Revista Viajes

Calor DC. Washington.

Por Diborja
Arde la calle al sol de poniente, el asfalto se derrite y yo no puedo casi ni volar. Mi visita a Washington en Agosto prácticamente sólo me permitió salir de sitios con aire acondicionado a partir de las ocho de la tarde. Cuando, al menos, podía revolotear bajo el aplastante calor húmedo de la noche.

Calor DC. Washington.

Muchos grados y el Capitolio

Esa tarde noche fue perfecta para volar desde el Capitolio hasta la estatua de Lincoln y ver los monumentos del National Mall. Entre ellos me gustaron particularmente dos. El monumento a los veteranos de la Guerra de Corea, tan sobrecogedor que al pasar a su lado en la oscuridad un frío te congelaba y estremecía, si te descuidas puedes acabar andando entre sus tristes destinos (sólo las fotos te hacen temblar). Y el memorial de la Segunda Guerra Mundial por su armonía perfecta.
Calor DC. Washington.

Calor DC. Washington.

A la vuelta, con las camisetas de mis amos como pasadas por el Aquopolis de Villanueva de la Cañada, pasamos por la valla de la Casa Blanca, ni yo pude sobrevolarla de lejos. Tampoco íbamos con las pintas adecuadas para que nos recibiese Michelle.

Calor DC. Washington.

El WW2 Memorial

Lo dicho, el aire acondicionado me llevó a otros dos museos en WDC, el del Aire y del Espacio y el Museo del Holocausto (gratis el primero y el segundo casi gratis aunque hay que registrarse).El museo del Aire y del Espacio, o Smithsonian, es sin duda, un imprescindible de la ciudad. Si en NY el museo de Historía Natural me pareció increible, en Washington es este el que hará las delicias de murciélagos grandes, mayores, tontos, listos, vaguetes y curiosos. Desde clases de física, a la historia de la aviación comercial, pasando por aviones de combate, drones y las expediciones al espacio, todo montado como sólo los americanos saben (sí, hacen cosas bien).

Calor DC. Washington.

Aviones comerciales en el Museo del Aire

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Miyazaki, ¡el viento se levanta!

El museo del Holocausto también es muy espectacular, en particular una pequeña exposición para niños en la que te pones en la piel de un niño imaginario deportado a un campo de concentración y vas pasando por los diferentes momentos de su hipotética vida. En el museo encontraremos de todo, incluso cosas que es mejor no verlas, pero quizá un Europeo tiene la lección más cercana, sobre todo si eres un murciélago que ha visitado Polonia, y en concreto vivió mucho más de cerca la tragedia humana, plasmada en esta preciosa entrada.
Tras esos momentos de frescor dentro de los museos, todavía quedaba una visita obligada en Washington: el cementerio de Arlington. Para ello nos desplazamos en un metro que nada tiene que ver con el de NY en cuanto a limpieza y espacio. Eso sí, las máquinas de billetes podían funcionar con Windows NT o MS-DOS. Realmente si hay algo que les funciona, los americanos no lo cambian, ya puede tener 40 años la máquina que mientras saque billetes "de aquella manera", ahí se queda. Y lo mismo aplicable a autobuses, coches y otras antiguallas.

Calor DC. Washington.

El cementerio de Arlington

Una vez bajo el calor de Arlignton, rodeamos el imponente y solemne cementerio hasta encontrar la tumba de Kennedy con la llama eterna que su mujer Jackie colocó en su memoria. Unos metros más adelante está la "Tumba al Soldado Desconocido" custodiada 24/7 desde 1937, llueva, nieve, truene o relampaguee, por la "Vieja Guardia". Eso sí, curiosamente usan gafas de sol siempre para que el granito de la tumba no les deslumbre. Ya saliendo del cementerio aprovechamos para ver la estatua de los soldados de Iwo Jima y cogimos el metro de vuelta en Rosslyn Station.

Calor DC. Washington.

Iwo Jima

Una ensalada y un túper con piezas de fruta por el módico precio de 10 dólares nos sirvió para recuperar fuerzas y volver a pensar en la variedad gastronómica que tenemos en España. Allí nos vamos volando de vuelta, dando por completo este segundo tour por Estados Unidos. ¡Hasta la próxima aventura murciélagos!

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