Revista Sociedad

Centro penitenciario | Segundas oportunidades

Publicado el 12 enero 2020 por Annabel Navarro @annabelnac

Llegar a un sitio nuevo, en este caso un centro penitenciario, nunca es fácil ni sencillo. No conoces a nadie, no sabes qué va a pasar ni si estarás a la altura de las circunstancias. Sin embargo, era una gran oportunidad de poder ejercer mi profesión; y una parte de mí no podía sentirse más feliz y afortunada.

El primer día

Cruzar la primera puerta y andar con paso firme hasta el puesto de control fue algo complicado. Cargaba a mi espalda con mis propios miedos e inseguridades y, siendo sincera, también de muchos prejuicios. Noticias de profesionales agredidos, de presos problemáticos, de trifulcas complicadas que degeneran en situaciones tensas y difíciles; series, libros y películas que nos muestran, en multitud de ocasiones, historias que no se corresponden con la realidad diaria de un centro penitenciario ; o periódicos que informan desde una visión partidista sin tener en cuenta el conjunto de circunstancias que rodean a todos los integrantes del proceso.

Por suerte, el grato recibimiento de quienes serían mis compañeros durante mi breve estancia allí , hizo que mi periplo entre aquellas paredes fuera una de las mejores y más enriquecedoras experiencias profesionales de mi vida ; a unque en ese momento yo todavía no era consciente de cuánto iba a dolerme tener que decir adiós al centro penitenciario al que me habían destinado temporalmente como trabajadora social .

¿Qué hace una trabajadora social en un centro penitenciario?

Nos dedicamos a atender las demandas de los penados y sus familias en relación con el exterior y su bienestar social. Si te interesa como acceder a este tipo de trabajo, tienes más información aquí

Nos centramos en dar prioridad a la problemática socio-familiar que ha desencadenado su ingreso en prisión; pero, además, proporcionamos información y asesoramiento sobre distintos trámites; realizamos la gestión administrativa derivada de la atención; ofrecemos apoyo para la reintegración social y ejercemos el seguimiento a los liberados condicionales y a las personas sometidas a penas alternativas.

Durante mi estancia en el centro penitenciario l as historias que más se repetían eran las relacionadas con el tráfico de drogas. A raíz de la crisis económica que nos había azotado a nivel nacional , y que parecía afectar de mayor manera a la provincia con más paro de toda España, multitud de personas habían recurrido al transporte de fardos para sacar ingentes cantidades de dinero de manera rápida y sin esfuerzo . Un premio goloso cuyas consecuencias negativas el 99% de los reclusos no había considerado.

Estaba Vicente , un albañil, sin estudios y con tres hijos, que había aceptado conducir un coche centinela -quien va a la cabeza y avisa al coche que lleva la mercancía si hay controles- a cambio de tres mil míseros euros; y que había acabado cumpliendo la pena tras ser arrestado por su primer viaje. Una familia rota, sorprendida ante la decisión de Vicente y que ahora tenía que asumir que toda decisión conlleva ba una r esponsabilidad.

José había optado por montarse en una lancha con droga y cruzar el estrecho; al igual que Manuel o Benjamín , quienes habían sido interceptados por la guardia civil . Por otro lado, estaba el caso de Lui s; quien había usado su trabajo en el puerto para mirar para otro lado y permitir la entrada de cocaína .

De una u otra manera, todos ellos llevados por la necesidad o la codici a , habían delinquido desde la ignorancia de lo que conlleva estar encerrado con gente que no conoces, vivir alejado de los tuyos, tener que cumplir unas normas y deber sumisión y respeto a quienes vigilan que el buen orden del centro se mantenga.

También había otras historias menos amables, más duras y despreciables, ante las que tenías que poner tu mejor sonrisa y recordar cuál era tu cometido. Los llamabas por megafonía, te sentabas en la sala de entrevistas y descubrías la cara más pueril del ser humano. Como la de Dúnya, mujer marroquí condenada por tráfico de personas; quien te contaba cómo ayudaba a congoleños y nigerianos a entrar en España a cambio de grandes sumas y obligándoles a ocultarse en camiones en unas horribles condiciones. O los casos de Antonio, Carlos y Rubén condenados por violencia de género; quienes nunca eran capaces de decirme cuál era el motivo que los había llevado allí y tenía que recurrir al expediente para saber qué atrocidades habían protagonizado. O el caso de Fermín, o Santiago, que estaban allí por abuso de menores.

Población reclusa

Reincidentes, toxicómanos, rateros, suplantadores de identidad, delincuentes violentos, políticos corruptos, condenados por falsedad documental... reclusos que a pesar de sus delitos seguían siendo padres, hijos, maridos que veían como su mundo cambiaba por completo y sus libertades eran coartadas; mientras al otro lado del sistema, el personal funcionario tenía que enfrentarse de manera estoica contra aquellos que no tienen nada que perder y los consideran sus enemigos.

Segundas oportunidades

Qué pronto pasa el tiempo cuando disfrutas lo que estás haciendo. En un pestañear ya estaba recogiendo mi mesa y despidiéndome de esa gente que tan bien me había acogido; al menos, me marchaba con la grata sensación de haber dado lo mejor de mí. Sin duda, hay experiencias que te cambian la perspectiva; no sólo de cómo ves a la población reclusa, también de cómo valoras la labor que hacen todos los profesionales que forman parte del engranaje penitenciario.

La dicotomía de la rutina carcelaria reducida a personas penadas vs personas funcionarias. Dos caras de un mismo sistema, muchas veces incomprendidas y vilipendiadas , donde trabajadores sociales, educadores, juristas, psicólogos y funcionarios de vigilancia trabajan codo con codo para garantizar el bienestar de los reclusos; pero, sobre todo, para que las segundas oportunidades... sí que merezcan la pena.

Redacción: Annabel Navarro.


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