Revista Cultura y Ocio

Corazón de agua, corazón de hielo

Por Zogoibi @pabloacalvino
Corazón de agua, corazón de hieloKindle

Así que allí estaba yo, de regreso en mi pueblo natal, recibiendo un espontáneo homenaje que la gente me rendía por haber vuelto de mis inmumerables viajes por esos mundos de Dios. Era un encuentro al aire libre, informal, en mitad de la calle, y en una atmósfera de fraternal armonía todos se me acercaban y me daban la bienvenida, me estrechaban la mano, me palmeaban la espalda, me decían alguna palabra calurosa, de reconocimiento o de elogio; todos querían hablar conmigo, saludar al hijo pródigo, lo mismo amigos que conocidos e incluso aquellos a quienes nunca les fui simpático, que eran la mayoría; pero, lejos de ser hipócritas o fingidas, sus muestras de afecto eran reales; es decir, todo lo real que aquel curioso encuentro podía ser. Y entre la concurrencia estaban también algunos amigos que hice en otros países, amigos que jamás visitaron mi pueblo ni es probable que lo visiten nunca; aunque tales cosas no me pareciesen inverosímiles en ese momento: ni la presencia de tales amigos ni la sinceridad de mis paisanos.

Y allí estaba yo también, simultáneamente (advierte, lector: simultáneamente), sentado –por así decirlo– en la silla del director y dirigiendo la escena, comentando su desarrollo con algún ayudante invisible, introduciendo pequeños cambios, mejoras que se nos ocurrían sobre la marcha: este personaje un poco más allá, ése más acá, aquél que diga otra frase, el otro que intervenga antes; y con cada retoque del guión era yo de nuevo (aunque a la vez) intérprete de lo que estaba sucediendo en realidad (aunque en realidad no sucediese), que no actor en película alguna; no como esas estrellas de cine que se meten a directores para dirigirse a sí mismos (sin que, obviamente, puedan hacer ambas cosas a un tiempo), sino como verdadero demiurgo de un episodio en el que estaba yo mismo verdaderamente inmerso, soñador y soñado dentro de mi propio sueño.

Y allí en la esquina de mi pueblo, entre sus habitantes de toda la vida y entre mis amigos extranjeros, me dijeron unos y otros que, porque yo era por las mañanas como el agua y al pasar de las horas era al final del día como el hielo –metáfora absurda y desacertada donde las haya aunque yo, entonces, la aceptara como válida y hasta llegara a justificarla como cierta–, habían decidido ponerle a mi sueño el hermoso título de Corazón de agua, corazón de hielo.

Del argumento completo de aquella historia, que se desarrolló con todos sus episodios desde el principio hasta el fin, a la mañana siguiente sólo recordaba el título, que el soñado yo director había encarecido a mi subconsciente memorizar para cuando me despertase. Corazón de agua, corazón de hielo; un título evocador y sonoro que brindo a quien lea esto y tenga la fantasía y las ganas necesarias para escribir algo a lo que le vaya bien, porque yo, personalmente, no puedo.

¡Ay, cómo envidio a ese yo soñador, capaz de tejer conmovedoras historias con las que el yo de la vigilia no podría ni soñar!


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