Revista Diario

Carlos González en la peluquería

Por Belen
Carlos González en la peluquería Hoy me he dado el lujo de ir a la peluquería. Una ya tiene una edad, y hay que cuidar las canas. He ido porque me hacía mucha falta y al mismo tiempo me relajaba un poco, que eso sí que lo necesito, mucho más que el tinte en el pelo.
A estas alturas, con un niño de casi cuatro años, he leído y aprendido mucho de la crianza. Pero cuando se vive en carnes propias, una nunca lo sabe todo. Y aunque lo sepas, es bueno que te lo recuerden.
Me estaba hojeando yo una revistilla del corazón para saber que se cuece por esos saraos, cuando me he encontrado con una sección de maternidad, y nada más y nada menos que a mi querido Carlos González. Una madre hacía una consulta, su hijo de 18 meses se portaba muy bien en la guardería. Su cuidadora le contaba que comía bien, dormía bien, se relacionaba tranquilamente con ella y otros compañeros, era un niño dócil, tranquilo y obediente. Pero cuando ella le recogía y le llevaba a casa las cosas cambiaban, el niño dócil se convertía en un niño agresivo, exigente, pidón, demandante. Desde que le recogía hasta que se acostaba era una batalla, continuos retos, peleas.
A mi me sucede algo similar, este fin de semana sin ir más lejos. El sábado lo pasó en casa de sus abuelos, mamá y papá tenían cosas que hacer y aceptó de buen grado ir a jugar con ellos. Por la noche estaba como nuevo, muy relajado, contento, tranquilo. El domingo se fue un ratito con ellos por la mañana, porque así nos lo pidió. Hacía frío, él anda convaleciente de sus últimas anginas, así que la opción de pasar la mañana con ellos, en su casa, me parecía la más conveniente. Cuando llegó a casa para comer, el niño dulce, cariñoso, obediente, risueño que mi madre me había contado que había sido en su casa se convirtió en un niño llorón, pidón, agresivo, gritón. Su frase "mamá quiero estar contigo" la debieron oir todos los vecinos. No me dejaba preparar la comida, lloraba y gritaba si no le cogía, comió con las lágrimas cayendo por sus mejillas a pesar de que yo estaba a su lado sentada.
La respuesta de alguna terapeuta infantil que todos conocemos hubiera sido algo así como "te está tomando el pelo". Y para una madre desesperada, desquiciada, insomne, la respuesta hubiera sido válida, de no ser porque yo sé que no es cierta. Comprendo que muchas madres se la puedan creer. Os aseguro que mi estado de ánimo se dejaría convencer con un par de argumentos mal sostenidos. Pero es que yo sé que mi hijo no me quiere tomar el pelo. Mi hijo tiene muchos defectos, pero aunque sea fácil creerlo no es un manipulador.
La respuesta de Carlos González a esa madre ha sido algo así como que su hijo simplemente intenta llamar su atención. Los niños no pueden mostrar muchas veces sus emociones como ellos quisieran, solo tienen un par de armas: el llanto y el berrinche. Y aun cuando son algo más mayores y dominan mejor el lenguaje, esas siguen siendo sus armas. Yo misma, siendo adulta, a veces no puedo ni expresarme cuando me enfado y simplemente estallo en lágrimas ¿no os pasa eso a vosotros?. ¿O acaso sois capaces de verbalizar y racionalizar todos los sentimientos que fluyen desde vuestro interior en momentos conflictivos?. El Doctor sigue contestando. El niño quiere hacerle saber a su madre que la ha echado de menos, que la necesita, y por supuesto pide, exige, se frustra. Recomienda a la madre tratarle con mucho cariño, no gritarle, no desesperarse, evitar frases tipo "me tienes harta, no puedo más". Con paciencia infinita y mucho cariño el niño irá calmándose y disfrutará de la compañia de su madre.
Pues eso es lo que nos ha sucedido a nosotros. Efectivamente mi hijo llamaba mi atención, se lo había pasado bien con los abuelos, pero me estaba recriminando haberle dejado tanto tiempo sin mi compañía. Al principio perdí los nervios, lo confieso, pero después recordé esto, y con muchos abrazos y mimos, conseguimos que se relajara.
Algo similar acaba de suceder con la siesta. Al final, gritarle, castigarle o regañarle no me hubiera servido de nada, él hubiera llorado más y más y yo me hubiera subido al techo de los nervios. Ignorando un poco el comportamiento inadecuado, abracitos, mimos y cero gritos han conseguido que se calle. No ha dormido siesta, es cierto, aquí está a mi lado mientras escribo este post. Pero se ha calmado, me ha pedido perdón por llorar, está pintando y tranquilo. Y yo,...., pues estoy tranquila también.
Así que Carlos González tiene razón, es una llamada de atención en toda regla. Necesita estar conmigo, necesita de mi. No me creo la milonga de la "manipulación". ¿Y vosotros?, ¿manipulación o atención?

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