Aún no había amanecido cuando comenzamos a caminar entre una húmeda niebla. Las indicaciones que nos dio la mujer del Albergue donde pernoctamos, eran precisas y resultaron certeras. Por el monte está complicado el camino con posibilidades de perderse pues está muy deteriorado, tiempo tendréis de subir cuestas y montes, nos advirtió.
De modo que seguimos casi un kilómetro de carretera, por fortuna con escaso tráfico, hasta salir a un “carril verde” a nuestra izquierda que seguimos durante otro kilómetro para incorporarnos al Camino y sus flechas amarillas. Los robles son corpulentos y a los peregrinos les parecen gigantes de amplios brazos y silbidos matutinos producidos por el ligero viento entre sus ramas.

Madrugada. Al salir de San Martín de las Ollas comenzamos a ascender una fuerte pendiente mientras amanece en las montañas.
Al salir de San Martín de las Ollas comenzamos a ascender una fuerte y prolongada pendiente entre fornidos robles nos va adentrando en el día mientras la naturaleza se entremezcla en niebla y luz. Al fondo las altivas montañas de La Virga hacia el Puerto de la Magdalena cierran el espacio en un grandioso circo donde la naturaleza abraza en libertad a las primaras aves que cantan al sol, a los corzos que saltan sorprendidos y asustados de ver a dos caminantes a estas horas tan tempranas hollando los senderos que aún pertenecen a los animales salvajes.
El Camino de Santiago tiene un largo y sosegado trayecto por esta alta meseta de frondosidad y bosque hasta descender a la verde penillanura de Argomedo, como la anterior población con poquísimos habitantes a tenor del inmenso silencio y soledad que lo envuelve; solamente algún perro ladra desganado a nuestro paso para recordarnos que existe la vida incluso cuando estamos ensimismados en nuestra quietud.
Entre avellanos y prados llenos de verdor y vacíos de ganado, llegamos a Soncillo con una vistosa plaza, Plaza de Carlos II en torno a la que se configura la mayor parte del pueblo y el templo de los santos Cosme y Damián, con una esbelta torre cuadrada y su pequeña cúpula; los miércoles se reúnen los pueblos de alrededor para celebrar mercado.

Castillo de Virtus.
Cruzamos el pequeño arroyo de la Gándara y la nacionaldoscientos treinta y dos y continuamos las señales del Camino Olvidado que nos llevan hasta las proximidades de Montoto en una amplísima llanura, el cartel de Montoto parece estar preparado para ser alojamiento de cigüeñas. Llegamos a Virtus, a los pies del Puerto del Escudo, enclavado en una zona de pinruras rupestres, dolmen y otros interesantes vestigios de tiempos prehistóricos; aunque más parece que es esta localidad la que sale a nuestro encuentro tras una curva entre chopos. Aun no siendo una gran población, cuenta con el tercer censo en habitantes del Valle de Valdeberzana. Posee un interesante castillo gótico del siglo XIV con torre del homenaje rodeado de amplio recinto amurallado. La iglesia de Santa María conserva algún barrunte románico de sus inicios, una vistosa espadaña y, en el interior, bóveda de estrellas que inspiran a los visitantes una visión celeste.
A Cilleruelo de Bezana llegamos después de un prolongado descenso entre acebos, robles, hayas, sauces…Aquí tomamos café y conversamos con una persona sobre el antiguo templo de Santa Juliana virgen y mártir, de bella factura renacentista y hoy en semiabandono. Pasamos por Quintanilla de San Román donde quedan muy pocos habitantes comparado incluso con lo despoblado de estos lugares en su conjunto. Villamediana de San Román queda apenas a un kilómetro de distancia tiene un par de casas habitadas y un perro de insistente ladrido y contumaz seguimiento.

Ermita de San Valentín
Herbosa es también una pequeña población con diferentes casonas de indianos en aparente abandono, parece que están intentando mantener unas turberas para fertilizar el terreno y reflotar la economía local y de la zona. La llanura castellana va apareciendo a cada kilómetro con más claridad. En nuestro camino encontramos la popular ermita de San Valentín con alguna hechura del siglo doce aunque rehabilitada en diversas ocasiones y olvidada en otras épocas, así pasamos bajo un insistente sol hasta San Vicente de Villamezán.

Llegamos finalmente a Arija a los pies del Embalse del Ebro
Finalmente terminamos en Arija a los pies del Embalse del Ebro, en el límite con Cantabria. Fue una próspera población industrial de arenas y vidrio, fruto de esta industria es la construcción del barrio nuevo a principios del siglo veinte. Hoy es una población de recuerdo nostálgico para sus antiguos habitantes y también de algún recuerdo infantil en mi memoria cuando se detenía el tren de la robla durante veinte minutos en esta estación, camino de Bilbao, pues la máquina de carbón necesitaba repostar agua en sus depósitos. Aquí nos ofrecían un trago de agua en botijos de barro mientras escuchábamos el traqueteo constante de alguna máquina en permanente actividad. En el Hostal La Piedra pasamos la noche donde conversamos con la posadera sobre la vida y sus circunstancias, también sobre la hermosura vegetal y magia en sus faunos y en sus hadas del Monte Hijedo con sus tejos centenarios y sus guaridas de lobos…
Javier Agra.