El veinticuatro, víspera de Navidad -ya se sabe cómo es la gente campesina-, suben en camiones al pueblo para comprar las cosas de última hora, cuatro tonterías, pero que para el pobre son importantes. Aquí no se celebra Santa Claus como lo sacan en el televisor o en los cartelones de la capital, tan sofocado con su abrigo rojo y su barba blanca, que digo yo que es locura en una tierra tan caliente como esta. No señor; aquí, para nochebuena, se arregla comida en la casa, una comida generosa, que aguante hasta el día siguiente, y se va de visita donde el familiar o el compadre o el amigo, a pasear de casa en casa, al suave, que la noche es larga y en todos lados le ofrecen a uno comida: no los frijolitos de diario, que ya estamos cansados de ellos, sino tamales de carne, panes con pollo, sopón de pescado, que en estos días baja limpio el río y se pesca bien con la atarraya, unas pupusas que se me hace la boca agua de pensar en ellas, o pan dulce, quesadillas de arroz, totopostes de maíz, uy, tantas cosas que se coquean estas mujeres. ¡Ah! y se ponen a helar unas cervecitas o se aparta una garrafa de chicha y unas botellas de guaro, para alegrar el convite, pues. Viera que bonito es. Pasan las pastorelas por las casas, cantando villancicos y recitando el Evangelio a cambio de pan dulce, fresco de piña o marquesote con café. Y después se baila en los corredores de las casas, con música de grabadora, para dejar escapar los malos humores y alegrar entre todos una noche tan señalada.
