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Capítulo XXII: El veneno del huevo de serpiente

Publicado el 13 junio 2024 por Fotograrteblog @fotograrte

Tunadros el herrero llevaba desorientado varios días. Incansablemente el hermano Gondrias, aquel esmirriado de la enfermería, le había dado el ungüento aquel que hacía que le picara todo el cuerpo y que le subiera la fiebre. Había gritado al principio de dolor y, a duras penas, recordaba que le habían sujetado porque casi había partido la cama con sus movimientos. Sin embargo, lo que nadie había visto era la angustia que sentía: a veces, durante los últimos dos días, había tenido pensamientos extraños, que le habían hecho plantearse incluso si seguía siendo humano.

El problema se había producido cuando no había pasado ni día y medio: se miró las manos y empezó a ver que no eran ya humanas. Tenía todo el cuerpo cubierto de unos pelos cortos y duros y había notado que veía demasiado bien en la oscuridad.

Cuando se dio cuenta, había ordenado a aquel inútil de enfermero que fuera a llamar a Frey Kaistos, pero había vuelto corriendo para decirle que, con otras personas, había huido del convento. Entonces, se había dado cuenta que olía diferente y que algo muy grave había pasado en el monasterio. Conforme pasaban las horas cada vez oía y veía mejor, pero la deformidad que percibía en todo su cuerpo lo estaba volviendo loco. También era cierto que dudaba, realmente lo hacía cuando pensaba en las últimas horas, si la locura se había producido antes o después de que su cuerpo fuera cambiando hasta este estado. Y lo peor era que sabía que aquello no había terminado.

Sin embargo, el olor se hizo en un momento nauseabundo. Se levantó de la cama y, para su sorpresa, vio que aún podía andar en posición bípeda. Aquello le iba a permitir ser mucho más rápido, algo que le venía bien para que lo que quiera que hubiera pasado no le alcanzara.

Salió de la enfermería: era media tarde y los soles ya no estaban en su cénit. Sin embargo, el calor era aún importante, aunque no estaban en los días más calurosos del año ni lo estarían durante las próximas 3 o 4 semanas, según el año. Miró a su alrededor y no le extrañó que no hubiera nadie. Sin embargo, se metió de nuevo entre las sombras de la enfermería cuando vio que unas personas desconocidas salían del edificio que albergaba los cuartos de los monjes.

Vio entre ellos al fraile gordo, Frey Rilaus, hablando con un tipo estirado a quien no conocía de nada que iban en su dirección por lo que aún se escondió más, hasta que vio que pasaban de largo en dirección a los establos. Pobre del caballo que tenga que cargar con ese obeso monje, pensó y una sonrisa bastante poco amable se dibujó en su cara. Miró de nuevo al grupo: reconoció al bibliotecario de cara de chupar limones, pero al resto no. Especialmente no conocía a aquel ser tan raro que iba todo tapado y que parecía estar dando las órdenes.

Su sexto sentido le indicó que se fuera de allí lo antes posible, pero la única salida era la puerta trasera de la enfermería y no sabía a dónde iba a poder correr después... especialmente porque su apariencia era cada vez menos humana. Sin embargo, oyó que alguien demasiado solícito conducía al grupo a la enfermería, así que, palpó las paredes y encontró una puerta de un metro de alto que daba a los túneles del monasterio. 

Cansado como estaba y, a pesar de poder ver con claridad en la oscuridad, deambuló sin rumbo durante bastantes horas, hasta que cansado, decidió subirse a un saliente en la pared y dormir. Se despertó después de un sueño reparador y olió a Frey Kaistos aunque su olor se iba perdiendo. Sin embargo, era aún lo suficientemente fuerte para él, como para poder seguirlo.

Anduvo otro trecho y de repente en una de las paredes había una piedra tan bien pulida que por fin se pudo ver la cara. Y entonces, no pudo evitar que de su garganta brotara un aullido potente pero lastimero que no dudó después que se había oído por todos los túneles. Su cara era la de un temible lobo negro: aún la transformación no era completa pero quedaba poco.

Capítulo XXII: El veneno del huevo de serpiente

Foto cortesía de Pinterest.

Aquello le volvió loco: vagó por los túneles sin pensar en nada, ni siquiera se preocupó de hacia dónde se dirigía: aún no era un lobo y aún sabía que en el fondo era humano, pero le aterrorizaba la mera transformación y acabar siendo sólo un animal. Sintió un miedo devastador dentro de sí ante la posibilidad de perder toda su esencia humana, incluso de no volver serlo nunca más. Entonces olió agua fresca y corrió como una exhalación por aquel túnel. Cuando le quedaba poco para llegar al final, una horrible y gigantesca serpiente y un ser totalmente tapado, salvo la barbilla, le salieron al paso.

Su horror fue aún más intenso cuando aquel ser, con aquella asquerosa voz plateada, dijo:

- Muy bien, te queda poco para dejar de ser humano. El veneno de los huevos de serpiente de Anahay es muy efectivo - Lo miró con más detenimiento y la voz volvió a hablar pero había algo parecido a la duda en su timbre ahora -. Sin embargo, aún andas erguido: tu caso es extremadamente raro. Aún así creo que nos vas a servir bien.

Tunadros doblegó su intención de atacar, mientras el ser de la voz plateada lo acariciaba la cabeza: 

- Debes perseguir a los fugitivos. Tu función será solo indicarnos dónde están...

Una lucecita se encendió en el cerebro aún humano del antiguo herrero. Ahí estaba su oportunidad. Olió el aire y se dispuso a cumplir la orden, sólo que con otro objeto: no quería dejar de ser humano y estaba seguro de que Frey Kaistos sabría cómo detener aquella transformación. Bebió agua del lago, gruñió y comenzó a seguir a los fugitivos.


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