«Y fue entonces cuando lo oyó. La mayoría de la gente vive sin haber oído nunca unos gritos así. Son de los que se lanzan en la guerra, en las trincheras, en otros mundos, en otros continentes. No son gritos de aquí. Duró al menos diez minutos ese grito, que brotó de un tirón, sin aliento y sin palabras. Ese grito que se volvía ronco, se llenaba de sangre, de mocos, de rabia».Yo sí escuché una vez un grito así. Fue una tarde de hace varios años. Estaba en la parada del autobús esperando el urbano que me acercaría a casa tras concluir mi jornada laboral. Fue entonces cuando lo escuché. Un grito repentino, inequívoco, parecía una voz de mujer. No vi de quién procedía, supongo que quien gritaba estaría en una calle colindante. Me extrañó escuchar con tal intensidad un grito cuyo emisor escapaba de mi campo de visión. Más me extrañó el grito en sí; nunca había oído nada parecido. Y sí, duró al menos diez minutos, pero no brotó de un tirón sino que fueron varios gritos encadenados. Eran aullidos humanos, muy diferentes al oído de los de los cánidos, más profundos, con más rabia. Me fui en el autobús con ese grito metido dentro de mí y con la seguridad de que tenía que ser algo terrible, inimaginable, inconcebible lo que lo había originado. Al día siguiente me contaron que el grito provenía de una mujer que volvía de una excursión en autocar. Al bajarse del mismo alguien le comunicó que su hijo se había suicidado. No pude ni quise corroborar la historia pero la di por cierta. Pensé que solo algo así podría hacer a alguien gritar de tal manera. Pensé también en todo lo que habría resquebrajado ese grito en esa mujer, en todo lo ya irrecuperable. En la culpa que tal vez sentiría al saberse de excursión mientras su hijo se mataba. En la ponzoñosa sensación que la invadiría de poder haberlo evitado si se hubiese quedado en casa. Lo sigo pensando y aún sigo recordando ese grito que llevo dentro. Un grito que también resquebrajó algo en mí y que me hizo saber nuestro mundo algo menos seguro.
Myriam también gritó así; fue una vecina quien la escuchó. Volvía a casa del trabajo más temprano de lo habitual adelantando en su pensamiento la sorpresa que le daría a sus hijos y la tarde especial que pasaría al disponer de más tiempo para compartir con ellos. Pero el tiempo ya se había detenido para el pequeño Adam y estaba a punto de hacerlo para su hermana Mila. Myriam los encontró en el cuarto de baño como parte de una escena dantesca. Para Luise, la niñera, el tiempo no se había detenido aunque el segundero avanzaba casi imperceptiblemente. Ella «no supo morir. Solo dar muerte».Imagino que el grito que profirió Myriam, tal y como hizo aquel otro que escuché años atrás con aquella otra mujer, también la resquebrajó por completo. Imagino que la Myriam que se recompuso a base de los pedazos recuperados solo pudo ser eso, una Myriam resquebrajada. Y solo lo imagino porque este libro nos pone al borde del abismo y nos empuja pero no nos acompaña al fondo. Su camino es el precedente, el que nos lleva al borde del precipicio, aquel que anuncia el peligro. Hacia él caminan incautos Myriam y su marido Paul. No ven las señales, incluso ellos mismos contribuyen con su exceso de confianza, su cortedad de miras y su a veces egoísmo a la precipitación hacia ese final. Nosotros sí las vemos porque Leila Slimani se encarga de señalizar sutil, elegantemente pero con afinada precisión. Sin embargo, jamás atinaríamos a imaginar el terrible final de no habérsenos anunciado desde el principio.
Canción dulce viene precedida de dos citas que me parecen premonitorias de la lectura que nos aguarda y que juntas forman, en mi opinión, la mejor reseña que pueda escribirse sobre este libro. No me resisto a dejarlas aquí:
Miss Vezzis había venido del otro lado de la Frontera para cuidar a unos niños en casa de una familia [...] La señora declaró que Miss Vezzis no valía nada, que no era limpia y que no mostraba ningún interés. Ni por un momento pensó que Miss Vezzis tenía que vivir su propia vida, preocuparse de sus propias cosas, y que para ella estas eran lo más importante que tenía en el mundo.RUDYARD KIPLINGCuentos de las colinas
«Entiéndame, caballero, ¿sabe lo que significa que uno no tenga ya un lugar adonde ir?» La pregunta que Marmeladov le había hecho la víspera le acudió de pronto a la mente. «Pues todo hombre debe tener un lugar adonde ir.»DOSTOYEVSKI,Crimen y castigo

Chicken skeleton. Fotografía de Museum of Veterinary Anatomy FMVZ USP / Wagner Souza e Silva.
Louise vino del otro lado de la ciudad para cuidar a los niños en casa de Myriam y Paul. Una mujer impecable en modales, en eficiencia, con mano para los niños, que la adorarán desde el primer día, con excelentes referencias. Myriam y Paul están encantados. Eran reticentes a dejar a sus hijos en manos de extraños pero fue la única alternativa que le quedó al joven matrimonio parisino con el año tan avanzado y las guarderías sin plazas. Y Myriam quería volver a trabajar, lo necesitaba, necesitaba recuperar su vida, una vida más allá de los, aunque gratificantes, absorbentes niños y del hogar. Adoraba su profesión y le había surgido una oportunidad para retomarla que no quería dejar pasar. Y entonces llega Louise, que se lo hace todo más fácil. Su sentimiento de culpa es menos sabiendo a sus hijos cuidados y felices con Louise; llegar a casa tras una dura jornada de trabajo y encontrarse con una exquisita cena cocinada por Louise es mucho más agradable. La niñera comienza a hacerse indispensable, una presencia silenciosa que poco a poco va invadiendo toda la casa. Y no es que a Myriam y a Paul no les escame a veces tanta perfección o que no les produzca dudas su cada vez más dependencia de Louise pero... la comodidad es una trampa engañosa y la utopía de disfrutar una vida con hijos con los privilegios de no tenerlos, un sueño que casi pueden tocar. ¿Se preguntan acaso por la Louise fuera de las fronteras de su hogar? ¿Por su vida o su no-vida? Oh, Louise es como de la familia. Pero ese como no es sinónimo de ser. Ellos sin duda lo sabían. Louise debería haberlo sabido también.
«Desearía ponerlos debajo de una campana de vidrio, como dos bailarines petrificados y sonrientes, pegados a la base de una caja de música. Podría contemplarlos durante horas sin cansarse jamás. Se contentaría con verlos vivir, actuar en la sombra para que todo sea perfecto, y que el mecanismo nunca se encasquille. Ahora tiene el íntimo convencimiento, el ardiente y doloroso convencimiento de que su felicidad les pertenece. Que ella es de ellos y ellos, de ella».Me gusta cómo escribe Leila Slimani. Es como Louise, omnipresente pero imperceptible. Su prosa es sencilla pero sus palabras no están elegidas al azar. Son palabras-cuchillos, resquebrajan la superficie impoluta dejando que seamos nosotros quienes imaginemos el abismo que aguarda detrás. Consigue, además, con una férrea economía del lenguaje, abrir muchos temas en una novela no muy extensa pero sin hacer un batiburrillo con ellos. Y nos hace plantearnos preguntas sobre ellos a las que no da respuestas, porque los buenos libros nunca las dan. La conciliación familiar, la comodidad, la ambición, el egoísmo, la soledad, el resentimiento convertido en mezquindad, el clasismo, muy ligado a la inmigración, del que supongo que la propia Slimani sabrá un poco por origen y por antecedentes familiares.
«Un cuerpo que él no había visto, que ni siquiera se había molestado en observar, pues ella pertenece al mundo de los niños o al del servicio. Sin duda, no la veía».Me he hecho preguntas, sí. Llegaba a este libro con muchas y me he ido con más. Me llevo, en cambio, solo una certeza, la de saber que ese grito de Myriam se ha unido en mí al de aquella mujer desconocida que escuché una tarde al salir del trabajo. Y no quiero, con la manifestación de mi certeza, deslucir a los otros dos personajes principales de esta novela pues también me han invadido de preguntas. Pero sé que es Myriam la señalada. Sé que será ella la culpable sin serlo a pesar de sus errores, porque siempre ocurre así con las madres. Sé que nuestro mundo tras su grito y tras leer esta novela es aún menos seguro. Y sé, también, que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea porque a veces puede llegar a hacerse realidad.
«Solo seremos felices, se dice, cuando ya no nos necesitemos unos a otros. Cuando cada cual viva su propia vida, una vida que nos pertenezca, en la que nadie interfiera. Cuando seamos libres».Pero los deseos nunca se cumplen tal y como los concebimos. Y en esta historia nadie es libre.

πάνω. Scalini, dettaglio - Apolonìa, Sifnos. Fotografía de Elisabetta Stringhi
Ficha del libro:
Título: Canción dulce
Autora: Leila Slimani
Traductora: Malika Embarek López
Editorial: Cabaret Voltaire
Año de publicación: 2017
Nº de páginas: 288
ISBN: 978-84-944434-8-0
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