Revista Viajes

Costa Brava: de playa por La Selva

Por Mundoturistico

En esta Selva no hay fieras ni hace falta abrirse paso a golpe de machete, pero sí encontraremos espectaculares panorámicas marinas, pinares que unen el monte con el agua, preciosas playas, un mar tranquilo de colores imposibles, atractivos interesantes y alguna que otra sorpresa. La Selva es la comarca más sureña de la Costa Brava, gerundense casi toda ella, representada de sur a norte por sus tres principales núcleos costeros: Blanes, Lloret de Mar y Tossa de Mar. Hoy os proponemos recorrer a pie por etapas (imagínese cada cual las jornadas que necesitaría) la distancia que los separa a través de los caminos de ronda, esto es, sendas costeras que cruzan los tres pueblos y los enlazan abriéndose camino sobre los acantilados boscosos y bajando a las calas que se dibujan en esta recortada costa. Deteniéndonos, por supuesto, en cada uno de ellos para disfrutar también de su oferta urbana. Solo necesitaremos ropa cómoda y un buen calzado todoterreno, lo demás vendrá dado sobre la marcha.

Blanes

Comenzamos, pues, en Blanes, la puerta de la Costa Brava, antiguo pueblo marinero que hoy aún presume de lonja, convertido ya en un núcleo turístico de primer orden dentro del hervidero estival que invade anualmente la costa. Frente al viejo barrio de pescadores, se yergue Sa Palomera, un islote ahora unido al paseo marítimo, con acceso peatonal para subir a su estupendo mirador y gozar de una panorámica única del conjunto del pueblo y del litoral marino local desde el cabo de Tossa, al norte, a la desembocadura en delta del río Tordera, frontera interprovincial (entre Barcelona y Gerona) e intercomarcal (entre el Maresme y La Selva). Dicho promontorio rocoso, que se suele considerar el inicio de la Costa Brava aunque la verdadera bravura empieza más arriba, rompe la larguísima playa urbana en dos.

Tras recorrer el paseo de la Marina, llegamos al Puerto Deportivo y entramos luego al centro. En los aledaños del Ayuntamiento comenzamos la subida hasta el mirador natural donde se ubica el Castillo de Sant Joan y su Ermita. Descartamos seguir toda la carretera que serpentea la colina y elegimos sufrir los empinados tramos de escaleras que la cortan en fatigoso atajo. De vez en cuando, para tomar aire, miramos hacia atrás y la postal del pueblo aparece cada vez más pequeña. Arriba, del castillo solo queda el torreón, esbelto y bien cuidado, la ermita está cerrada y las vistas son impresionantes. Como lo es la bajada que nos lleva monte a través hasta la carretera costera, justo en el cruce que baja al Jardín de Marimurtra, una interesante muestra de flora mediterránea, templada y tropical, y a la playa de Sant Francesc, la “cala bona” al amparo de los pinos que se acercan al agua.

blanes

Volvemos a la carretera y pronto alcanzamos otro jardín botánico con vistas al mar, cuyos principales reclamos son el agua y los cactus, pero Piña de Rosa, que así se llama, hoy no está abierto. Unos pasos más y llegamos a Santa Cristina, ya en territorio lloretense, preciosa zona verde protegida, con rutas boscosas, ermita (alrededor del gran pino piñonero que se yergue en el centro de su atrio, llegó a reunirse el Gobierno de la Generalitat antes de la Guerra), mirador (por aquí anduvo Sorolla en su búsqueda de blancos y azules mediterráneos) y bajadas a la playa homónima y a la rocosa cala de Treumal (“…playas las de Lloret”, cantaba ya la popular zarzuela hace más de siglo y medio).

De nuevo en la carretera, pasamos la vecina urbanización y la ruta deja el asfalto para adentrarse en pleno bosque y bajar, a la sombra de los pinos y por un suelo irregular de surcos, piedras y grandes raíces, al otro lado del acantilado, a pocos metros de la playa de Boadella, quizá la cala más bonita de la zona. Justo encima, nos esperan los Jardines de Santa Clotilde, el capricho verde de un marqués decimonónico, cuya estética renacentista adorna el acantilado con todo tipo de árboles y plantas bien cuidados, terrazas, parterres, fuentes, estanques, senderos, rampas, escalinatas, esculturas, románticos rincones y espectaculares vistas al mar. Entramos en Fenals, barrio de Lloret, y a través del montículo arbolado bajamos a su playa y su paseo marítimo.

Lloret de Mar

Subimos luego al Castillo de Sant Joan, compacto torreón vigía medieval, y volvemos a zona boscosa y camino de tierra con vistas al mar, para descender el otro lado del acantilado hasta la cala Banys, agua y roca, donde comienza la nueva senda de piedra y madera que nos sube al mirador de la Dona Marinera, la madre en bronce de todos los marinos, que saluda al mar sobre el extremo sur de la playa de Lloret de Mar y de su precioso y animado Paseo Marítimo. Estamos, pues, en el “paraíso gentil” del poeta Josep Carner. Aquí visitaremos el Cementerio Modernista, testimonio de la pujanza de los antiguos indianos que hicieran fortuna en la emigración americana, y el Poblado Ibérico de Puig de Castellet, en las afueras.

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En el centro, la joya modernista con aires orientales de la Capilla del Santísimo, anexa al gótico de la Iglesia Parroquial de San Román en cuyo interior giran las sardanas en su fiesta mayor de este mes de noviembre; la Plaza de la Villa, rectángulo de árboles y piso de tierra que preside el neoclásico edificio del Ayuntamiento, con la pequeña Fuente de Canaletas en el centro (imitación de la famosa de la Rambla barcelonesa) y el Museo del Mar en el otro extremo, casona colonial que alberga, también, una oficina de información turística. Dejando abierta la posibilidad de jugarnos a la vuelta una manita al póquer en el Gran Casino (frente al que hace guardia permanente nuestro fallido anfitrión, Tonet de Pedró, nordic walker veigueño ilocalizable contra todo pronóstico), continuamos hasta la recoleta playita de Sa Caleta, al final del pueblo.

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Aquí, bajo las esbeltas torres del Castell d’En Plaja, vistoso símbolo local aunque de factura moderna y propiedad privada, comienza un precioso pero breve tramo de la ruta costera, una excelente obra labrada sobre las paredes del acantilado, bajo los chalés que lo salpican más arriba: piso rocoso, quitamiedos y barandillas de madera, empinadas escaleras con pasamanos, estrechísimas curvas, pasadizos, oportunos miradores y un paisaje de vegetación, rocas y olas rugientes y espumosas que te detiene e impresiona a cada paso. Lo malo es que la ruta está cortada por un desprendimiento y hay que dejarla y continuar escalas arriba por la zona asfaltada de las numerosas urbanizaciones. Antes, sin embargo, gozaremos sucesivamente del encanto natural de la cala des Frares, ideal para el buceo entre sus resaltes rocosos, y de la cala En Trons, que ya es verdadera playa con acceso rodado y servicios.

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Tossa de Mar

Una vez arriba, abandonada sin remedio la preciosa senda, sobrepasamos la playa de Canyelles, donde se ubica el puerto náutico de Lloret y alcanzamos cala Llevadó, ya tosense, recomendable por su camping y sus pequeñas calas de deporte y nudismo. Una preciosa senda arbolada nos lleva, pegados al mar y a la sombra de los pinos y los cañaverales, a las inmediaciones de Tossa de Mar. Vamos dejando atrás la Torre de los Moros, otra atalaya de vigilancia costera, la iglesia y las estrechas y cuidadas calles del casco viejo para entrar en la joya de la corona, la Vila Vella. Este recinto amurallado del la Edad Media es el único que sobrevive en el litoral catalán. Antes de cruzar el arco del espléndido portal del Patio de Armas, nos recibe un crucero gótico de piedra, esculpido con florida imaginería cristiana, que aquí llaman Cruz de Término.

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Del magnífico patio se entra a un mundo de piedra y madera, un dédalo de callejas que suben y bajan entre las bien conservadas murallas, con casas y casonas restauradas en su mayoría y adornadas de plantas, con pasadizos, placitas y miradores con vistas al pueblo y a la costa, un conjunto agradable y fascinante que no se puede perder. Subimos hacia una de las torres que coronan los viejos muros y que hace de mirador sobre la pequeña cala de pescadores de Es Codolar. El paseo continúa por callejones empedrados y caminos de tierra entre pinares, destacando la iglesia de San Vicente, gótica y hoy medio en ruinas, y el desaparecido castillo, en lo alto, sustituido ahora por un Faro que cuenta con un excelente mirador marino y un centro de interpretación. Bajamos por el lado contrario hasta la playa, la Grande, con su Riera seca y su Paseo del Mar.

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En el otro extremo, la estatua marina de la diosa Minerva, bélica protectora de la Turissa romana que da nombre a este “paraíso azul” (así bautizó al pueblo el pintor Marc Chagall, que disfrutó de su luz y sus paisajes), refugio de artistas e intelectuales, plató de cine y turismo de sol y agua salada, la separa de la playa pequeña, la de la Mar Menuda. Y aquí termina nuestro selvático periplo andariego. Cansados y felices, ya de regreso en el hotel, aún nos quedan fuerzas para celebrarlo. La tentación de la noche nos lleva al Navy Pub de Fenals, un discobar de aires setenteros, con atractivo diseño pero sin marines recién desembarcados, donde el ambiente y el buen trato están asegurados. Volveremos.


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