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Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

Publicado el 26 junio 2022 por David Pérez Vega @DavidPerezVeg
Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé
Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

Editorial Anagrama. 444 páginas. 1ª edición de 1987; ésta es de 1997.

Traducción de Miguel Wandenbergh

Ya conté, en la reseña anterior, que me apeteció volver en este 2022 con el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935), del que leí cinco libros a finales de los años 90: La presa (1957), Una cuestión personal (1964), Cartas a los años de nostalgia (1987), Arrancar las semillas, fusilad a los niños (1958) y Dimos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966). Buscando información sobre Oé llegué hasta un artículo del escritor Gonzalo Torné en Ctxt en el que recomendaba la lectura consecutiva de El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, «La lectura de estas dos novelas revela una concepción circular del entendimiento, el recuerdo y la interpretación».

Me pareció una buena idea, porque Cartas a los años de nostalgia la había leído en 1999, y recordaba muy pocas de sus escenas, pero sí que me había gustado mucho. Me recordaba leyéndola en la cafetería de la universidad Carlos III, donde estudié, y sintiéndome feliz. Así que después de sacar El grito silencioso de la biblioteca de García Noblejas, saqué Cartas a los años de nostalgia de la de Móstoles. Después del veintitrés años, el libro no estaba en los anaqueles, expuesto al público, sino que descansaba sus días en un lugar llamado «el Depósito», donde van a parar los libros que no saca nadie después de mucho tiempo y que, afortunadamente, la biblioteca decide no destruir. Me entregaron, después de tantos años, el mismo ejemplar de Anagrama que leí en 1999, y no parecía muy estropeado. Quizás fui yo su último lector.

El protagonista y narrador de Cartas a los días de nostalgia es Kenzaburo Oé, un escritor japonés de mediana edad, cuyo hijo mayor se llama Hikari, y tiene una minusvalía mental. Cuando leí este libro por primera vez lo hice como si se tratara de una autobiografía, a lo que invita además la contraportada de Anagrama. Así se ha leído también y principalmente en Occidente, pero al parecer, por lo que sé ahora, debemos tener cuidado con esto. Aunque el personaje sea escritor, se llame igual que él y los miembros de su familia también, no tiene por qué está hablándonos totalmente de hechos reales. Se trataría más bien de una «autoficción», una novela donde el autor fabula usando su propia vida. De hecho, después del premio Nobel de 1994, Oé siguió haciendo autoficción, pero decidió que el narrador de sus libros tuviera un nombre que no coincidiera con el suyo.

Oé recibe una llamada telefónica de Osetchan, esposa de Gii, su amigo y maestro de la infancia. Osetchan le pide a Oé que vuelva al valle donde está su pueblo natal para hablar con Gii, que cada día parece estar más extraño. Oé, junto a su familia ‒su mujer y sus tres hijos‒, decide hacer un viaje desde Tokio a Shikoku, la cuarta de las islas que componen el archipiélago de Japón y de donde Oé es originario. Oé empezará a explicarle al lector de dónde parte su relación con Gii, que es cinco años mayor que él, y con el que empezó a tratar cuando Oé tenía diez años y Gii quince. Después de las clases del colegio Oé irá a la casona donde vive Gii, y este le ayudará con sus estudios. Más tarde, después de que Oé se haya trasladado a Matsuyama, la capital de la provincia, para estudiar el bachillerato, y suspenda su acceso a la universidad, al volver al pueblo Gii le ayudará a preparar de nuevo esos exámenes.

Oé acabará estudiando en la universidad Filología Francesa, pero su amigo Gii le ha guiado también en el inglés, descubriéndole poetas como William Blake. Gii será, durante toda la vida de Oé, un maestro, un amigo y un guía, de que escuchará siempre sus consejos y comentarios, alguien que puede incluso hacer que se tambaleé su vocación literaria con alguna de sus comentarios.

Después de una primera parte en la que desde el presente narrativo se evocan algunas escenas del pasado, en la segunda parte Oé narrará desde el momento en el que era un niño en el valle, que acabará yéndose primero a la capital de la provincia y después a Tokio. Hacia el final de la narración se alcanzará de nuevo el tiempo del comienzo y se avanzará un poco más. El personaje mismo nos informa de algunos de sus planes narrativos, como por ejemplo en la página 113, donde leemos: «Prefiero dejar la continuación de esta conversación entre Gii y yo para el final de esta historia».

Oé ha mantenido durante mucho tiempo una relación epistolar con Gii, que no se interrumpió ni cuando Oé aceptó ser profesor invitado en una universidad de México (algo que ocurrió en la vida real).

Como comentaba Gonzalo Torné en su artículo, Cartas a los años de nostalgia establece paralelismos con El grito silencioso. Los dos personajes, Oé y Mitsu, regresan desde Tokio hasta el pueblo de sus orígenes, en un valle de la isla de Shikoku. En El grito silencio sobre este regreso pende un aire de amenaza, que en Cartas a los años de nostalgia, sería, como su título indica, más bien un retorno nostálgico. El existencialismo pesimista, propio de los escritores franceses de la década de 1960, como Jean Paul Sastre impregna las páginas de El grito silencioso, y será en Cartas a los años de nostalgia donde Oé nos hable de su descubrimiento de los libros de Sartre.

Quizás las páginas que más me han gustado del libro son aquellas en las que se evoca el paso de Oé por el instituto, y las relaciones que establece allí con otros estudiantes o profesores, en el entorno de violencia que propició el fin de la guerra.

La casa en la que vive Gii en Cartas a los años de nostalgia es una de las casonas más antiguas de la región, una casona perteneciente a una familia de potentados. Ésta es la casona que en El grito silencioso pertenece a la familia de los protagonistas, los hermanos Mitsu y Takashi. Algunos de los rasgos de la personalidad de Takashi, el hermano pequeño del narrador de El grito silencioso, pertenecen a Gii en Cartas a los años de nostalgia. Incluso algunos de los sucesos trágicos y ominosos que van a suceder en la vida de Gii le sucederán a Takashi.

De hecho, en Cartas a los años de nostalgia hay algún momento en el que el narrador Oé reflexiona sobre su vida y su obra, y él mismo explica qué elementos ha cogido de la realidad, que supuestamente es «real» y de la que habla en Cartas a los años de nostalgia, para componer El grito silencioso. En los dos libros se hablará también de las protestas contra el Tratado de colaboración con Estados Unidos, que fueron bastante multitudinarias y violentas a principios de la década de 1960.

También he reconocido otras escenas del libro que se evocan en otros libros, como cuando se narran los días del fin de la guerra, cuando Oé tenía diez años, en 1945, momentos que narra en su primera novela, La presa.

En la narrativa de Kenzaburo Oé es habitual que esté presente el alcohol, y en Cartas a los años de nostalgia, Oé nos cuenta que necesita emborracharse cada noche para vencer su insomnio. Una dependencia contra la que tratará de luchar hacia el final de este libro.

Me ha encantado volver a leer Cartas a los años de nostalgia, me ha resultado un grato reencuentro con aquel escritor que tanto me gustaba en la segunda mitad de la década de 1990. Y también ha sido una gran idea hacer caso del consejo de Gonzalo Torné y leer seguidos El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, porque son dos obras íntimamente emparentadas y que aportan muchas claves sobre la obra de Kenzaburo Oé, uno de los más grandes escritores vivos.


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