Revista Viajes

Berlín: Con muro y sin muro

Por Mundoturistico

Aunque el recuerdo del holocausto invade toda la ciudad, un paseo por algunos hitos centrales y céntricos de la barbarie nos pondrá más en contacto con la historia real. El Monumento a los Judíos del Holocausto, levantado en el borde sureste del Tiergarten, el parque central en pleno barrio de Mitte, será nuestro punto de partida.

Judíos y Nazis

Concebido como un gigantesco camposanto postmoderno de casi tres mil enormes paralepípedos de hormigón, blancos y desnudos, que forman pasadizos estrechos y asimétricos, es un monumental homenaje a las víctimas de toda Europa, cuyos nombres figuran en el subterráneo que sirve de punto de información. 

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Casi pegado al extremo sureste del conjunto, está el infausto Führerbunker, el refugio antiaéreo donde Hitler se suicidó al dar por perdidos la guerra y su sueño imperial. Pero que nadie piense hollar sus enterradas dependencias: fue clausurado y convertido en solar edificable y hoy duerme, subterráneo e inútil, bajo los edificios y el tranquilo jardín con paneles informativos al respecto.

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Bastante más al sur, casi en línea recta y no muy lejos de la plaza Potsdamer, está la llamada Topografía del Terror, construida sobre las ruinas de lo que fue sede de la Gestapo y las SS, de ahí su macabro nombre. En el exterior, un conservado tramo enladrillado del Muro sirve de pantalla a una interesante exposición abierta sobre la historia del Tercer Reich, sus antecedentes y su desenlace final hasta la actual Alemania unificada: leyendo y viendo las magníficas fotos, se puede obtener una clara y amplia visión del asunto; que acaba siendo completa si se continúa dentro, en el moderno Centro de Documentación, con su muestra permanente y su biblioteca monográfica. 

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Siguiendo hacia el sureste, y ya en el vecino barrio de Kreuzberg, volvemos con los judíos: el Museo Judío es una moderna flecha arquitectónica, caprichosa por dentro y por fuera, con su blanca y maciza Torre del Holocausto y su imposible Jardín, que ofrece un completo recorrido por la vida y obra del pueblo de la shoa en Alemania a lo largo de la Historia.

El Muro

Al término de la II Guerra Mundial, los países aliados acordaron la repartición de la Alemania del vencido Tercer Reich hitleriano. La parte occidental, luego República Federal, quedó, de norte a sur, bajo mando de las potencias centroeuropeas; la oriental se convirtió en la República Democrática, bajo el poder soviético de la antigua URSS. Como consecuencia del reparto y de su ubicación geográfica, Berlín quedó como una isla en territorio oriental, gobernada, a su vez, en la parte oeste de la ciudad y de norte a sur respectivamente, por franceses, británicos y estadounidenses, mientras el este permanecía en manos de los rusos. Las tensas relaciones entre ambos mundos, el capitalista y el comunista, que propiciaron la llamada Guerra Fría, aumentadas en la vieja capital por esa difícil vecindad urbana, culminaron con la construcción del Muro oriental en los años sesenta, una sólida barrera fronteriza de más de ciento cincuenta kilómetros que rodeaba la ciudad.

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De aquel llamado por sus constructores Muro Antifascista y Muro de la Vergüenza por sus oponentes, tan solo quedan hoy el recuerdo y algunos pequeños tramos que se han mantenido en pie como símbolos de una época superada. Al margen de pequeñas muestras aisladas y de las piedras supuestamente originales que se venden como recuerdo turístico, dos son los lugares de la capital del Spree que conservan, más o menos intacta, la vieja valla.

Al sur, entre el río Spree y el flamante M-B Arena, moderno centro de ocio y deporte, se encuentra la East Side Gallery, el tramo más largo, casi quilómetro y medio de Muro cargado y recargado de pinturas y grafitis de vivos colores, alusivos a la paz y a la libertad, realizados por artistas de todo el mundo, verdadero museo callejero, abierto y renovable constantemente. Pero es al norte, a lo largo de la calle Bernauer, donde el interesado puede obtener la más completa información al respecto.

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Primero al aire libre, sobre la misma zona vacía que ocupaba la casi infranqueable pared, con algún tramo original conservado, con paneles públicos de información gráfica, textual y de audio, con restos señalados de su infraestructura (torre de vigilancia, foso, alambrada, carretera, alarmas, patrullas, estaciones de metro fantasmas…), y con un recordatorio a la paz en la sencilla Capilla de la Reconciliación, levantada también en plena zona de la muerte, sobre el solar de la vieja iglesia, con la antigua cruz de hierro hecha escultura, y a las víctimas en la “Ventana del recuerdo”, instalación conmemorativa sobre el pequeño cementerio aledaño; y luego en el Centro de Visitantes y Documentación, que ofrece desde su terraza superior una didáctica panorámica de todo el conjunto de este tramo fronterizo y acoge una muy completa exposición de fotografías, documentos y material relativos a la construcción del Muro y a la vida diaria en la ciudad dividida, donde destacan dos impresionantes testimonios: las biografías murales de aquellos que intentaron cruzarlo, con o sin éxito, un compendio de valor y asombrosas vicisitudes personales, y el emocionante vídeo que narra las desbordantes jornadas de la definitiva apertura y demolición del mismo.

Americanos y rusos

Muy cerca de la citada Topografía, se encontraba uno de los pasos fronterizos que comunicaban las dos partes de la ciudad durante la Guerra Fría, que en este se hizo especialmente caliente cuando, poco antes de construirse el Muro, los dos ejércitos ocupantes, el norteamericano y el soviético, estuvieron a punto de liarla. Hablamos del famoso Checkpoint Charlie, reducido hoy a una falsa caseta de control en medio de la calle y a un grupo de militares yanquis más falsos aun que no paran de hacer el indio para fotografiarse con los turistas.

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En la esquina de la calle, hay un Museo del Muro que muestra y vende recuerdos alusivos, y detrás, en la plaza, un pabellón informativo provisional, La Caja Negra, espera convertirse muy pronto, si las sensibilidades políticas lo permiten, en el nuevo Museo de la Guerra Fría. Finalmente, para encontrarnos con los rusos, damos un salto mayor hacia el sureste, pasando de nuevo la línea imaginaria del Muro, y caemos en el parque Treptower, pegado al río.

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En esta gran zona verde, hoy ocupada por paseantes, deportistas y gente que se acerca a disfrutar de la preciosa ribera fluvial, les faltó tiempo a los triunfantes líderes soviéticos para levantar, a los pocos años del final de la guerra, el llamado Monumento de Guerra Soviético. Construido sobre una colina en el centro de una ancha avenida cercana al lago del parque, a la que da acceso un gran arco de triunfo, y diseñado sobre los postulados del realismo socialista, con figuras gigantescas y sólidos materiales, mármol y bronce, que representaban al hombre nuevo y a la nueva sociedad proletaria, el conjunto escultórico de plataformas, relieves, tumbas, jardines y esculturas humanas de desmesuradas dimensiones es un homenaje mortuorio a los miles de soldados del Ejército Rojo que allí fueron sepultados tras la toma de la ciudad, y el mayor símbolo de la antigua RDA en la Alemania de hoy.


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