Revista América Latina

¿La crisis de la justicia?

Por Gaviota
La frase más trillada desde que tengo un mínimo conocimiento de los grandes misterios de la juridicidad y demás, es "la justicia está en crisis".  En un reciente artículo publicado por la Revista Semana, la revista de opinión y de análisis más prestigiosa del país, se produce un análisis sobre el negocio de la justicia. "La crisis de la cúpula de la justicia".  La justicia está en crisis, es un asunto que en su simple enunciación, resulta problemático.  El concepto de crisis, en su gran mayoría de acepciones, hace referencia a un cambio brusco de situación.  Coloquialmente, se utiliza el término cuando se pasa de la "normalidad" al acabose.
La justicia, sin embargo, no está realmente en crisis.  La justicia nació mal y seguirá mal.  Veamos por qué:
1) La condición humana hace que cada uno de nosotros busque reconocimiento, busque honores, busque la grandeza.
2) En el pasado, llegar a un cargo implicaba acceder a un honor.  Por supuesto, también implicaba acceder al poder, pero era algo más que eso.  Precisamente ser un abogado ya implicaba en sí mismo un cargo de honor.  Los mejores ciudadanos llegaban a ser abogados, y entre ellos, los mejores llegaban a ser jueces.
El asunto ha cambiado.  Llegar a la cúpula de la justicia no es acceder un honor, es simple y llanamente acceder al poder.  El negocio de la justicia implica acceder a todos los negocios posibles, incluso aquellos que han sido sometidos a tribunales de arbitramento.  La justicia implica decidir sobre todo, y hacerlo sin necesidad de arriesgar nada.  El dinero, los derechos y los intereses en juego son de terceros, y no del juez.
¿La crisis de la justicia?
Imagen tomada de: www.eltiempo.com 
La corrupción en la justicia parte precisamente de hacer un asunto de su interés algo que nunca ha debido ser de su interés.
3) La justicia está mediatizada, lo que implica que el único juez legítimo es aquel que tiene el poder de difundir sus sentencias para ser oídas y temidas por todos.  Esto lo hacen algunos periodistas, que están más allá del bien y del mal, y juzgan, y encarcelan, y siguen juzgando.
4) Mirar el ejemplo del "Templario" (Eduardo Montealegre) es un vivo ejemplo de lo que aquí me refiero.  He dicho anteriormente en "El Templario I" y en "El Templario II" que la mayor crítica que le hago a ese señor es haber aprendido tanto para haber utilizado su conocimiento al servicio de intereses privados.  Aún lo sigue haciendo.
Personas como él, que han adquirido un interés especial y personal en los asuntos sometidos a su conocimiento, son personas corruptas, y es eso mismo lo que está ocurriendo en la Corte Suprema de Justicia, en el Consejo de Estado, en el Consejo Superior de la Judicatura, y en menor medida en la Corte Constitucional.  Es inexplicable cómo pueden existir personas en esos cargos, tan descaradamente interesados en su propio bienestar, como el Consejero de Estado Mauricio Fajardo, como el Magistrado (al cuadrado) Francisco Ricaurte, o como el recientemente nombrado Alberto Rojas Ríos.
Adicionalmente, en la actualidad no es fácil saber qué tipo de personas son las que realmente llegan allá.  ¿Qué han hecho, y qué los hace dignos de decidir sobre la justicia colombiana?  Pocos puedan dar razón de qué han hecho estos señores para llegar allá.  Nadie sabe quiénes son los merecedores de estas dignidades. Creo que salvo el reciente caso de Carlos Ignacio Jaramillo, o de Juan Carlos Henao, no veo mayor merecimiento profesional en los otros.  Es mi opinión, no una verdad sabida.
Me preocupa la especial preocupación que despierta en los medios de comunicación la situación de la justicia.  "Ruth Marina Díaz es una completa vagabunda", piensan muchos.  Sin embargo, su vagabundería ha sido la misma vagabundería de cientos de Magistrados (mirando hacia el pasado).  No podemos tildar de valerosa a una Corte que se metió en el ámbito político para detener a Uribe, ni tampoco tildar de mediocre a aquella que se mete en el ámbito político para favorecer a Santos.  Es tan despreciable la segunda como la primera.  En vez de trabajar 175 días administrando justicia, se dedican alrededor de 60 a pelear por nombramientos, y los poquitos que quedan, a discutir por qué razón se van a abstener de conocer asuntos sometidos a consideración de la Corte (Corte Suprema y Corte Constitucional).  No es digno trabajar tan poco para hacer tan poco, o para interesarse en los asuntos de los que se conoce (como Montealegre o el Procurador).
La justicia no está en crisis.  Simplemente está en manos de personas que sufren del mismo cáncer que el resto de la humanidad: ser desmedidamente ambiciosa e inexorablemente ególatra.  Ellos creen que todos dependemos de ellos. Lo triste del asunto, es que realmente sí es así.

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