Es privilegio de los actores morir muchas veces en la escena antes de encontrar su final definitivo en esta hiperbólica barahúnda que llamamos vida real. Quizá esa experiencia les sirva para afrontar con mayor entereza que el resto de los mortales la caída del telón final. Cuentan además con el probable consuelo de que sus muchas vidas vividas dejarán para el público una huella imperecedera que les sobrevivirá. De los que más muertes vivieron en la pantalla, nos ha dejado recientemente uno de los rostros más presentes en una determinada época del cine español. Con Aldo Sambrell desaparece una parte significativa de un tipo de cine, es decir, de un tipo de arte, de un tipo de entretenimiento, irrepetible, que nunca volverá. Nos referimos a aquel cine de consumo de los años sesenta, sustentado en los géneros clásicos de evasión, de los que ofrecían su versión casera, rentable y europea, coproducciones aventureras, directas y cercanas nacidas en nuestro país, tiempo atrás, hace ya lo que parece una eternidad. A Aldo Sambrell, cuya memoria queremos honrar hoy en su adiós, le correspondió un papel humilde pero reconocible dentro de un entramado cinematográfico que, partiendo desde España, se extendió hasta alcanzar lugares distantes del orbe. Su carrera profesional, en la que destaca decisivamente la influencia de directores como el fundacional Joaquín Luis Romero Marchent (en cierto modo, su descubridor) y el mítico Sergio Leone (quien le brindó la mayor proyección internacional), se extendió en el tiempo a lo largo de más de cuatro décadas, en las que prestó sin desfallecer su poderosa y varonil imagen a las diversas variantes del personaje de un hombre inmerso en un mundo de hombres broncos, fuertes y violentos, que no tienen nada que perder.
Final anunciado y primeros tiempos de una vida
Hace muchos meses que el estado de la salud de Aldo Sambrell era motivo de preocupación para su familia y sus fans. Finalmente, tras pasar varias semanas ingresado en él, ha sido en el Hospital Universitario de Alicante donde el actor ha sido alcanzado por la muerte (el pasado sábado día 10, concretamente) tras haber sufrido en los últimos tiempos varios ataques y haber sufrido un deterioro general que le había hecho perder mucho peso y la memoria.
No es extraño que la fecha de nacimiento de los actores sea un dato esquivo, cuando no variable.

Sus primeros pasos en el cine
En desacuerdo con lo que informa IMDB, donde se asegura que “Gringo”, de Ricardo Blasco es el film de debut de Aldo Sambrell, Joaquín Luis Romero Marchent afirmó en su día haber sido el primero en darle un papel en “Tres hombres buenos”, adaptación de una historia de José Mallorquí producida en 1963 en la que Aldo Sambrell engrosaba las filas del pelotón de esbirros del villano, y, a continuación, en “El sabor de la venganza”, otro western del mismo año donde disponía de un papel algo más destacado, como “mano derecha” del matón Parker (José Truchado) quien estaba enfrentado al héroe, Richard Harrison. Por cierto, que si éste hercúleo

Entrando en la leyenda con Sergio Leone

Inseparable de la filmografía del gran Sergio Leone (Roma, 3/1/1929 –30/4/1989), de quien llegaría a hacerse amigo íntimo (el director llegaría a apadrinar a uno de los hijos del actor) Aldo Sambrell intervino prácticamente en todos los títulos firmados por el gran genio romano del western, desde “Por un puñado de dólares” (1964) hasta “¡Agáchate maldito!” (1971), formando una especie de “compañía estable” con otros actores españoles tales como Frank Braña, José Canalejas, Antonio Molino Rojo o Lorenzo Robledo, e italianos como Mario Brega o Benito Stefanelli, para componer el rico y prolijo entramado humano de la tipología que, según la visión de Leone, nutría lo que podríamos considerar el “coro operístico” del bando criminal en el western. Su papel más recordado y notorio tal vez fuera el de “Cuchillo”, uno de los miembros de la partida de “El Indio” (Gian Maria Volonté) en el mítico western de Sergio Leone “La muerte tenía un precio” (Per qualche dollare in più, 1965). Su final en la ficción del film es tan alambicado y barroco como corresponde al estilo inconfundible de Leone. El arma que le presta su apodo le es sustraída mientras duerme por “El Niño” (Mario Brega), un compañero de la banda, por indicación de su jefe, “El Indio”. Con el cuchillo robado, “El Niño” mata a Slim (Werner Abrolat), otro miembro de la banda y deja escapar a los dos caza recompensas que tienen prisioneros, “El Manco” (Clint Eastwood) y el

En contraposición a tan refinado mutis, el personaje de Aldo Sambrell en la monumental “Hasta que llegó su hora” (C’era una volta il West, 1968), otra vez miembro de un “gang” –en esta ocasión el del pistolero “Cheyenne” (Jason Robbards) perecerá en elipsis, en el transcurso de un asalto a un tren y sólo veremos su cadáver cuando el despiadado pistolero Frank (Henry Fonda) llegue al lugar de los hechos. En el conjunto de una obra tan monumental como la de Sergio Leone, no es desdeñable en absoluto la importancia dada a la presencia de Aldo Sambrell, a quien fácilmente se le descubre como elemento compositivo en muchos planos en los que su presencia parece imprescindible para el director, pese a no tener diálogo que defender.
Auge y decadencia de un cierto cine. Más allá (o más acá) de Leone

El fenómeno de las coproducciones y del rodaje en nuestro suelo de películas de capital extranjero, tras un explosivo aumento (propiciado en buena medida por los éxitos de los films de Leone) conoce un consecuente declive que se convierte en desplome a partir de 1974. El tipo de cine en el que Aldo Sambrell frecuenta su participación, tras diversificarse un tanto (agregándose al western los géneros bélico, de aventuras, de gángsters y terror), cae en desuso, perviviendo únicamente los subproductos menos dignos a partir de, pongamos, 1972. La proliferación del western europeo se ve revitalizada y, paradójicamente, herida de muerte, con la irrupción del “fenómeno Trinidad” que da lugar a la contaminación por la vía paródica y a la autorreferencia. El singularísimo actor que fue Aldo Sambrell, una infrecuente combinación de atleta y comediante, con raíces españolas y savia mexicana, pasa de actuar en hasta una decena de títulos (en el año 1968), a participar en tan sólo tres en 1974. Expresada en números, la parte principal de la carrera de Aldo Sambrell nos dice que el actor recientemente fallecido intervino en ocho películas (todas westerns) en 1964; en siete, en los años 1965 y 1966, y que puso su nombre en los repartos de seis films de 1967. Como decíamos antes, estuvo en nada menos que diez títulos de los producidos en 1968, para decaer un tanto su presencia en los años siguientes. Su nombre figura en los



Última etapa

En 1974, Aldo Sambrell debuta en la dirección con un primer film que, además protagoniza y del que ha escrito íntegramente su guión, “La última jugada”. Se trata de una película del género que podríamos llamar de “intriga criminal” sobre un agente en pos de unas pinturas misteriosamente robadas. Coprotagonizada por su esposa, la actriz Candice Kay (Cándida López Cano), la cinta sería la primera de una serie de realizaciones que Aldo Sambrell pondrá valientemente en pie a través de su productora “Asbrell” a razón de, aproximadamente, un título por año, durante los diez siguientes. Con títulos como “Sol sangriento” (1978), o “La fuerza del deseo” (1984), conocerán una carrera comercial modesta y su repercusión crítica será prácticamente nula. En cuanto a su labor estrictamente actoral, Aldo Sambrell continuará alternando apariciones en películas internacionales de amplio presupuesto como “El viento y el león” (John Milius, 1975), con fiascos absolutos como “Atraco en la jungla” (Gordon Hessler, mismo año). Así, se le podrá encontrar en bodrios tan equivocados como “La loba y la paloma” (Gonzalo Suarez, 1974), en chapuzas como “Los diablos del mar” (Juan Piquer, 1981), en films ignotos como “Cuatro locos buscan manicomio” (Rafael Gordon, 1980), en éxitos comerciales como “El perro” (Antonio Isasi Isasmendi, 1976), o en productos que basan su existencia en cierto recuperación nostálgica de, precisamente, el tipo de cine que representa el mismo Aldo Sambrell, como son “Yellow Hair and the Pecos Kid” (Matt Cimber, 1984), “La flecha negra” (John Hough, mismo año), “Al Oeste del Río Grande” (José María Zabalza, 1983), o “Los tres supermanes contra el padrino” (Italo Martineghi, 1986). Los directores de prestigio brillan por su ausencia en los últimos años de la carrera de Aldo Sambrell y se ven cruelmente sustituidos por cineastas de la talla de Javier Elorrieta o René Cardona jr.

Alfredo Sánchez Brell, Aldo Sambrell, el icono, la persona, nos han dejado. Su marcha es un testimonio más de que nada volverá a ser como antes. Nosotros, menos que nada. Descanse en paz, el Bueno, el Grande, de Aldo Sambrell, un actor español, madrileño aficionado del “Atleti”, que pasó por la pantalla simulando ser un italiano que hacía de mexicano. Y lo que es más, pretendiendo ser “Uno de Los Malos” Tuvo la inmensa satisfacción de tenernos engañados a todos los espectadores ¿Cabe mayor gloria, para un actor?
PD: me cuentan quienes le conocieron personalmente que, siendo su imagen en la pantalla impresionante, quedaba reducida de tamaño si se comparaba con su bondadosa cercanía, con su accesibilidad y simpatía. Quede constancia de ello, como mejor homenaje a su memoria.