
De pronto estás en la camacon esa sensación de escritura en la punta del cerebro,coges una hoja: blanca, ni una sola palabra para comenzar al menos,miras por la ventana y una mosca que llevaba todo el día estrellándose contra el cristalparece agotada en un rincón del marco.
Revuelcas tu diccionario, tus palabras menudas como si tuvieras un hormiguero adentro;practicas un poco con ese crepúsculo raro que no te sabe a nada: lubricán y de pronto te das cuenta que para la moscaese pedazo de cielo es la lóbrega piel que le tocó como destino:no hay mucha diferencia: el mismo azul, la misma gana de salir volando.
Te pones a conciliar el sueño con el lenguaje, con la imagen, con un tema… con algo que decir si quieray te llega un sargazo de basurales entonaciones que vibran como una cigarra repleta de verano.
Con suerte has logrado decir que un poema es algo serio, algo que lleva tiempo; un desespero.
Resulta que a esta altura puedes provocar una armonía, algo que de cuenta de los versos libres que esperan su turno para develar otro montón de incertidumbres o al menos, para poner un infiernillo en la penumbra.
Después de tanto pensar, algo que no te suena a ritmo, a pico de colibrí chupándote la flor de los nervioste pone en retaguardia; borras los zunchos, desmantelas el patio y las azucenas que ya olían a infancia las dejas podrir entre las ruinas.
Te pones a pensar en el amor, a querer incrustar ese aguijón entre los versos,pero la cuestión está en que la hoja ya no es blanca, tiene algo que decir y una mancha de vino de aderezo.
Ahora sucede que no sabes cuándo parar, si poner puños, el aliento de un cachorro, el vello de un vientre o una crisálida como colofón de tus migajas.
Un dios te puso a enumerar el universo,a escribir porque a veces está esa manía entre los labiosy lo mejor entonces de consejo es valerse de un disparopensar en cosas tangibles como un senoo dormir, dormir apenas. Sentir que las alas ya no sirven y llorar porque las moscas, a pesar de muertas, también sueñan.
