Revista Sociedad

Ceuta. Un mechero en el polvorín

Publicado el 28 agosto 2026 por Salva Colecha @salcofa

Hay días en los que uno se sirve un café cargado  y desearía con todas sus fuerzas que el periódico viniera solo con el crucigrama y el horóscopo. Pero enciendes la pantalla y te encuentras con que la situación en Ceuta ha decidido escalar a categoría de polvorín. La cosa ha cruzado esa frontera donde la tragedia humana se mezcla con la irresponsabilidad absoluta: un grupo de migrantes embistiendo un vehículo del Ejército —que tampoco es exactamente el mejor formato para pedir asilo— y, como respuesta vecinal, unos cuantos linchadores de fin de semana quemando campamentos de paja en la playa del Trampolín e impidiendo el paso a la Cruz Roja. Confundir el orden público con un partido de rugby sin árbitro es la receta perfecta para el descalabro.

Lo fascinante —si por fascinante entendemos esa ironía amarga que te hace suspirar— es la rapidez del efecto contagio. En Valencia ya han asomado la patita unas patrullas nocturnas que recuerdan demasiado a un casting fallido para una película sobre los años treinta. Muchachones «muy indignados» , con la estética de siempre y el discurso de «proteger el barrio», paseando un fascismo de garrafón camuflado de civismo que a estas horas espero que ya no engañe a nadie. Es la jugada clásica de la extrema derecha: coger el desconcierto legítimo de los vecinos, aderezarlo con un par de eslóganes identitarios y vender la cacería de gente vulnerable como si fuera voluntariado social. Spoiler, si no tomamos esto en serio, acabará fatal, ya sabes, elecciones, violencia, quemas, invasiones de Polonia y cosas por el estilo.

Mientras tanto, en la Moncloa, se reacciona con la agilidad que le caracteriza: la de un perezoso tomando una tila. Es exasperante comprobar cómo la alta burocracia necesita cuatro comisiones de análisis, dos reuniones extraordinarias y un borrador de argumentario electoral antes de admitir que la casa se está incendiando. Van a remolque de la realidad, dejando a las fuerzas de seguridad sin directrices claras y pretendiendo apagar un conflicto estructural a base de cosmética mediática y tuits bienintencionados.

¿El trasfondo? El de siempre. Un vecino al otro lado del Estrecho que abre o cierra la llave de la desesperación humana cada vez que necesita apretarle las tuercas diplomáticas a Madrid y a Bruselas, sumado a una oposición parlamentaria a la que el caos le parece un precio razonable si le da tres puntos más en las encuestas. Defender los derechos humanos con determinación , exigir un Estado eficaz y plantar cara al matonismo callejero no debería ser una quimera; es, simplemente, tener dos dedos de frente. Pero claro, pedir sensatez institucional y que se calme los ánimos en estos tiempos empieza a parecer una excentricidad de la izquierda moderada.


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