
En Pokhara se estaba muy bien. Hacía calor y el sol y la lluvia se alternaban constantemente. El hotel donde estábamos era cómodo y estaba perfectamente situado en el centro del distrito mochilero, a cinco minutos de la orilla del lago. Había mosquitos pero no molestaban mucho y en cuanto a sitios para desayunar o cenar, había tantos que los precios no eran abusivos como en Kathmandu. Además daban los partidos de la Eurocopa de Fútbol en directo en la gran mayoría de restaurantes.

El día posterior a nuestra llegada lo dedicamos a estar sentados en los sofás de una cafetería más típica de Bali o de Ibiza que de un país montañoso como Nepal. Estuvimos tentados de pasar así el resto de días que nos quedaban por ahí, pero se nos pasó pronto. Stefan y yo fuimos al barbero, a él le corto el pelo después de escuchar atentamente las elaboradas explicaciones del alemán, a lo que el señor peluquero respondió con un muy paciente “¿Corto o muy corto?”, y a mí me afeitó la muy poblada barba.

Una vez volvíamos a parecer caballeros aseados callejeamos por Lakeside todo lo que quisimos y más, entramos en todas las tiendas de artesanías, de mapas, de libros. de animales de fieltro… hasta que vimos lo que podía ser una de las visitas más reveladoras de todo el viaje: un supermercado.

Fue como entrar en una dimensión paralela en la que el criterio de selección de productos los ha hecho alguien sin miedo al qué dirán y sin pensar en costes de importación.

Encontramos latas de la famosa bebida energética “Red Ball”, donde evidentemente el emblema es una pelota (ball) roja, el hecho de que la pelota tenga un toro a cada lado debe ser simple casualidad que no debe llevar a la confusión con la seguramente no tan energética bebida austríaca “Red Bull”. Por supuesto ambas dan alas.

Pudimos ver también el logo de Coca-Cola de Nepal, que da un poco igual como lo mires, si te lo tatúas en la rabadilla y le dices a la gente que contiene el significado de la vida en sánscrito antiguo te creerán.Llegamos a la sección de patatas fritas, que acostumbra a ser una de las más divertidas de los supermercados para los extranjeros ya que, a pesar de que las marcas siempre son las mismas (Lays y Pringles, nunca hemos encontrado Matutano) los sabores cambian.

Aquí en Nepal encontramos Lays con sabor a “Magic Massala”, “American Style Cream and Onion” que sería cebolla con crema agria y, el sabor más espectacular de todos: el español. Que uno ve “Spanish” en una bolsa de patatas y sabe que automáticamente después viene “jamón” y la figura de una flamenca dando palmas y zapateando. Pues estamos muy equivocados, el producto español por excelencia, de acuerdo a los nepaleses, es el tomate, el baile es el tango y el emblema no es una gitana vestida de lunares o un torero, es una aceitera con corbata. Así el tercer sabor de Lays que encontramos fue el archifamoso y adorado “Spanish Tomato Tango”, ¡Olé!Al lado de la sección de patatas siempre está la de galletas. En todas las escuelas de marketing del mundo enseñan que en los supermercados las secciones de comida alta en azúcar y alta en sal deben estar juntitas, para ahorrar a los gordos la agonía de caminar largas distancias. Porque lo último que necesita el gerente de un supermercado son las quejas de gente mentándole a la madre por tener que pasar por la sección de lechugas y brécoles para ir a coger sus pastelitos favoritos después de llenar el carrito de bolsas de cheetos. Esa misma gente que llega a la cola del cajero con el carrito lleno de salchichas Óscar Mayer, pan Bimbo que sobreviviría un holocausto nuclear sin que le saliese una puntita de moho, chopped en cantidades industriales y… Coca-Cola Light. Porque clarísimamente son gente a la que les preocupa su ingesta de azúcar.

A lo que iba, en la sección de galletas encontramos el Santo Grial, algo que no hemos visto en cuatro años ni en Australia, ni en Nueva Zelanda, ni en Filipinas, Indonesia o Tonga. Galletas Gullón. Algo tan simple como galletas con crema de chocolate es imposible encontrarlo fuera de Europa, excepto en Nepal. Qué alegría.Encontramos más delicatessen españolas como aceitunas negras sin hueso Fragata o vinagre de vino tinto Borges, pero las fotos quedaron algo movidas probablemente debido a los nervios. Por momentos estuvimos tentados de buscar una entrada a Narnia o una puerta interdimensional que comunicase directamente con la parte trasera del Bonpreu.

Antes de irnos pasamos por la sección de higiene personal, porque las esencias de los jabones también cambian entre países. Nepal resultó ser de lo más normalito hasta que llegamos a las pastas de dientes. Allí encontramos “ZACT smokers” para fumadores, que limpia un 60 % más que las pastas normales, siendo especialmente buena para la limpieza bucal de fumadores, dejándoles un aliento con esencia de menta fresca, algo que evidentemente valora alguien que se dedica a tragar humo negro.

Salimos del súper, donde además habíamos descubierto que hay rupias en monedas, no sólo en billetes, y volvimos caminando hacia el hotel (había que guardar las galletas Gullón en lugar seguro) por la orilla del lago.

Por allí pudimos ver una de los mejores eslóganes publicitarios que se han inventado, el del tabaco Rothmans, “el mejor tabaco que el dinero puede comprar”.

Durante nuestros días en Pokhara alquilamos unas motos. No fueron caras, por 600 Rs te las dejaban usar el día entero, pero te advertían que eran ilegales. Nos explicaron que las motos privadas tenían matrícula roja, mientras que las de alquiler la tenían blanca. Por este motivo te daban ya el librito para las multas (parece ser que en Nepal la policía multa a la moto y no al motorista) y te hacían comprometerte a que si te pillaban les darías el dinero para pagar la multa. Todas las motos que vimos, excepto un par de motos de lujo (Royal Enfield ambas) tenían matrícula roja, así que todos estábamos en la misma página.

Condujimos arriba y abajo por Pokhara perdiéndonos en varias ocasiones (por muy turística que sea la ciudad, no hay mapas) y pasando por delante de policías constantemente sin que ni siquiera nos mirasen. Fuimos a ver un lago que era tan feo que ya ni me acuerdo del nombre y luego subimos hasta la World Peace Stupa.

El camino de ascenso era una matriz arenosa embarrada con rocas gigantes esparcidas por doquier. Gracias a la magia de las motos asiáticas logramos llegar hasta la cima, e incluso bajar sin muchos contratiempos.

Acabamos devolviendo la moto un poco antes de lo esperado ya que hacía tanto calor y el aire estaba tan lleno de mierda que no estábamos nada cómodos. La película de aceite quemado y gasolina que se había creado sobre nuestra piel era mucho mayor que la de Bali, menudo asco.Acabamos el día haciendo las últimas gestiones para nuestra siguiente aventura, un safari por el parque nacional de Chitwan.
Enrique & Marina
