Revista Ciclismo

Bici-sci-fi I: «Cuando el Robot se impuso»

Por Carlosr

Esta novela, también conocida como El día del robot, fue publicada por Frank Belknap Long Jr. en 1964 como It was the Day of the Robot, a partir de un cuento suyo previo titulado Hecho a la medida. Hecho, a mi juicio, con un esfuerzo digno de mejor causa para un autor que gozó de la estima de Ray bradbury y que tuvo como amigo y mentor a H.P.Lovecraft.

Bici-sci-fi I: «Cuando el Robot se impuso»

Supe de su existencia a través del artículo «La Bicicleta: Cándida máquina«, de Luis Bolaños de la Cruz, en la web en castellano ciencia-ficcion.com.

En el año 2263, la humanidad vive bajo el yugo del Gran Cerebro, una inteligencia artificial que controla la sociedad dictando, entre otras cosas, quién tiene derecho a formar una pareja, una familia o incluso mantener relaciones sexuales, basándose en un cálculo genético perfecto.

Con este punto de partida, Mr. Belknap desarrolla las peripecias de su protagonista, el telépata/mentalista John Tabor, y va trufando la narración con desopilantes digresiones sobre el carácter sublime de la familia (heterosexual); sonrojantes reflexiones sobre el amor, la incompletitud del hombre y la carencia de sentido de una esforzada vida de trabajador, al servicio de la Sociedad, sin la posibilidad de compartir sus días con una media naranja (heterosexual); y una profusión de vergonzantes concesiones a la idea de la necesidad de dar un cauce al desahogo (heterosexual) de las imperiosas e incontenibles pulsiones y tensiones sexuales de los hombres.

Pero vamos al tema de la movilidad en la novela que es el que me incitó a sufrir su lectura. A lo largo de la novela el protagonista se desplaza en su propio vehículo a motor y en autobús. También se habla de que mucha gente camina, de un tren subterráneo (seguramente un servicio de metro) fuera de servicio y de navíos. Y se sobreentiende que también se usa algún tipo de nave espacial para llevar materiales de construcción y trabajadores a la «Colonia Marte». Pero no se habla de la bicicleta en ningún momento hasta que se nombra la Carrera de Bicicletas de Sexto Día y caemos en la cuenta de que la bicicleta no es un medio de transporte sino algo mucho más ominoso. Tabor recuerda que las bicicletas de carreras son «muy similares a las bicicletas que empleaban los chicos y los jóvenes que debían haber corrido por las estrechas calles de las ruinas cuando los trenes aún corrían por el subterráneo…«. Un vehículo que ya estaba solo en los museos y los recuerdos. Una decepción para este exegeta en bicicleta.

La Carrera de Bicicletas de Sexto Día es el principal evento de las ruinas de Nuork, una zona «libre» aparentemente fuera del control directo del Gran Cerebro. No es un deporte, sino un espectáculo sangriento, una válvula de escape social institucionalizada y tolerada por los monitores (gobernantes) para canalizar la frustración, violencia y desesperación de los desterrados a las Ruinas, un gueto sin ley ni orden donde los asesinatos y las violaciones son el pan nuestro de cada día.

Tras varios escarceos con féminas, sintéticas y de carne y hueso, y otros lances menos románticos con policías de Seguridad, conspiradores y matones varios, John Tabor llega al gran estadio y vamos descubriendo que las carreras se desarrollan a lo largo de seis días (de ahí el nombre), de forma continua en una pista ovalada, sin equipos. El objetivo de los contendientes es permanecer en carrera el mayor tiempo posible, eliminando a otros participantes con dos tipos de armas: Una lanza de madera (el arma principal para enredar en las ruedas de las bicicletas contrarias y una bola metálica con cadena (su arma secundaria, más pesada y letal que solo se puede usar en situaciones «defensivas extremas», según el reglamento continuamente desmentido por la práctica común).

El reglamento de la prueba prohíbe matar deliberadamente, atacar a un participante ya derribado y usar armas no autorizadas. Sobre la bicicleta, solo se puede usar la parte lisa de la lanza para golpear el cuerpo del oponente (no cabeza, cuello o pecho) o para meter entre las ruedas. Si un participante cae de su bicicleta, puede usar la bola metálica en «legítima defensa», pero técnicamente no debe apuntar a matar.

La realidad es que las reglas son ampliamente ignoradas, con la connivencia de los reguladores. Los participantes apuntan a matar, usan la bola para destrozar cráneos y clavan la lanza en los cuerpos y no solo en ruedas. El «error de cálculo» es la excusa para cualquier brutalidad y el Mantenedor (el hombre que recita las normas en la gran pantalla del estadio) admite cínicamente que sin el riesgo real de muerte, la carrera «no tendría sentido». Las reglas solo existen para dar una apariencia de orden en este sacrificio humano ritualizado creado por el propio Gran Cerebro.

En cada Carrera de Bicicletas de Sexto Día llegan a participar entre 5000 y 6000 hombres (casi ninguna mujer). Cuando una bicicleta queda vacía (por derribo o muerte), los espectadores pueden reclamarla pero solo pueden bajar a la arena 20 espectadores cuando quedan 20 bicicletas vacías (otra norma que muchas veces se salta). Guardias armados en las escaleras de acceso al circuito controlan el violento desorden producido por los aspirantes enajenados y sortean, si hay demasiados voluntarios, las plazas que dan acceso al óvalo.

Los espectadores no son meros observadores. Intoxicados por la violencia, gritan, maldicen, ovacionan las muertes y sueñan con bajar a la pista. Es su principal entretenimiento y su única esperanza de ascenso social en las ruinas, ya que el premio implícito para los vencedores es el prestigio y el derecho a elegir mujer entre las desterradas. Son héroes instantáneos. Al terminar una carrera, son llevados en hombros por la multitud, lo que les da inmunidad temporal (ni la policía se atreve a tocarlos) y el derecho a escoger compañera, incluso por la fuerza. Los perdedores, muertos, heridos o mutilados son arrastrados a un lado. No hay asistencia médica. La muerte es parte del espectáculo y es tan omnipresente y real en el estadio como lo es en cada rincón de las ruinas.

Este es el papel de la bicicleta en Cuando el robot se impuso. Un precursor a pedales de la lucha en la Cúpula del Trueno de Mad Max 3, una herramienta del mecanismo de control distópico que mantiene a los oprimidos ocupados luchando entre sí en las ruinas, mientras las elites van en coche por Nuork.

Según The Bicycle Rule, la novela fallaría el filtro cuatro porque las bicicletas son usadas por auténticos perdedores y locos. Lo que tampoco sería necesario para concluir que no es una obra muy amigable con la bicicleta.


Nos vemos pronto. Si crees que el tiempo y el esfuerzo que he dedicado a este post aporta algo, sigue volviendo por aquí, comparte y déjame pistas de otras obras que hagan al tema en Comentarios. Yo sigo buscando rodadas de bicicleta en este ciclo titulado «Bici-sci-fi»…


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