llorar. Ella decidió tomar su propia venganza, pero perdió el control y fue en forma de alcohol, de noches fuera de casa, de mañanas en la cama abrazada a su resaca y él, con tal de que no se marchara y nos abandonara, aceptó su terrible castigo y fue guerra y paz, los días y las noches, discusiones y silencios que entre lágrimas y portazos acabaron con la vida familiar. Aprendí a cuidar de mi misma, porque no había nadie que lo hiciera; él se hizo esclavo de su trabajo para intentar olvidar lo que había en casa y ella vivió esos años más fuera que dentro, más borracha que sobria, entre cigarrillos mentolados y los bajos de cualquier tío que se restregara con ella por saciar cualquier adicción.
El día que ella murió, lejos de provocar paz y alivio para esta familia, desencadenó la locura y la ira de mi padre, cada día se culpaba más de los errores cometidos, se lamentaba de no haberla sabido cuidar; <<Yo la abandoné al olvido y la maté>> , balbuceaba cada mañana en cada sorbo de café; se responsabilizó de cada error que cometió en el pasado, de haber destruido con ese desliz, la felicidad familiar, se culpaba de haber convertido a mi madre en un monstruo que ya no podía controlar. Los años seguidos a su muerte fueron de barbas de tres días, de vasos sucios en el fregador, de alcohol y pastillas para dormir y de anhelar una muerte que no llegaba y pretendía forzar. Esos años observé como la torre que habitaba mi casa, se convertía poco a poco en ruinas por el amor de una mujer, a la que no supo cuidar y que en el fondo había sido el motor de su vida. Vio como se perdía en el camino y no supo qué hacer para hacerla regresar, el peso de su conciencia era demasiada carga y un mal día se rompió. La sensación de regresar a casa y que la piel te avise de que algo no va bien es lo peor que experimenté en aquellos años; esa vez llegué a tiempo, pastillas derramadas, espuma en la boca y manos en el corazón…
En aquellos momentos tan duros, decidí que no le abandonaría en el olvido, que aunque no quisiera seguir viviendo, le devolvería las ganas de soñar, le recordaría los mejores momentos y le acariciaría el pelo como cuando era pequeña, sentada en su regazo, pero me equivocaba, las personas que dejan de vivir en vida, las que se evaden en la triste felicidad de un tiempo pasado, ya no las puedes recuperar. Pero cada domingo, sin falta, intento dedicarle mis mejores sonrisas, mis mejores caricias, mis mejores recuerdos, aunque no me reconozca, ese brillo de sus ojos, me dice que mi presencia le alivia y le da paz, estaré junto a él cada domingo porque jamás le abandonaré en el olvido.
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