En conversaciones familiares, con amigos y con desconocidos, ha surgido la odiosa posibilidad de que hay personas mucho menos importantes que otras, humanos poco valorados por sus pares, en fin, personas casi invisibles, ciudadanos de segunda clase que no tienen real derecho a voto, solamente a una susurrante voz ante una masa sorda como público.Preguntas eternas fecundan ese frustrante pensamiento: ¿A quién le importa si mañana no hay que comer? ¿Será posible darse algunos gustos? ¿Cuándo se acabarán las deudas y el insomnio que las acompaña? ¿Es posible dormir tranquila en mi país? Democracia... ¿En serio? Esto es una joda, ¿dónde están las cámaras? Pues las respuestas son bastante oscuras y no se vuelven certezas por más que alzo el mate hacia mi boca, absorbiendo un poco de esta infusión y de condenados sueños.¿Cuántas veces te has preguntado si es necesario tanto esfuerzo para dar medio paso hacia quién sabe dónde? Hay momentos en que soy parte de esos ciudadanos olvidados por todos. Ciudadanos operativos y con capacidad de respuesta, con inteligencia de sobra, pero pocas opciones de arriesgarse, pocas posibilidades de soñar. Personas moviéndose hacia un fin difuso, sin metas reales o definitivas, pero que caminan en la línea de sobrevivencia olvidando que esto es un derecho básico. ¿De qué sirve ser pensantes si no podemos optar? Hay momentos en que no me queda claro para qué somos ni para qué estamos…
