Revista Educación

Bette Davis

Por Siempreenmedio @Siempreblog
Bette Davis

Hoy abundan las escuelas que preparan a actores y actrices durante años, pero las carreras duraderas dependen de la suerte, la ambición e intuición del intérprete. El éxito lo alcanza quien consigue la excelencia en alguna de las dos habituales formas de clasificar a quienes se dedican a esta profesión y arte: O bien logra encandilar al público con la sola fuerza de su personalidad, o es capaz de proyectar con su técnica una imagen irreal que traspasa, convence y conecta con el espectador.

Bette Davis lo conseguía por partida doble.

Nacida en Massachusetts un frío 5 de abril de 1908, un crítico llegó a decir que, de haber nacido doscientos o trescientos años atrás, hubiese ardido en la hoguera "por bruja". Alabanza o no, también se dijo de ella que si hubiese elegido la política como profesión, habría sido la primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Pocas como ella han sido capaces de trasladar la esencia de su propio carácter a la pantalla, pero también de aprender el difícil arte de la interpretación durante seis décadas de una carrera tan irregular como fascinante.

Llegó a Hollywood junto a su madre en 1930, y debutó con Universal Pictures, en Bad Sister, una producción menor en la que actuaba un jovencísimo Humphrey Bogart -coincidirían dos veces más-, y su ambición como actriz la llevó a la excelencia en una veintena de filmes rodados en apenas cuatro años, atada a un contrato draconiano que la ligaba sin remedio a Warner Bros (trabajó durante diecisiete años en el estudio y llegó a huir a Londres para demandarlos, sin éxito). Su primer gran triunfo le llegó en 1934, de la mano de la incorregible Mildred en Cautivo del deseo, adaptación de una obra de William Somerset Maugham, en la que luciría su habilidad para hacer suyos papeles antipáticos que otras actrices repudiaban. La revista Life aseguró que era la mejor interpretación hasta la fecha de una actriz americana.

Su pérfida recreación de una mujer viciosa y autodestructiva, capaz de someter a un Leslie Howard débil y dominado por las pasiones, no fue suficiente para ubicarla entre las candidatas al Oscar a mejor actriz. Se generó un revuelo nacional que llegó a motivar un cambio en el sistema de nominaciones, controladas a partir de entonces de forma independiente por la consultora Price Waterhouse (que se ha mantenido hasta la fecha, recordemos el famoso error de 2017). La presión popular la terminó colocando en la terna de nominadas, pero el premio se fue a manos de Claudette Colbert por Sucedió una Noche, un papel que Bette ansiaba, pero al que no pudo optar por la rígida política de los estudios en aquellos tiempos.

Era apenas su encuentro inicial con los premios de la Academia. Al año siguiente ganaría por su papel en Peligrosa -un reconocimiento que ella misma calificaría de "consolación"- y repetiría en 1938 por el drama de época Jezabel, en el que interpretaba a una consentida sureña a las órdenes del que sería su director fetiche, William Wyler. Esta situación la colocó entre las favoritas para interpretar a Scarlett O'Hara en Lo que el Viento se llevó. No lo consiguió, pero su prestigió no hizo más que crecer en los años siguientes. Fue la primera intérprete en alcanzar diez nominaciones (un logro que sólo se repetiría cuatro veces más), y también la primera mujer en presidir la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Es más, hasta su muerte sostuvo que ella había bautizado a la estatuilla porque le recordaba al culo de su marido, de segundo nombre Oscar. También ganó el Globo de Oro, el Emmy, la Copa Volpi, el premio del Festival de Cine de Cannes y el Premio Donostia, y fue la primera mujer galardonada con premio del American Film Institute por los logros de toda una vida.

Después de Jezabel vendría el periodo de mayor esplendor de su carrera, reconciliada en cierta manera con los hermanos Warner, que premiaron su talento e innegable tirón en taquilla con casi una década de películas muy variadas en las que solo permanecían invariables su querencia por los papeles de carácter y los continuados primeros planos de sus inmensos ojos.

Amarga Victoria, La Solterona, La vida privada de Elizabeth y Essex -en la que recreó por primera vez a Isabel de Inglaterra, uno de sus papeles preferidos-, El Cielo y Tú, La Carta, La Loba o La Extraña Pasajera, que rodó en aquellos años de profunda aclamación, son obras de primer nivel, que permitieron a la Davis rivalizar con los hombres en una industria conscientemente machista. Fundó su propia productora, lideró las campañas de recaudación de fondos para la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial -en dos días reunió dos millones de dólares, una verdadera fortuna en la época- y hasta inauguró un club para militares, Hollywood's Cantine.

La mayoría de las películas citadas contribuyeron a consolidar una trayectoria errática en la que sacrificó los papeles de dulces heroínas por actuaciones sensacionales en las que lo mismo recreaba a una enferma de cáncer, una madre soltera (¡en 1939!), una calculadora asesina, o la ambiciosa matriarca de un clan, de mayor edad que la suya. Paralelamente, su vida se sumía en el caos: Episodios de alcoholismo, dependencia del cigarrillo, sucesivos matrimonios que acababan en desastre (enviudó en 1943), pésimas relaciones con la mayoría de sus compañeros de reparto y el inexorable deterioro de su relación con los Warner. Cerró la primera mitad del siglo con un puñado de cintas mediocres que aceleraron su salida del estudio.

En pleno declive profesional y personal, dos películas supusieron un nuevo hito en su carrera: La Egoísta y, su trabajo más icónico, Eva al Desnudo, al que llegó casi por casualidad. Considerada por la crítica "la mejor actuación de todos los tiempos", confiere vida propia a Margo, la diva de la escena que enfila el ocaso de su carrera. Aunque se quedó nuevamente a las puertas del Oscar, los altibajos se perpetuaron, y en 1962 llegó a publicar un anuncio en una revista ofreciendo sus servicios a quien pudiera pagarlos: "Madre de tres hijos, divorciada. Estadounidense. Treinta años de experiencia como actriz de cine. Más amable de lo que dicen. Se ofrece para trabajo estable en Hollywood (experiencia en Broadway): Bette Davis".

Años después, de Sharon Stone a Meryl Streep, pasando por Verónica Forqué, actrices de más de cincuenta años siguen reclamando visibilidad en la industria con papeles a su medida. Davis lo hizo antes que nadie con este anuncio entre patético y divertido, pero toda una declaración de intenciones, al que nadie respondió.

Lo cierto es que un mes más tarde se estrenaría ¿Qué fue de Baby Jane?, filme de bajo presupuesto -paradójicamente, bajo el paraguas de la Warner- que renovó el cine de terror y supuso un éxito de taquilla monumental. Lo mismo la desesperada petición de trabajo no era más que una inteligente campaña de promoción para una obra que engrandeció su mito, volvió a situarla en la terna para el Oscar y alimentó la leyenda de una enemistad mítica con su compañera de rodaje, Joan Crawford. Un gánster para un milagro, Canción de Cuna para un cadáver y Muerte en el Nilo están entre las obras más notables de este periodo ya crepuscular.

Declararse feminista es casi normal en 2021. Muchas décadas atrás, las enérgicas interpretaciones, la propia forma de conducirse de Bette Davis, dieron sentido a este término y a otros como emancipación, independencia y poder. Simbolizaba el nacimiento de una nueva mujer en el periodo de entreguerras del siglo pasado, que lo mismo despertaba fascinación entre aquellos hombres que veían en ella la arrogancia de un carácter indomable, que atraía a los cines a decenas de miles de mujeres deseosas de presenciar como una semejante desafiaba los estereotipos.

Sin ser una gran belleza, sus interpretaciones más exageradas son tan recordadas como sus actuaciones más distinguidas. Los imitadores la idolatraban, fue un personaje recurrente en la televisión durante años, y su carrera prosiguió mientras quiso trabajar, hasta que el cáncer terminó consumiéndola a finales de los ochenta. Hacía mucho tiempo que se había quedado sin vehículos apropiados para su lucimiento y sin directores que modelaran su inmenso talento más allá de sus afamados trucos interpretativos, pero jamás defraudó a su público.

Sus restos descansan en el Hollywood Hills de Los Ángeles, junto a su madre y su hermana Bobby. Su epitafio reza: "Lo hizo a la manera difícil". ¿Merece o no el 5 de abril ser declarado Día Internacional de Bette Davis?

Ya casi no quedamos estrellas.


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