Revista Cultura y Ocio

Borrar lo que escribimos – @Innestesia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

He soñado una fotografía.

Dormía, cuando de pronto perdí una dimensión entre las sábanas. Miré alrededor y me descubrí a mí misma en blanco y negro. Todo era raro, pero bonito. Sentí una fina brisa salir hacia la ventana. Era yo, escondida en una imagen etérea, soplando a la realidad para que se apartara.

En mi fotografía era libre y tenía el mundo a mis pies. Había volado hasta Nueva York y el horizonte se dejaba acariciar al atardecer. Mi pelo, además, olía a rosas y azucenas. Y allí, en aquel rincón del planeta, a cierta distancia de la humanidad, la vida parecía fácil. Ligera. Me desnudaba y tiraba mi ropa, tan fútil, a un montón de obviedades. Me quitaba también los reproches, la culpa, el caos, las madrugadas de no dormir. Todo aquello que me había convertido en la persona que nunca quise ser. Así, en la medianoche de un martes cualquiera, me volví esencia y no persona.

Sentí entonces el viento en mi pecho frágil, desatado. Sentí caer las cadenas que hasta entonces me apretaban. Las cadenas de la estética exigiendo, feroz, un cuerpo que no es el mío, con unas formas que me son ajenas. Las cadenas del amor no correspondido convertido en culpabilidad y ansiolíticos. Las del pasado que me herían los tobillos al caminar hacia mi siguiente futuro. Cayeron los hierros, los pecados, la furia, los traumas, el miedo. Quedé desnuda, a solas con mi alma. Indefensa.

Escuché, con la gran ciudad como testigo, todas sus preguntas. Torpe e insegura. Si estoy contenta con mi vida, si he aprovechado mi existencia, si he sido siempre honesta en el amor. Lloré. Sólo supe balbucear miserias y buscar excusas, pero nada pude contestar. Me preguntaba ella y quería huir yo. Allí arriba el verbo enmudeció en mi boca. Olvidé el alfabeto, las rimas, los adjetivos. Frente a ella. De repente las palabras eran nimias y escasas y quise deshacerme de la gramática, del burdo lenguaje. El alma no entiende de metáforas.

Comprendí, al tiempo, todas aquellas madrugadas golpeando mi cabeza contra el folio en blanco. Era yo misma intentando sobrevivir. Aquellos errores con forma de poesía que deseché. Incluso las mejores versiones alguna vez. Se hizo evidente. Borrar lo que escribimos es otra forma de libertad. Así mis textos dejaron de existir. De repente nunca habían ocurrido. Ni dolido. Auténtica y soberana de mí misma por primera vez. Al fin.

Huyó de mi boca un suspiro. Barrió las nubes y peinó el océano. Y miré. Y observé. Rascacielos, avenidas y personas diminutas hacían sus complicadas vidas una a una. Se escuchaba, cada cierto tiempo, algún grito de auxilio. Horrorizada. Quise abrazarlas a todas en un mismo latir, darles calma, paz, pero no supe aliviar a la humanidad dolida y magullada que se retorcía delante de mí. Me agobié. Comenzaron las tempestades en mi pelo y la lluvia inundó mi pequeña fantasía. Ya no quería ser grande. Ni eterna. Ni etérea. Ni siquiera libre. El agua empezó a mojar mi cara y una tormenta de reproches vino a estropear mi preciosa ensoñación.

Atormentada, regresé a la tercera dimensión. Qué podía hacer yo. Sólo soñaba de madrugada, cuando me convertí en la imagen de una chica desnuda que acunaba el horizonte en su pecho. Una fotografía trucada con aires de libertad.

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