Estudiante y proyecto de escritora.
Luchadora y trabajadora incansable. Desde muy temprana edad decidió que quería escribir y está poniendo los medios adecuados para que eso pase.
He podido colaborar con ella en varios relatos y me consta el esfuerzo por superarse. Me siento orgulloso de verla crecer con entusiasmo y dedicación. Las personas que estamos a su alrededor la estamos apoyando porque su actitud nos anima a poner nuestro granito de arena en ampliar su estantería de escritos. Vuelvo a publicar uno de sus relatos en este blog con la misma alegría que lo hice la primera vez. Con ello, lleva todo mi apoyo incondicional y mi apuesta por estar viendo cómo el retoño se convierte en flor.
A Bere la conocí en noviembre de 2022. Yo estaba de gira por México presentando la versión juvenil de mi novela «Las tres reinas». Como en años anteriores, impartí una conferencia a los alumnos del Instituto Aberdeen de Ciudad de México. Acabada la conferencia, la Jefa de Estudios me la presentó, dado el especial interés que había mostrado en escribir y que no se le había escapado a sus profesores. De todos es sabida mi reticencia a adoptar discípulos. Pero el brillo en los ojos que le vi ese día y la forma en que me contaba sus sueños, me recordó a mí mismo cuando soñaba con hacer mis primeras películas. No supe (ni quise) decir que no y le prometí que trabajaríamos juntos en algún proyecto. En aquel momento tenía 14 añitos.
Dos años después, y a punto de cumplir los 17, sigue creciendo decididamente. Está poniendo medios para mejorar y encamina sus estudios para cumplir sus fines. Creo que el que escribir sea uno de ellos nos debe hacer felices a todos los que estamos contribuyendo a cumplir sus ilusiones. Y seguimos de la mano con el paso del tiempo. Disfrutándolo, como debe ser.
Tercer relato que publico en este blog, escrito por Bere L.M
Una autora descubriendo sensibilidad en cada cosa que escribe.
Me encanta la gente que piensa así y valora las emociones que acompañan a las acciones.
Me siento orgulloso de ir de la mano por ese camino.

CORTEZA DEL CORAZÓN
En un hermoso jardín habitaba un gran roble viejo, que siempre estaba bañado en el Sol. Su condena era pasar todos los días que el tiempo creyera necesarios enfrente de los grandes portones que marcaban el territorio del pueblo.
El jardín era de un verde intenso gracias al pasto que se esparcía por todos lados; las flores eran de todos los colores, siempre bailaban y hablaban todo el día; los insectos vivían bajo los pies de los que creen que son dueños del mundo, pero su simpleza los obligaba a ser dóciles; y apartado de los demás, estaba el triste Roble, que intentaba crecer más alto todavía, solo para poder ver lo que el pueblo contenía en su interior.
Su momento favorito del día era cuando el Sol ordenaba a todos levantarse y marchar con el tiempo. Veía a la gente caminando y, por unos instantes, se sentía parte de ellos.
Había aprendido que, para ser una persona, necesitaba nombre y apellido, así que durante muchos días creó su nombre: Róbetin el Roble.
“Oh, Róbetin el Roble,
si tuvieras corazón
sería de cobre,
árbol, triste pobretón”
Las burlas de las petunias escupidas en risas y versos lo hacían enojar. Él se limitaba a ignorarlas, porque nada le impedía soñar.
—Ustedes no saben de lo que hablan, porque son hermosas, disfrutan la corta vida antes de que cercenen su delgado tallo; adornan las fiestas y los pasteles—. Róbetin transformaba su envidia en regaño, tan molesto como el zumbido de las abejas.
Las petunias contestaron:
—No necesitamos saber qué es una fiesta,
que aquí siempre la vida es plena.
Nunca sabrás correr
y nosotras perder.
—¡Basta ya! Saben que día tras día me he quedado aquí, mirando no más allá de esta gran puerta de hierro. Petunias crueles, no ven que mi sombra es mi mundo y la tierra mi alimento.
El Sol miraba todo desde lejos, cansado de escuchar los lamentos del roble y tomando ventaja de las nubes que los separaban, se repetía: “¿Qué más quieres, querido Roble? Si no hay dolor, más que el de tu alma. Piensa dos veces, por favor, te lo imploro, porque a veces uno está mejor quieto, ¿o acaso quieres ser esclavo del tiempo y de la vida?”. Ya harto, decidió no ver más, así que se marchó, dándole el turno a su amada, la Luna.
Ella era confidente de una joven que vivía en la primera casa del pueblo, la cual, de vez en cuando, iba al bello jardín a hablar con Róbetin. Se habían convertido en buenos amigos. En los días lluviosos el Roble le daba cuidados bajo sus ramas y un lugar para descansar en su corteza. Róbetín siempre tenía tantas preguntas, y la chica nunca tenía respuestas, de todos modos las palabras siempre fueron imposibles para el pobre árbol, pero nunca fueron necesarias. Todas las flores y animales del jardín los describían como una pareja lúgubre, infeliz, pero su compañía daba más luz que la de los cometas.
Róbetin le tenía gran cariño, la había visto crecer, más nunca ser feliz. La chica siempre lo había tenido presente, pero nunca se imaginó de la gran memoria que la naturaleza posee en su interior.
—Ay, querido Roble, ¿qué se siente ser tan alto y tan fuerte? Tengo que confesarte que te tengo una envidia la cual mezclo con cariño ¡Ya quisiera yo poder ponerle frente al hombre que lo único que busca es hacer todo lo que mira, suyo! Si yo fuera tan capaz, tan intimidante, haría muchas cosas, pero preferiría quedarme varada, disfrutando del frescor de las mañanas—, le dijo en una ocasión, la chica, con notoria frustración.
Róbetin el Roble la escuchaba sin creer lo que decía. —¿Cómo puedes pedir algo parecido, muchachita? Puedes seguir anhelando libertad, pero no la vas a encontrar en la simpleza de lo que soy. Ojalá ser tan complejo como tú. Disfrutaría el dolor y abrazaría mi desesperación, porque con todo y lo malo, me recordarían lo que puedo sentir—.
“Ambos creen que saben lo que es vivir.
no pueden decirlo porque solo quieren morir.”
Las petunias cantaban fastidiadas por el pantano de decepción que se escurría por el río, que arruinaba su fiesta. Pero la nostalgia no funcionaba, al igual que recordar el pasado, si siempre carga consigo un acompañante, el deseo.
La noche en la que la Luna le daba cuidados, entre suspiros y lágrimas, la chica siempre le confesaba lo infeliz que era, el dolor por despertar en el mundo creado por los mismos que inventaron la pena que la atormenta. El pueblo la veía como el engrane que no embona en el gran reloj que los hacía funcionar.
—Oh, Luna, querida amiga, si es que tus odios no se han vuelto sordos a mis quejas diarias que se mezclan con el chillido de los grillos, te imploro: Déjame vivir en otro cuerpo, en otro mundo, no me obligues a dormir para poder funcionar, ni a partirme la espalda para comer. Quiero nutrirme de la leche que da la tierra y la enseñanza que deja el tiempo. Arráncame esta juventud, por favor, mi querida Luna, pero haz que mi vejez sea eterna—.
Fue tanta la pena que la chica le causó, que una lágrima se derramó en su blanca y brillante superficie. No dijo nada. Una masa acuosa empapó a la chica, se sintió extraña, decidió no pensarlo y se fue a dormir.
Mientras los días pasaban, la tristeza inundaba el aire, el Sol y la Luna estaban preocupados, no sabían qué hacer con esos decaídos espíritus. Después de una larga plática que causó un anochecer tan largo que los animales no sabían si dormir o trabajar, idearon un plan.
El Sol, ingenioso como siempre, hizo sus rayos más intensos y su calor más fuerte, le prohibió a las nubes sudar, para que las raíces del tronco se fueran haciendo frágiles, como el tallo de las margaritas.
Róbetin el Roble se sentía cada vez más débil, y las petunias que antes eran burlonas, ahora recitaban con temor:
“No mueras, querido Roble,
que hay mucho camino,
míralo, decaído, pobre,
ni él sabe cuál será su destino”
Dentro del pueblo, la joven enfermó, sus huesos eran cada vez más frágiles y su piel se hizo tan pálida como la Luna. Era gracias a la lágrima que su oyente había dejado escapar al cantar de su martirio.
Durante el día, la joven solo tenía fuerzas para respirar, pero al llegar la noche, sus energías florecían y no había debilidad alguna.
Fue una de esas veladas nocturnas entre el sueño y la esperanza, la Luna, sabia y justa, mandó al viento a despertar a la chica, las luciérnagas la guiaban como si fueran hadas, hasta el refugio que ofrecía la copa del Roble, su querido amigo.
La chica no se cuestionaba nada, solo se limitaba a mirar al cielo. La Luna, aprovechando, le regaló una estrella, un deseo.
—Deseo ser libre, deseo ser mía—. Lo más profundo de su corazón había tomado la palabra. —Quiero ser eterna, ser intocable, que la naturaleza sea mi madre y yo su fiel servidora—. Róbetin, al escucharla, lloró, como si supiera que el fin estaba cerca.
El agua se derretía a lo largo de todo su tronco, con sus ramas y hojas abrazó a la chica, llenándola de consuelo y una que otra gota se esparcía por todo su cabello. A éste le comenzaron a brotar pequeñas raíces, se fueron desenrollando por todo su torso hasta llegar a la yema de los dedos. Ella solo cerró los ojos, hundió sus pies en la tierra y, por primera vez, se sintió completa. Lentamente se fue recostando, dejó que sus raíces se encarnaran.
La sangre que la mantenía caliente, viva, dejó de brotar, no hizo escándalo, solo desapareció.
El corazón fue el primero en deshabitar el cuerpo, se fue tan profundo hasta llegar a las raíces de Róbetin el Roble. Él al fin sentía felicidad, conocía lo que era tener hambre, comerse al mundo que siempre le había dado hogar, pero el conocer lo que era una pequeña probada del amor, fue que empezó a arrancarse de sus raíces. Todo el conocimiento de aquel corazón alimentaba la conciencia del árbol.
Mientras la joven se hacía una con la tierra, sus pensamientos se convertían en hojas, sentía como crecía cada vez más alta, dueña de todo. Su latido era ahora el de todos, en esa red donde podía escuchar el canto de las flores, la risa de los pájaros, que anunciaban el despertar del Sol, fue cuando reclamó al Roble como suyo, esclavo del ciclo natural y corto.
Durante el crepúsculo, el tiempo hizo lo suyo, no fue trampa, reinició los caminos de lo conocido. El Sol trató de hacer tanto escándalo a la vista, que casi dejó ciegos a muchos, todo, para que el secreto se quedara entre los parámetros del gran jardín.
Cuando la luz se hizo tolerable y el reloj volvió a la normalidad, hubo un nacimiento… un delgado y pequeño árbol se encontraba bailando con el aire, tan joven y poderoso, con raíces atadas a la belleza de lo desconocido. Bajo su sombra, un muchacho que parecía una mariposa recién salida de su capullo, disfrutando de su cuerpo nuevo, abrió los ojos.
—Deja que la paz te arrulle, querida mía, que ahora eres solo conciencia—. Una sonrisa menguó a la Luna. —Sé feliz, Róbetin el Roble, simple mortal—, dijo la Luna después de desearles buena suerte, yéndose a descansar.
Bere L.M
FIN
*Fotografía realizada con IA.
*Derechos de autor reservados. No se puede copiar entero ni parte sin permiso expreso de la autora.
