Revista Cultura y Ocio

Breve historia del Cementerio General (I)

Por David Herrera @vlchistorytour

A partir de mediados del siglo XVIII y a lo largo de Europa, una serie de médicos y sectores de las élites ilustradas se opusieron a los cementerios de las ciudades todavía amuralladas. En Valencia, el noble Antonio Pascual García de Almunia planteaba este problema al Ayuntamiento en 1760.

Pero, a pesar de la Pragmática de Carlos III (1787), en la que ordenaba la construcción de los cementerios fuera de las ciudades y la prohibición de inhumaciones dentro de las iglesias, el tema siguió igual durante años. Frente a diversos informes y dictámenes que aconsejaban apoyar la propuesta de Antonio Pascual, la mayor parte de la población junto con la Iglesia obviaba dichas aportaciones, sin preocuparse por la evidente falta de higiene de estos cementerios, su mal olor y el riesgo de contraer enfermedades contagiosas de los enterrados.

No fue hasta 1804 cuando los consejos de Antonio Pascual fueron escuchados a partir de una orden del Consejo de Su Majestad y al año siguiente se decide en una sesión que los arquitectos municipales (Blasco y Sales) levanten el nuevo cementerio General.

El lugar elegido se encontraba en la partida del molino del Tell, junto al camino de Picassent, a dos mil pasos del camino Real de Madrid. Su extensión era de 680 palmos de largo y 570 de ancho, y distaba un cuarto de legua del punto más cercano de la ciudad (entre dos y tres kilómetros actuales). Sus muros tendrían una altura de diez palmos.
Para dirigirse a él, se trazó un nuevo camino, pues el de Picassent planteaba demasiadas dificultades. Desde la urbe, el punto más corto partía de la puerta de San Vicente (junto a la actual iglesia de San Agustín).

Finalmente era inaugurado y bendecido, con algún que otro desencuentro, por el arzobispo Joaquín Company el 7 de julio de 1807. Al día siguiente era enterrado el primer cadáver, un maestro carpintero llamado Vicente Gimeno en fosa común.

Un año después se construyeron los primeros nichos, siendo el primer sepultado, curiosamente sin abonar tasa alguna, Pedro del Castillo Almunia, marqués de Jura Real. Con él era estrenado el servicio de traslado de los fallecidos en una tartana fúnebre propiedad del Ayuntamiento pintada de verde oscuro y con las armas de la ciudad a sus lados. En ella podían llevarse varios ataúdes que servían para más cadáveres, pues al fallecido se le enterraba sin féretro. El carro conducía al muerto desde la iglesia parroquial del difunto a la citada anteriormente puerta de San Vicente y desde allí encaminarse al cementerio.

La invasión francesa a la ciudad de 1812 a cargo del general Suchet supuso la destrucción de todos los cementerios intramuros siguiendo leyes sobre la salud pública y mejoras en el nuevo cementerio, el cual debido al alzamiento popular de 1808, había sido inutilizado, volviéndose a los camposantos de toda la vida.

Unos años después, el arquitecto Cristóbal Sales daba cuenta de la situación de abandono del todavía joven cementerio, debido a los saqueos de las tropas napoleónicas en su retirada y a la entrada del otro ejército vencedor.
Para recuperar sus instalaciones, se dotó al Cementerio de nuevas puertas y se cerraron los nichos que habían sido profanados.

Por aquel entonces, el Cementerio General medía de 350 a 400 metros de largo y 80 de ancho, extensión que quedaría pequeña treinta años después de su nacimiento, con 4.690 nichos construidos. Las correspondientes obras de ampliación las llevaron a cabo varios arquitectos que mantuvieron un criterio estético común más o menos uniforme, destacando el ladrillo cara vista.

Para saber más: El Cementerio General de Valencia. Historia, arte y arquitectura 1807-2007. Miguel ángel Catalá Gorgues. Editorial Carena, Valencia, 2007.

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