Revista Arquitectura

Cocinar

Por Arquitectamos

Siempre he creído que el origen íntimo de una casa, su razón de ser, es el "dormitorio de los padres". Pero la verdad es que todo ha cambiado tanto que ya no sé. Antes se decía "el casado casa quiere", porque una joven pareja enamorada quería emprender una nueva vida autónoma, y no deseaba estar de huésped en casa de los padres, que era algo que se hacía mucho cuando no había dinero suficiente. Y casi nunca lo había.

La pareja que inicia su nuevo rumbo da sentido a la casa. Y esa necesidad de intimidad la da el dormitorio. El dormitorio principal, el de la pareja, el que está llamado a ser, con el tiempo, "el de los padres".

Ese era, en mi magín, el motor de la idea de una casa. Sin embargo, toda casa tiene varios motores. Y uno que poco a poco se va perdiendo es la cocina.

Cocinar

Me imagino a la tribu prehistórica cazando un animal o recolectando alguna planta silvestre y comiéndosela ahí mismo, en medio del campo. Y pienso que llegó un momento en el que la preparación de la comida evolucionó y se complicó, por lo que necesitó más tiempo y más calma. También la comida se convirtió en seguida en un acto social y amoroso. Todos hemos comido solos muchas veces, pero reconocedme que lo bueno es comer con alguien querido. Y reconocedme, sobre todo, que cocinar para alguien es lo segundo más bonito del mundo (porque lo primero es que alguien cocine para ti, que alguien te "haga de comer").

Y de pronto surge la palabra "hogar", que es el fuego y, por antonomasia, es la casa. Hogar es la hoguera, la chimenea, el foco de calor, que es algo fundamental para vivir a gusto, pero ese fuego confortador puede trasladarse sin problema conceptual a la cocina, al "fogón", al horno.

Hacer fuego para calentarse y estar a gusto. Hacer fuego para preparar la comida. Ese puede ser perfectamente el resumen de la casa.

En nuestra tradición pensamos que el hombre cazaba y la mujer preparaba la comida. (Se ha demostrado que esto es mentira, pero como idea nos ha servido durante milenios). De la misma manera, el hombre trabajaba en una compañía de seguros y al llegar a casa se encontraba la comida hecha.

Mi madre se casó sin saber cocinar y se compró este libro:

Cocinar

En mis recuerdos infantiles, mi madre ya era una sabia cocinera y el libro llevaba muchos años en un cajón. Lo hojeé muchas veces, y recuerdo solo dos cosas de él: la presencia del benjuí (que sabe Dios qué es) en muchísimas recetas, y la lista de ingredientes por céntimos de peseta (dos céntimos de tal cosa, cinco céntimos de esto otro...). Aunque ya no le hacía ninguna falta, muchos años después mi hermano y yo le regalamos este otro libro:

Cocinar

He tenido la suerte antiquísima (y machista) de que cada vez que he entrado en mi casa (de soltero y de casado) ha olido a gloria. He sido, como digo, un hombre antiguo y muy afortunado. Apenas sé preparar algo en la cocina, pero siempre he tenido quien me haga de comer con muchísimo amor y grandísima solvencia. (Ahora que entro en jubilación me he propuesto aprender algunas cosas poco a poco y devolver todo ese cariño en la medida que pueda).

En el terreno arquitectónico quiero decir dos cosas, que son las que (se supone) han dado origen a este texto:

La primera es que en nuevos modelos de vivienda la cocina se integra en el salón-estar-comedor. Esto se puede interpretar negativamente como que los pisos modernos son cada vez más pequeños y se le ha quitado a la cocina su independencia, y ahora los olores de guisos y fritangas invaden el salón porque no hay sitio para nada, pero tiene también una interpretación muy positiva, y es que ya no es la madre o la esposa la que queda castigada a trabajar en la cocina, sola, mientras los demás ven la tele, se entretienen y socializan y simpatizan. Ahora el hecho de cocinar está integrado en el de estar, vivir, charlar, y todos los miembros de la familia participan en el acto de cocinar, pero incluso si solo lo hace uno de los componentes, no está aislado y castigado.

Y la segunda es que cada vez hay menos tiempo para cocinar. Ya no hay un "ama de casa" volcada en las labores del hogar todo el santo día, sino que nadie tiene tiempo para hacerlo. Es cierto que ahora todos los miembros del hogar están concernidos en sacarlo adelante, pero también que ninguno está en buenas condiciones para hacerlo. En muchos aspectos, esto, en vez de consistir en una "liberación" (que lo es) ha sido una nueva "esclavitud" (que lo es). Y una de las consecuencias más notables es que, más que cocinar ahora todos, ya no cocina nadie.

La gente se alimenta de platos precocinados, latas de conservas, fiambre y cosas así. La cocina consiste en un horno microondas y un airfryer. Hacerse una tortilla francesa es una epopeya homérica. Y lo peor de todo es que, en una nueva pirueta para hacernos creer que nuestra desgracia es un privilegio (véanse los titulares tipo "los jóvenes PREFIEREN no salir de viaje en vacaciones" o "compartir piso: el nuevo estilo de vida PREFERIDO por la juventud"), se habla de que ya nadie quiere cocinar y de que es mucho más cómodo pedir que te traigan la comida a casa o comprarla ya cocinada en el súper.

La primera imagen que he puesto tiene este texto:

"Dedicarle tiempo se ha vuelto un lujo":por qué la cocina podría tener los días contados en casa.

Y luego añade que esto forma parte de "LAS ÚLTIMAS TENDENCIAS EN EL CAMPO DE LA ARQUITECTURA". Y vale, de acuerdo: la arquitectura se adapta a la vida y sus tendencias han de ser las de la vida, pero resistamos todo lo que podamos. No es admisible que la cocina ya no tenga sentido en una casa. No es admisible que nuestra vida de mierda implique no poder cocinar para nuestra gente nada que merezca la pena. De la misma forma que no es admisible que los arquitectos incluyamos alegremente celdas para las criadas en las casas que proyectamos, tampoco puede serlo que seamos cómplices de este atentado contra lo más sagrado de nuestras casas, contra la más perentoria de nuestras necesidades y el más placentero de nuestros afanes: comer, comer opíparamente con la gente que más queremos.


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