Revista Cultura y Ocio

Bielorrusia. Cap. 11: Suvórova

Por Zogoibi @pabloacalvino

EL CASCO ANTIGUO

La calle Suvórova (genitivo de Suvórov) es el eje peatonal del centro histórico de Viciebsk: un sector oblongo de ochocientos metros de largo y trescientos de ancho flanqueado, como ya apunté, por el río Dvina al oeste y la avenida Lenin al este; aunque la parte propiamente turística -si llega a merecer tal adjetivo- es apenas su mitad sur, el barrio de la ciudad con mayor densidad -sin ser mucha- de restaurantes. Salvo la vistosa catedral de la Asunción de Nuestra Señora y un par de iglesias menores, no hay en la zona grandes monumentos ni majestuosos edificios; pero el área no deja de tener encanto, con su plácido paseo arbolado, un enorme parque, varias zonas ajardinadas y bonitas vistas sobre el río principal y su afluente, el Vitsba.

Durante mis días en Suvórova el tiempo empezó a ser primaveral, lo cual aquí no significa soleado, sino cambiante, alternando la nieve o la lluvia con los días despejados. Unas veces había que salir con el plumífero y el gorro de lana, otras bastaba con la gorra y una cazadora abrigosa; y, en ocasiones, ni eso. En cualquier caso, era obvio que las temperaturas iban ascendiendo poco a poco en toda esta región, y desde luego río arriba, porque el deshielo comenzó justo esa semana: en el plazo de unos pocos días subió más de cuatro metros el nivel de las aguas, y sobre su superficie se deslizaban, Dvina abajo, bloques de hielo semiderretido provenientes de allende la frontera con Rusia. Por todas las calles y parques de Viciebsk, máquinas quitanieves y cuadrillas de operarios se dedicaban -con bastante desgana, la verdad- a eliminar los peligrosos restos de hielo y despejar el paso en las zonas más transitadas, en tanto que el resto del suelo, a menudo de tierra, se convertía en un incómodo lodazal. Y yo, a mi vez, me dediqué a dar unos buenos paseos por la margen oriental del río, que es una de las zonas ajardinadas más agradables de la ciudad.

AMOLDÁNDOME A LA REALIDAD

Entretanto, había hecho pocos progresos respecto a mi idea de pasar una temporada más larga en Bielorrusia, y lo poco que avancé iba disuadiéndome de ello, al menos de momento. Cuando estuve en la udelenie haciendo la registración había aprovechado para preguntarle a la funcionaria por la posibilidad de solicitar una extensión del visado, pero me dijo que esa figura legal se reservaba para casos extraordinarios muy justificados, como un accidente, pérdida del pasaporte, etc.; “pero así, quedarse más tiempo porque le apetece, no es posible”, concluyó. Por otra parte, leyendo legislación e información por internet me enteré de que la opción de comprar un inmueble, aunque suficiente para otorgar el derecho a un permiso de residencia temporal, llevaba consigo otros requisitos más engorrosos y onerosos, pues la solicitud debía de ir acompañada de un buen número de documentos no siempre rápidos ni baratos de obtener; así que, sin descartar esta idea, la aplacé para un futuro viaje, si acaso, planificándolo con más despacio.

En cuanto a mi tarjeta “virtual”, resulta que al final tampoco le encontré ningún uso práctico. Por un lado porque el manejo de las cuentas por internet o con la app del banco precisaba de un número telefónico bielorruso donde recibir los SMS de confirmación, pero el contrato de SIM que yo tengo, único permitido a extranjeros no residentes, no tiene servicio de roaming, y por tanto deja de funcionar en cuanto sales del país; y por otro porque, como creo haber dicho ya, para hacer pagos con el móvil se requiere un software que yo mismo he eliminado para que no me espíe Big Brother. De modo que, entre una circunstancia y otra, cualquier dinero que ingrese en mi cuenta se me quedará bloqueado de facto en cuanto me vaya, y sólo podré disponer de él si vuelvo alguna vez.

Y, hablando de dineros, me he dado cuenta de que Bielorrusia ha emprendido, igual que Occidente, una veloz carrera hacia la supresión del efectivo. Quizá incluso más que en Europa (y desde luego más que en Norteamérica), aquí la economía está digitalizándose a pasos agigantados: no hay comercio que no tenga un terminal de cobro electrónico y veo que es poca la gente que utiliza billetes o monedas, hasta el punto de que, con frecuencia, las cajas andan escasas de efectivo para darte el cambio. Está visto que, por mucho que Rusia y sus aliados estén intentando, sobre todo a raíz del presente conflicto en Ucrania, enarbolar el lema de “un sistema alternativo -y supuestamente mejor- al de los represivos y liberticidas países occidentales”, en todas partes cuecen habas, y estos gobernantes no están dispuestos a renunciar ni a quedarse atrás en la aplicación de cualquier medida que sirva para controlar a la población más y mejor. Buena prueba de esto, por ejemplo, fue la diligencia y presteza con que, aquí también, adoptaron las mismas autoritarias e irracionales prohibiciones y normas restrictivas de la libertad durante el tiempo de la gripe china, y lo mucho que se demoraron en levantarlas. De hecho, este tipo de “pequeños detalles” son lo único que me hace tener algunas dudas sobre las nobles intenciones de Vladimir Vladimirovich Putin y lo que me impide descartar del todo la posibilidad de que, en el fondo, él sea también, aunque a su modo, un agente del maldito globalismo.

Esta realidad que voy descubriendo ahora a mi alrededor y estas dudas de las que hablo me obligan a preguntarme si hay, en el fondo, alguna escapatoria al orwelliano mundo que se avecina; si hay algún país o rincón del planeta donde pueda un ser humano vivir sin quedar bajo la vigilancia del Ojo que Todo lo Ve, o algún gobierno que no aspire a conducir a su pueblo, imponiéndoselo si hace falta, hacia un “progreso” que casi siempre es regresión, hacia una sociedad dirigida telemáticamente e hipnotizada o alienada por la vacua, absurda, hedonista y desesperanzada rueda del consumo.


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