Revista Cultura y Ocio

Como polvo en el viento - Leonardo Padura

Publicado el 01 julio 2021 por Elpajaroverde

-Los que están detrás de ustedes son Clara y Darío...

-Sí... A ver..., de izquierda a derecha están Fabio y Liuba, los que se mataron en un accidente en Buenos Aires, los padres de Fabiola; al lado, Irving y Joel, los gais, que, tú los conoces, viven en España; luego Elisa y el que era su marido, Bernardo, que ahora, tú sabes, es el marido de mi mamá; esos otros son mi papá y mi mamá; el tío Horacio y la novia que tenía entonces, Guesty, que estaba buenísima y yo andaba enamorado de ella. Por cierto, después alguien empezó a decir que Guesty era una espía. Y la última es la Pintá, no me acuerdo ahora cómo se llamaba, la que andaba con Walter, el pintor... Tenía vitíligo y ese cabrón decía que le gustaba porque era de dos colores... Esto fue el día del cumpleaños de mi mamá, en el patio de mi casa".

Esto fue. Una foto. El testimonio del ayer. La certeza de lo irrecuperable.

"¿Qué les había pasado? ¿Qué cosa les había pasado?"

"Nos ha pasado todo [...], y sin pedirnos permiso. Los sueños ahora son desvelos o pesadillas. Nos ha pasado que perdimos. Este es el destino de una generación".

Qué nos ha pasado. Eso podríamos preguntarnos muchos al mirar una fotografía tomada en nuestra juventud. Qué fue de la persona que éramos. Cómo se desgajó esa familia que eran los amigos. Qué ha de sido ellos, de los habitantes de una instantánea que ahora son la diáspora desperdigada de nuestra fe y nuestras ilusiones. Con algunos seguiremos manteniendo en contacto, probablemente con una relación no tan fluida como en aquellos años. Otros seguirán viviendo cerca, tal vez ni siquiera se hayan mudado de barrio, puedo que incluso sigan en la misma ciudad. Algunos se habrán establecido en otro punto del país, puede que haya quien haya tentado la suerte en algún otro más o menos lejano.

Los habitantes de esa fotografía que son enumerados de izquierda a derecha forman también una diáspora, pero una diáspora espoleada por el miedo, por la falta de libertad, por la negativa a volver a la casilla de salida; una diáspora con fuertes connotaciones políticas porque "entre viajar y emigrar existe un pozo insondable. Y entre emigrar y adquirir un oneroso permiso de "salida definitiva", con la transmutación de ciudadano en apátrida, un horror parecido al destierro".

"Entraría de modo automático en la categoría de desertor. Y, como desertor que abandona a su ejército y se suma a las huestes del enemigo, [...] se convertiría en traidor y, a efectos políticos y hasta legales, en un apátrida. Como apátrida perdería cada uno de sus derechos ciudadanos, incluida la nacionalidad, la profesión y la posibilidad de retornar de visita a su país por un período de expiación o condena que podía ser de siete, diez, mil años, hasta que Alguien le alzara la veda o llegara el presumible Armagedón del que solía hablar Horacio. Para su familia, convertida en rehenes o culpables de oficio, implicaba la imposibilidad de viajar a reunirse con él por los próximos cinco o dos mil años".

Cinco o dos mil años. Un período, por tanto, indeterminado, pues "¿cuánto dura un período? ¿Lo componen instantes, momentos, días, años, décadas, siglos? Para la única vida fugaz e irrepetible que tenemos, ¿cuánto de ella cabe en un período sin límites previsibles? ¿El Paleolítico y el Neolítico, con miles de años a cuestas, no eran períodos?..." ¿Cuánto dura la condición de apátrida? ¿Cuánto la separación de la familia? ¿Cuánto la sensación de no sentirse de ninguna parte, de no tener raíces? ¿Cuánto el dolor de no tener a nadie cerca que comparta nuestros recuerdos? ¿Cuánto la pérdida de aquello en lo que una vez se creyó y la constatación de que es difícil vivir sin creer en nada? "¿Cuánto tiempo es un instante? ¿Qué cabe en un instante?", cabría también preguntarse. Porque esta novela también está hecha de instantes y no solo de períodos con fecha de fin en interrogante. De instantes que guarda la memoria, esos a los que agarrarse o a los que sepultar cuando la nostalgia aprieta. De instantes, también, que lo cambian todo.

Como polvo en el viento - Leonardo Padura

Es Marcos quien le confirma a su novia Adela el niño de seis años que fue. Es él quien le señala a su hermano dos años mayor. También quien le presenta a su padre, a su madre, a los amigos de estos, posando todos ellos para la que aún ni sospechaban que sería la última foto del Clan, tal es como se hacían llamar el grupo de amigos. Es Adela quien pregunta curiosa. Ella es la que se muestra dubitativa, inquieta, extraña mientras su novio hace las presentaciones. También es a ella a la que ese instante en el que observa con atención la fotografía le desmorona la vida, aunque tampoco sospecha que pocos días después de haberse tomado esa fotografía hubiera sucedido algo que hiciera que se tambalearan las vidas de quienes en ella aparecen.

La fotografía fue tomada un 21 de enero de 1990 en Cuba durante la celebración del trigésimo cumpleaños de Clara, la madre de Marcos. Es un 16 de abril de 2016 que este se la muestra a Adela en el apartamento que comparten en Hialeah, Miami.

Vivir en Hialeah es algo así como vivir en los Estados Unidos pero como si se viviera en Cuba. Cualquiera que no viniera de la isla podría sentirse extranjero allí. Sus habitantes, "reacios al desarraigo, dentro de sus casas y en sus reuniones festivas, en muchos sentidos seguían habitando en el interior de su isla perdida".

Para Loreta, la madre de Adela, en cambio, vivir en Hialeah es algo así como vivir en un lugar de mala muerte, como haber ido a parar a un estercolero, como echar al traste todas las oportunidades. No entiende como su hija ha consentido en irse a vivir allí. Aunque, a decir verdad, tampoco entendió a su hija cuando se mudó a Florida, ni cuando se interesó y decidió realizar estudios relacionados con la cultura cubana, mucho menos cuando quiso viajar a Cuba, qué decir ya de cuando se ennovió con un cubano. Aunque, si seguimos diciendo la verdad, no es que Loreta no entienda sino que no hace por entender, porque lo que siente y desprende es un rechazo frontal a todo lo que huele a Cuba, algo que es fuente de desencuentros y de dolor entre madre e hija.

Adela, como le dijo Marcos la noche en que la conoció, es "yuma de verdad, medio argentina, cubanita arrepentía", o, como se siente ella muchas veces, es una "muchacha que no era cubana ni argentina ni miamense y a veces ni neoyorquina..." Sí, Adela es cubana por parte de madre (quién lo hubiera dicho), argentina por parte de padre y criada en Nueva York, lo cual debería haberla hecho sentir que se podía considerar de cualquier parte, pero, sin embargo... Adela, a saber por qué, y eso que no ha sido alentada por su madre y que si sabe español es por su padre, siempre se ha sentido atraída por todo lo cubano. No así Loreta, que pareciera renegar de sus raíces, y quien, cuando conoce más datos sobre el novio de Adela, sufre casi una conmoción parecida a la que sacudió a su hija cuando vio la fotografía de marras.

La fotografía la cuelga la madre de Marcos en su recién estrenado muro de Facebook dieciséis años después de ser tomada. "Clara siempre había sentido que, a pesar de todos los pesares, le resultaba más fácil resistir que rehacerse. El solo hecho de verse obligada a ser otra cosa, en otro sitio, la aterraba. Y ese, su miedo personal, la ataba a la tierra, la paralizaba". Y es por eso por lo que permanece en Cuba mientras que sus hijos y varios miembros del Clan se han ido. Y es por estar en Cuba mientras que tantos aquellos de los que quiere no lo están que se ha decidido a crear una cuenta en la red social para facilitar el contacto con ellos.

Es la dispersión de los miembros del Clan lo que nos cuenta Leonardo Padura en esta novela. Es la historia de la diáspora cubana. Es la Cuba que cada cubano que abandona la isla se lleva con él. Es la Cuba que se queda. Son "independentistas y autonomistas, regionalistas, proyanquis y antiimperialistas, comunistas y anticomunistas... Todos cubanos. Odiándose unos a otros, desde el principio y hasta la eternidad..."

"¿Por qué todas aquellas personas, que habían vivido de modo natural en una cercanía afectiva, aferrados a su mundo y pertenencia, empeñados durante años en una superación personal y profesional a la que en su país habían tenido acceso, decidían luego continuar sus vidas en un exilio en el cual [...] nunca volverían a ser lo que habían sido y nunca llegarían a ser otra cosa que trasplantados con muchas de sus raíces expuestas? ¿O llegarían a ser otra cosa, cualquier otra cosa que no fuera extranjeros, refugiados, irregulares, exiliados, apátridas?"


Para ser otra cosa habrá quien encuentre un paraíso imperfecto que no conseguirá sustituir al paraíso perdido. Habrá quien se la pase hablando de política tal vez solo porque puede hacerlo. Habrá quien se pase con el disfraz de nueva pertenencia e identidad.

Para no dejar de ser esa cosa habrá quien se quede, quien aguante, quien resista, quien se reinvente en esa Cuba de la que alguien dirá que "a veces pienso que somos un país especial. Otras, que somos un pueblo maldito", en ese país que ha llegado a un estado en el cual bien pareciera que hubiera "vivido una larga guerra sin pólvora, feroz y devastadora como una buena guerra", un país que es pura contradicción y del que no me resisto a dejaros, aunque un poco extensa, la siguiente descripción:

"Cómo funcionaba eso de que si se graduaba no le daban permiso para salir si no era en misión de trabajo, un trabajo por el cual, además, si lo hacía en Cuba ganaría lo mismo que su madre, también ingeniera, un estipendio que rondaba los veinte o treinta dólares al mes. Tampoco comprendía cómo la gente vivía con salarios así en un sitio donde una botella de aceite del más corriente costaba dos dólares y la mayoría de las personas había olvidado el sabor de la carne de res [...], pero donde a la vez Ramsés no pagaba nada por sus estudios, mientras la electricidad de su casa costaba solo cuatro dólares [...] y el teléfono apenas dos [...], aunque mucha gente no tenía aire acondicionado ni teléfono en su casa y casi nadie un celular, porque Alguien había decidido que si eras cubano y vivías en tu país no podías tener un celular y muy difícil acceso a internet. No, Lena no concebía cómo se vivía sin internet y sin teléfono móvil, y sin una computadora personal si no era que la habías traído del extranjero (adonde, sí, sí, ya lo sabía, resultaba tan difícil viajar), pero solo podías entrarla en el país con una autorización especial firmada por un ministro o alguien por el estilo. O comprar la computadora en el mercado negro... ¡Mercado negro de computadoras! ¡Pilotos y azafatas cubanos traficantes de computadoras, calzoncillos y chorizos! Y aunque el aceite costaba dos dólares y la comida no alcanzaba y el salario que pagaba el Gobierno al noventa por ciento de los ciudadanos no daba para vivir (según el propio Gobierno), ¿no era extraño que la gente no se muriera de hambre y hasta hicieran ejercicios para bajar de peso y, según leyó en una revista, más de un millón de personas habían asistido en La Habana a la marcha por el 1 de Mayo, no para protestar por algo, como en casi todo el mundo, sino para apoyar al Gobierno? Porque en Cuba los sindicatos siempre siempre apoyaban al Gobierno (qué cosa más rara), mientras había gente de lo más orgullosa por tener que trabajar todos los días doce y hasta catorce horas, horario de contingente le llamaban [...]. Por cierto, esa misma gente de Cuba, trabajadora y humilde, tenía acceso a una salud pública plena y de calidad, pero en la farmacia más cercana casi nunca había aspirinas, a pesar de lo cual la gente bailaba, cantaba y luego hacía trabajo voluntario, coreaba consignas revolucionarias contra el criminal bloqueo norteamericano, pedía el regreso de unos héroes, mientras más o menos esa misma gente se iba en balsas hacia Estados Unidos o como fuera hacia donde fuera o se quedaban en Cuba viviendo de algo que Ramsés llamaba "el invento", y no es que fueran inventores con patentes ni nada por el estilo. No, Lena no entendía: Cuba no se parecía a nada y Ramsés se lo ratificó, añadiendo una respuesta que no satisfizo la curiosidad de la joven.

-Aquello no lo entiende ni Dios y no lo arregla ni Dios..."

Y, aun así, aun con todo eso, ser cubano a veces también puede ser un privilegio. Si se está dentro, por poder salir de la más absoluta miseria a través del acceso a la educación, como le ocurre a uno de los miembros del clan. Si fuera, porque como refugiado se goza de cierto estatus, como sentirá otro de los amigos cuando al llegar a los Estados Unidos se cruza con la triste y resignada mirada de un haitiano. No he podido evitar pensar (algo sobre lo que ya había reflexionado antes de leer esta novela) en lo bien que se mira, se recibe incluso, a los inmigrantes venezolanos que recalan en nuestro país, y en lo menos bien que se mira a otros de diferente origen.

Privilegiados, desarraigados, nunca conformes o conformes en demasía, con diferentes castas incluso dentro de los exiliados, en perpetua relación amor-odio con un país del que ni pueden ser ni pueden dejar de ser. Toda la idiosincrasia cubana tiene cabida en esta novela. Como también tiene cabida las relaciones de amor, amistad y traiciones que se dan entre los miembros del Clan. Como lo tiene desentrañar el misterio acerca de lo que pasó pocos días después de tomarse esa a estas alturas de esta entrada ya mítica fotografía y lo que desencadena dieciséis años después de ser tomada.

Como polvo en el viento se mueve entre diferentes tiempos, espacios y personajes, sin embargo, la prosa de Padura nos lleva y trae por ellos sin que acusemos los cambios, nos desubiquemos o nos la pasemos saliendo y entrando de la lectura a cada cambio. La trama está bien urdida, aunque comparto con Adela el sentimiento de incomprensión hacia su madre y eso hace que me falta un pellizquito. Los personajes están bien perfilados, si bien siento a veces ese estar al servicio de la postura que con cada uno de ellos el autor quiere representar. Aun con estos nimios peros, Como polvo en el viento es una novela notable, que consigue mantener el interés del lector a pesar de su extensión y que brilla en el retrato generacional que nos brinda.

La generación a la que pertenece el Clan es la misma a la que pertenece el escritor cubano. Una generación que creció al albor de la revolución y que fue moldeada por sus ideales, que creyó y fue descreída porque sufrió una gran decepción, que sufrió la conflictiva relación con los Estados Unidos y que quedó desolada y huérfana cuando ese gran y referente gigante comunista que fue la Unión Soviética colapsó. "Como escritor", nos cuenta Padura al término de esta novela, "me alimento de la realidad, pero no soy responsable de ella más allá de mis avatares individuales y mi compromiso civil, como ciudadano y como testigo con voz, que apenas pretende dejar un testimonio personal de mi tiempo humano". Dicho testimonio queda debidamente cumplimentado con esta ficción y dentro del mismo queda también reflejado el conflicto entre los propios cubanos, ese que probablemente no se resuelva hasta que su historia más reciente sea polvo en el viento, porque "sería más fácil culpar de todo al comunismo... Pero [...] el comunismo es una consecuencia, no una causa. Una consecuencia que puede agravar ciertas cosas, por muchas razones, pero la condición humana es la misma en cualquier sistema, porque es eterna... Una de las pocas cosas eternas...", que no se convertirá, por lo tanto y como tantas otras cosas en esta novela, en polvo en el viento .

Polvo en el viento, reza este título. Dust in the wind, canta Steve Walsh, vocalista de Kansas, y escuchan premonitoriamente los miembros del clan en ese trigésimo cumpleaños de Clara que quedó fotográficamente inmortalizado. Polvo del cual, como los propios cubanos, una parte "sería absorbida por la tierra de la isla y se fundiría para siempre con ella; y otra, como los ríos de la vida, iría a dar en el mar y recorrería el mundo. Hasta la victoria final. Dust in the wind [...]. All we are is dust in the wind..."

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