Revista Cultura y Ocio

Crash

Por Calvodemora
Crash
   Página mecanuscrita de Crash, de Ballard.
Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que dios es inaprehensible, pero yo no saldría con ellos, no me movería de casa, no enarbolaría una pancarta con letras enormes que me simplifiquen con un slogan. Esos tres que acabo de apuntar son válidos. Niegan la realidad, niegan las palabras, niegan a Dios. Es un buen punto de partido. Al menos un excelente punto de partido filosófico o metafísico o incluso didáctico. Uno aprende en la controversia y no importa que al final de la travesía hayamos llegado al destino que esperábamos o sigamos en el camino. Acepto incluso la idea de ser convencido más que de convencer a los demás. No creo que haya mucha diferencia entre ambas formas de llegar al final de una conversación. Tengo amigos que calan enseguida a las personas con quienes hablan. Es algo que yo mismo, menos sensible, menos dotado en esos asuntos, percibo si estoy entre ellos. Saben cómo llevar las conversaciones, en qué momento driblar y en cuál bajar los brazos y dejar que sean ellos los que lleven el peso de la trama. Hay conversaciones espesas y otras de una liviandad obscena. Una de las que más me agradan es precisamente una de las que menos practico. Es la que cuestiona la naturaleza misma del universo y cita al caos y al vértigo y a la madre que parió a la metafísica. Lo lamentable es que ni siquiera yo, tan inclinado a disfrutarlas, logro estar a la altura que esas conversaciones exigen. En ocasiones merodeo lo que intento explicar o sencillamente lo esquivo, como si no tuviera ni idea de cómo volcar las frases que lo explicitan. Hay otras, sin que yo gobierne la forma en que unas vienen o se van, en donde me explayo a gusto, en donde encuentro el punto de perforación justo y avanzo con solemnidad, con absoluta confianza en el parlamento, investido con una extraña pasión, pero ya digo que son las menos o lo son muy aisladamente y no me retratan como discutidor. Es una palabra hermosa esa. A lo que sí me arrimo es a escuchante. Uno debiera escuchar más que habla. No lo llevo a la práctica como mi mujer me recomienda, pero reconozco que hay mucho que aprender o que hay más ahí afuera, listo para que yo lo registre, que adentro mía, listo para que yo lo airee y lo registren los otros. 
La página mecanuscrita del capítulo primero de Crash, de Ballard, que leí hace mucho tiempo y que ahora no me apetece releer, explica un poco de todo esto que sugiero. La idea de que no todo está acabado en el momento en que lo parece o la idea, más bastarda, de que no habrá forma alguna que nos satisfaga enteramente. Quienes escribimos, en la batalla contra la hoja en blanco, no pensamos en estas cosas. Yo, al menos, no las pienso mientras la mano se mueve y deja ahí las palabras o mientras que los dedos, como ahora, teclean en el teclado del ordenador. Es después cuando, en la relectura, cae uno en la cuenta de los errores, de la debilidad del asunto, de cómo uno pretendía ir a un lugar y se ha quedado a mitad de camino. Bueno, dice K. que los lectores nunca saben a qué lugar vas, así que no te van a exigir que efectivamente llegues. No estoy de acuerdo con K., pese a los años compartidos y a la amistad que nos une. El lector, incluso el desavisado, el que no te conoce, se hace un plan de lectura conforme va leyendo y se forja un destino. En ocasiones, en las menos, pero en las deseables, ambos destinos son el mismo. Yo no corrijo casi nunca. Mi amigo Pedro me recomienda que lo haga, mi profesor Luis Sánchez Corral me lo recomendaba en la facultad, María del Mar García decía que saldría mejor si lo limaba más. Ella decía limar. Soy de poco limar y de mucho decir. Soy de aturdir a quien tengo delante si encarta. De decir desbocado y de decir un poco enfebrecido. A mí la escritura me enfebrece, me coloca en un lugar en el que solo estoy cuando estoy escribiendo. Ni siquiera al leer, lo mío o lo ajeno, estoy en ese sitio maravilloso. Importa escasamente que lo que se escribe tenga una repercusión, una valía, una cierta belleza o interés. Lo que de verdad es relevante es que su volcado haya sido lujurioso. Hay un erotismo, claro. Lo hay de una manera promiscua y de una manera serenada. Depende de qué texto hagas. En los que encuentro más a mano ese placer voluptuoso (estoy convencido de la eficacia de los adjetivos en la escritura, de cómo percuten el texto y lo subliman con muy escasos medios tipográficos) es en los poemas. Escribo poesía en volandas. Escribo dolorosamente incluso. Y si entro al trapo corrector y veo que esto puede ser aquello y que suprimir tal palabra o cambiarla por aquella otra puede convenir al poema, sufro más todavía. Un sufrimiento dulce, un crash como el del texto de Ballard. Soy de sufrimientos provisionales, eventuales, propedeúticos. En cuanto salgo de ellos y los pienso, los rebajo a una condición frívola, los someto, declino con firmeza la posibilidad de que me hablen otra vez y de que yo los escuche. Todo es muy extraño. Miren la hoja de Ballard. Los escritores somos gente muy extraña. Eso contando con el hecho de que muchos de los que nos creemos escritores lo seamos de verdad.

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