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Capiteles medievales (Museo Arqueológico Nacional, Madrid)

Publicado el 09 junio 2026 por Fotograrteblog @fotograrte

Todos los capiteles que vamos a ver en esta entrada, pertenecientes al románico palentino, formaron parte del antiguo Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo, Palencia (España):

Cuenta un viejo pergamino como, en los años centrales del siglo IX, un caballero de nombre Alpidio en plena jornada de caza descubrió una cueva que conservaba reliquias. Asombrado por el descubrimiento alertó a su hermano Opila, abad de un monasterio, quien asombrado por el hallazgo fundó un nuevo cenobio. Relato con todos los ingredientes para un nacimiento brillante pero falso.

La realidad lo sitúa en los albores del año mil, aunque el acontecimiento principal llegó en 1169 cuando Alfonso VIII lo entregó a la orden de los premostratenses. Momento en el que se inició su plenitud constructiva, en estilo tardorrománico, al que pertenecen la iglesia, el claustro bajo y sus dependencias anejas. El edificio sufrió una gran ampliación entre los siglos XVII y XVIII, culminándose pocas décadas antes de la Desamortización de Mendizábal (1835), que supuso el abandono del monasterio y el comienzo de su ruina. El conjunto fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1914, aunque años antes, en 1866, se estableció una protección imposibilitando su venta. En 1977 se creó la Asociación de Amigos del Monasterio, capitaneada por José María Pérez “Peridis”, que acometió la restauración definitiva, convirtiendo a Santa María la Real en el dinámico centro que hoy es, al servir como Instituto de Educación Secundaria, centro asociado de la UNED y sede del Centro Expositivo ROM Románico y Territorio, desde donde se organizan las visitas a este monumental espacio.

Como nos dice el propio Museo en su página:

Desde 1871, el Museo Arqueológico Nacional alberga varios capiteles procedentes del claustro del monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo (Palencia), entre los que se encuentra la cesta con la Matanza de los Inocentes (N.º 50177). Fue esculpida en arenisca local por artífices de nombre desconocido para nosotros, pero cuya huella se deja sentir en otras obras del entorno, especialmente en el análogo capitel de la ermita de Santa Cecilia de la misma población.

Las relaciones estilísticas con otros conjuntos han permitido datar los capiteles tardorrománicos del claustro en el periodo entre 1173 y 1190, momento en el que la Orden Premonstratense ya ocupa el complejo monástico. La conservación de otros capiteles cristológicos permite suponer la existencia de un ciclo evangélico en el claustro, en el que la Matanza encontró cabida por el enorme éxito del tema en el imaginario medieval europeo en general y peninsular en particular.

Sin embargo, en esta entrada vamos a tratar todos los que no son La Matanza de los Inocentes, que dejaré para una entrada posterior y vamos a ver todos los demás. Por el propio museo se señala que:

Para datar los capiteles provenientes de Aguilar, han resultado fundamentales los estudios estilísticos y comparativos con otros conjuntos cercanos y lejanos al entorno. Se ha distinguido la huella de diferentes manos y talleres en las piezas conservadas. La mayoría de los investigadores reconocen a un maestro de mayor calidad, vinculado con las obras del cenotafio de San Vicente de Ávila, Santiago de Carrión de los Condes y la portada norte de la catedral de Lugo, que esculpe los soberbios capiteles del crucero de la iglesia en la década de 1160: el Descendimiento, la Duda de Tomás y el Noli me tangere, la Ascensión, Cristo triunfante enseñando las llagas y el capitel con una figura ecuestre. Un escultor que le sigue de cerca, con componentes más locales, esculpe el capitel dedicado a Sansón desquijarando al león.

Empezamos precisamente por este último:

la narración nos informa de que «el espíritu del Señor» estaba con él desde su juventud. De una forma bastante extraña este espíritu lo impulsa, a pesar de la oposición de sus padres, a escoger una mujer de entre los filisteos, que no creían en el Señor (Jueces, xiv, 1-4). En una visita a Timna, la población de la mujer que le gusta, Sansón da la primera evidencia de su fuerza sobrehumana, matando un león sin otras armas que sus manos. Volviendo de nuevo vio que un enjambre de abejas se había instalado en el esqueleto del león. Comió de la miel y, con motivo del incidente, propuso la famosa adivinanza a los treinta invitados palestinos a las fiestas de boda: «Del que come salió alimento y del fuerte la dulzura.»

Podemos comparar la postura de Sansón con la que tiene en el siguiente grabado, obra de Meckenem, o con la pintura de Luca Giordano que podemos encontrar en el Museo Del Prado.

Continuamos con los siguientes capiteles:

El Descendimiento: José de Arimatea, junto con Nicodemo, bajan de la Cruz a Jesús después de su muerte. Parece que un hombre le sujeta el cuerpo, otro le está quitando el clavo de la mano izquierda, mientras una mujer le besa la mano derecha y otra llora al final de la escena, en el lado derecho del espectador. Podemos compararlo con el cuadro, también en el Prado, del mismo tema, obra de Roger Van der Weyden.

Cristo mostrando las “armas Christi”, o lo que es lo mismo, sus llagas producidos por los clavos en manos y pies y por la lanza que le atravesó el costado, según la narración de los Evangelios. Le acompañan dos figuras (¿ángeles?) que portan, la de la izquierda nuestra los maderos de la Cruz y la de la derecha, los clavos. Aquí también publiqué una foto de unos ángeles portando la columna de la flagelación y la Cruz, que vi en el Museo de Bellas Artes de Lyon.

Jesucristo, como Pantócrator (rodeado de la mandorla) y con dos ángeles, asciende al cielo, con la mano derecha en señal de bendición y llevando un libro en la mano derecha (los Evangelios, como Nueva Alianza).

Este capitel es el más completo: tiene tres escenas distintas. Esta, por la que comienzo, es la incredulidad de Santo Tomás, que se narra en el Evangelio de San Juan, 20, 19-31.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído».

Como dato curioso, en la parte baja del relieve, se ve a los soldados “como muertos”, tal y como nos describe el Evangelio de San Mateo, 28.

Y en la tercera parte, tenemos la escena titulada “Noli me tangere” (No me toques): según el Evangelio de San Juan, 20, 11.18, Cristo, ya resucitado, se encuentra con María Magdalena, que al principio no lo reconoce. Pero cuando la llama por su nombre, ella lo reconoce y va a tocarle, pero él la dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

En este enlace, lo explican y podéis ver un cuadro de Tiziano sobre esta misma escena, pintado antes de 1514. También podéis ver esta misma escena, pintada al fresco por Fra Angelico.

Y terminamos con el caballero victorioso: es la única escena que no parece estar vinculada a una escena bíblica concreta. Sin embargo, debemos señalar la belleza de la factura del caballo, así como el movimiento del caballero que se vuelve para despedirse antes de volver a casa.


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