Era una de esas canciones de Bruce Springsteen
de náufragos en la ciudad
y novias de quince años preñadas
en asientos traseros de Cadillacs prestados
mientras el río, que no era el de Heráclito,
dejaba en las orillas
su manso inventario de prodigios cotidianos,
su temblor íntimo, su sangre novicia,
su himno flamante de luces
en mansiones en cinemascope.
