DifusiónEscrito por Rodrigo Ahumada
Parte 1
Tengo 19 años, flaco e imberbe, con hambre de noche y delirio. En los pasillos de la universidad donde estudio todo está muy limpio, casi esterilizado. Lo único viejo a lo que me aferro son los libros que encuentro en la biblioteca. Pero algo en las botas de un muchacho me llaman la atención: sus pasadores a punto de suicidarse. Levanto la mirada y un flaco de ojeras, melenudo, en casaca de cuero, me mira e ingresa al aula donde estoy llevando el curso de Estética.
Nunca lo había visto, era como un ángel narcotizado que ha parqueado la motocicleta en el lugar equivocado. Dentro de todo el campus, los especímenes más extraños de esta mini sociedad se encuentran en la facultad de Comunicaciones. Más aún en un curso como este. Ahí estaba, junto a una fauna dispuesta a equivocarse por vivir un poco más. El profesor no llega, y es entonces que el flaco ojeroso, que se ha desparramado en su silla, se levanta, nos dice que es el asistente de cátedra, y busca un video en un incipiente río de memorias llamado YouTube.
Nos pone una entrevista a Hunter Thompson y por primera vez escucho lo que es el periodismo Gonzo. Termina la clase y me acerco al que será mi amigo y primer guía en el mundo de la marginal subcultura de la ciudad. Porque siempre hay alguien unos pasos adelante. Él me mira, sonríe, y me pregunta por qué me gusta más John Fante que Bukowski. (En ese entonces, a esa edad, todos tenían que leer a Bukowski). Era evidente que su pose desaliñada no tenía nada que ver con su sentido de observación.
Desde ese momento, junto al papel de LSD que me invitó esa misma tarde, Eugenio y yo entablamos una larga amistad que giró en torno a los libros, la música, las drogas, la poesía y Oswaldo Reynoso.
Parte 2
La lucha por construirse una identidad a cierta edad, para alguien que no estaba pensando en formar parte de una gran corporación, estaba en la cantidad de libros leídos, la música escuchada, los recitales a los que asistía y las noches de vino conversando hasta el amanecer. En esta dinámica, donde se afianzaba un vínculo entre un grupo de amigos que intentaban esbozar sus primeros poemas y cuentos, que mataperreaban la ciudad buscando algo de merca, es que aparece una figura que marcaría esa etapa de mi vida: Oswaldo Reynoso.
Fue Eugenio el que nos habló de él, pero no de sus libros, que ya habíamos leído, sino de dónde vivía, qué cerveza tomaba y a qué bares le gustaba ir. Oswaldo era un mito viviente para nosotros, era la representación de un escritor que sacudió la sociedad con una novela que de inocente no tenía nada y que, además, se comportaba como un ser humano cualquiera capaz de conversar con jóvenes sin una publicación en su haber.
Cómo Eugenio llegó a conocer a Oswaldo es otra historia. Pero lo que sí puedo comentar ahora es que esa noche en que conocimos a Reynoso pude reconocer un lazo entre los dos. Un vínculo que Eugenio decidió compartir con algunos de nosotros.
Habíamos estado bebiendo desde temprano y al caer el sol nos preguntó si queríamos conocerlo. Nadie creyó que un escritor de su calibre fuera a recibir a un grupo de batracios casi borrachos un día cualquiera. Uno pensaría que para conversar con alguien como Oswaldo hace falta sacar una cita, agendar un día y una hora, pero no. No fue así. Caminamos con destino al encuentro y él nos recibió con los brazos abiertos y una botella de licor. El mito era humano, se reía y estornudaba. Un cuerpo voluminoso, cabello cano y unos lentes nublados que te permitían ver a dónde dirigía la mirada, pero también percibir un grado de misterio. Nos habló del barrio donde vivía, de la Residencial San Felipe, de su interés por la vida callejera en esos años, de los menús cercanos con sabor casero y de la importancia de ir a un bar donde sirvan chela en botella, nunca en jarra. No fue una conversación intelectual, fue más bien como si Oswaldo fuera un ciudadano común y corriente.
Recuerdo que esa noche, al regresar caminando a casa, pensaba que existía una mediación entre el escritor y la sociedad que los arrojaba a discutir de cosas tales como la economía, el espectáculo, y los grandes debates intelectuales, pero que realmente lo delicioso de la existencia está en los pequeños asuntos de la vida.
Nadie como Oswaldo puso el ojo en la conducta cotidiana y marginal de una sociedad. Y nosotros, tal vez, éramos para él un espejo de lo que en algún momento observó.
Parte 3
No recuerdo en qué momento exacto salió la idea, pero todo parte de la intención de Eugenio de adaptar Los Inocentes al teatro. Entre propuestas, y algunas risas, decidíamos quién sería qué personaje. En ese momento lo éramos todo (y nada): cuerpos decididos a escribir, beber, actuar, SER y HACER. No teníamos reparo en exponer nuestros deseos y angustias, desnudar nuestra vulnerabilidad y entregar nuestro corazón a quien quisiera sostenerlo.
Entonces, una noche en el bar Don Lucho, Oswaldo nos cuenta que le harán una ceremonia en la Feria del Libro de Lima por los 50 años de su mítica novela. Medio siglo de una obra que seguía y sigue latiendo, tosiendo en nuestras nucas. Es ahí donde Eugenio insinúa la posible aparición de Cara de Ángel en medio del público, me mira y con un gesto me entrega el espíritu de un muchacho que vocifera e increpa a su creador por qué lo obligó a masturbarse frente a su collera.
“Carajo. Meto las manos en mis bolsillos y me siento más hombre que nunca”. Así empezaba el monólogo. Ese fue el lenguaje en uso que me permitió atravesar la puerta de entrada a un personaje que habité con miedo, pero, a la mierda, todo era posible a esa edad. Me había convertido en Cara de Ángel, Alonso era El Rosquita, Sergio era Carambola y Alex en Colorete. El Príncipe nunca llegó. Todos buscamos a Oswaldo, 50 años después de nuestros vagabundeos, para exigirle respuestas y resolver nuestros dilemas. ¿Por qué, Oswaldo, nos dejaste en el desamparo?
La respuesta de Oswaldo, su voz, sus silencios. Todo fue un espacio que hoy podría confundir con un sueño. Con una ficción donde todo lo que les he contado no es más que un cuento escrito por alguien que quiere existir. Fue una noche mágica, en donde la poesía y la vida habitó lejos del papel. Pero la noche acabo y con ella nuestra ficción.
Parte 4
El reconocimiento de cierto público que asistió a esa presentación de la Feria del Libro despertó la idea de replicar la performance en otro espacio. El nuevo lugar sería en Chimbote. Nunca supe quién hizo toda la gestión para costear los pasajes y hotel, pero cómo negarme a ser Cara de Ángel nuevamente. Algo de ese personaje en el espejo de mi casa me interpelaba. Mi rostro lampiño y el suyo. Nuestro goce de ser mirados y deseados, haciendo a un lado la cárcel binaria de la seducción. No puedo negar que habitarme desde esta perspectiva le daba esa cuota extraordinaria a mi existencia cotidiana.
En el 2011, Oswaldo Reynoso celebraba 50 años de haberse convertido en un ser inmortal y yo por unos días estaba a su lado como una figura de su literatura en carne y hueso. Este narrador siempre joven, bohemio y dueño de una lucidez incomparable, publicó Los Inocentes, un libro que introdujo por primera vez en la literatura peruana el habla sucia de los jóvenes de esta dolorosa y bella ciudad. Lejos de un canon que se limpia los dientes con hilos de palabras estrictas.
Según José María Arguedas, con este libro Reynoso “creó un estilo literario nuevo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose”. Algo que nosotros tratábamos de emular: una poética callejera que se veía escrita en nuestro modo de vivir la ciudad, pero no desde una precariedad económica, sino más bien desde el impulso de radicalizar el cuerpo, la mente y la vida misma.
Viajamos a Chimbote, Oswaldo, Eugenio, Big Nacho y Cara de Ángel. Big Nacho era amigo de Eugenio y sería el encargado de registrar el viaje, la presentación, todo. Como buenos nietos de la generación Beat, el viaje fue un cocktel de chatas de ron, caspa del inca y personas quejándose por la bulla que hacíamos. Oswaldo, astuto, había optado por viajar en otro bus más temprano.
Sábado por la mañana y el olor a pescado me recordó mis primeros años de lucidez. Había vivido en Chimbote un par de años en mi infancia, mi madre es chimbotana y la vida nos puso ahí, en el antiguo edificio de mi abuelo. Mis primeros recuerdos de la vida están en el mar chimbotano.
Nos hospedamos en un hotel cerca a la plaza de armas, a unos pasos de la orilla. Esos días fueron como ser parte en novela donde El zorro de arriba y el zorro de abajo estuvieran en un viaje por la carretera en pánico y locura en las vegas. Deambulamos las calles conociendo a gestores culturales, escritores, fanáticos y algunos burócratas. La gente suele acercarse a las vacas sagradas con la intención de ser bendecidos, de tomarse una foto y hablar de la aparición de nuevas voces literarias en el puerto. La presencia de Oswaldo le da ese tinte de legitimidad a todo acto protocolar realizado por alguna organización. Él es amable con todos, siempre recibiendo con agrado las ofrendas que le traen. Se dirige a cada uno con palabras exactas, ninguna se repite. Está observando a quien conoce, le pregunta y responde con esa cercanía de quien respeta al otro y su historia. Todos querían secuestrarlo y él medio que se dejaba y no se dejaba.
La cámara de Big Nacho se entrometía a codazos en cada conversación. Una presencia impertinente, pero que dotaba la escena de un espíritu documentalista trash y guerrillero. Oswaldo estaba contento y nos presentaba como sus “inocentes”. Llegada la noche nos instalamos en un auditorio y la perfomance agarró de sorpresa a varios.
“Me acompaña Cara de Ángel, los otros muchachos se quedaron en Lima”, dijo Oswaldo a un público que vivió la experiencia en tiempo real, sin cámaras, sin celulares.
Parte 5
Les mentiría si les digo el nombre del bar. Estábamos en un segundo piso, luces verdes y amarillas, mesas de madera porosa que absorbía la cerveza como una esponja. Estamos los de siempre junto a un grupo de escritores y periodistas de la ciudad. Oswaldo tenía la costumbre, como muchos agentes culturales y literarios, que después de algún acto oficial el destino era un lugar donde beber y charlar.
Me hablan como si fuera un reconocido actor, parte del ego de Cara de Ángel asume el rol y debate alturadamente de la situación crítica de la escena contemporánea. Una verborrea producto de las sustancias y lecturas cuajadas esa noche.
Todos discuten temas diferentes, algunos más interesantes que otros. Pero bastaba con que Oswaldo tomara la palabra para que el resto guardara silencio. Evocaba su paso por La Cantuta, tanto como alumno como profesor, y se detenía en las pequeñas miserias y ambiciones que atravesaban la escena literaria peruana. También hablaba de su tiempo en China. Se dirigía a nosotros sin filtros ni rodeos, mencionando nombres y dejando claras sus simpatías y antipatías. Quienes lo habíamos leído podíamos reconocer, casi de inmediato, los rostros, los lugares y las vivencias que luego transformó en literatura. En Los inocentes (1961) y En octubre no hay milagros (1965) se percibe con fuerza ese pulso autobiográfico; y muchas de las historias que contaba sobre sus años en China reaparecen en su novela En busca de Aladino (1993). Reynoso, en el fondo, tenía esa lengua suelta y filosa de quien no se guarda nada. Era, como dicen, un “pico de loro”.
Yo estaba sorprendido de que Oswaldo, a sus 80 años, le gustaba ir un territorio urbano tomado por bulliciosos desconocidos y jóvenes de dudosa reputación, que escuchaban una ecléctica selección musical.
Sabíamos que Oswaldo era una persona política, de carácter marxista y consciente de que la lucha de clases es el motor de la sociedad. Pero durante los momentos que estuve con él siempre dejó ver un lado más cotidiano sobre la vida, esto no quita que hubo momentos donde su posición ideológica ardía a algunos de sus interlocutores, yo solo lo escuchaba desde la poca vida que aún contenía. La noche siguió entre cerveza, teorías políticas, propuestas de temas para futuras novelas y para “los inocentes” idas y venidas al baño por un poco de coca.
De repente, en algún punto de la noche, noto que Oswaldo se ha quedado callado, bebe su cerveza con calma, mientras sus ojos van con disimulo hacia la mesa del costado. No ha dicho palabra alguna en varios minutos. Entonces se me acerca al oído, porque Cara de Ángel siempre estuvo a su siniestra, y me hace notar que el único grupo que queda en el bar aparte de nosotros es de sordomudos. Y casi sin mirarme, como si hablara más para sí mismo que para cualquiera, suelta algo que podría haber salido de sus propios libros: que ellos, los que no hablan, quizá son los únicos que no mienten; que en una ciudad donde todos fingen —los escritores, los políticos, los jóvenes que ensayan una pose—, el verdadero escándalo no es el ruido sino el silencio. Que Lima está llena de voces impostadas, pero muy pocos saben realmente escuchar. Con Oswaldo era difícil distinguir la ficción de la realidad. Como en esta historia.
Parte 6
Como toda historia literaria, este viaje y esta experiencia fue parte de un momento exacto de la historia. De mi historia, de nuestra historia. Y como nuestro modo de vivir era de instantes efímeros nunca pensamos en registrar lo sucedido. Pero ustedes se preguntarán por la cámara de Big Nacho. Pues, meses después de nuestro regreso a Lima, cada quien en su vida, me enteré que por error Ignacio había borrado todo el material de Chimbote. En ese momento no hubo sorpresas ni altercados, nuestros cuerpos estaban lo suficientemente sedados como para generar un drama donde no hay. Es más, lo vimos como un acto poético: la desaparición de un momento que solo estará en nuestros recuerdos, en mis recuerdos.
Como ese amanecer en donde descubrimos que en el último piso del hotel había un piano de cola y, al no poder dormir por el rebote, subimos con Eugenio para hacer un poco de música y seguir jalando. Oswaldo, por alguna invitación divina, apareció entre la oscuridad, soltó una risa para sí mismo…como si hubiera encontrado aquello que buscaba. Nos dijo que continuáramos y se sentó a escuchar la improvisación mientras el cerúleo del cielo nos pintaba los rostros.
Quiero cerrar este breve texto agradeciendo a Eugenio Vidal, mi buen amigo y colega. Sin él nada de esto estaría escrito.
También agradecer a la persona que registró la performance del 2011 en la Feria del Libro de Lima, sin ella no existiría vestigio alguno. En esa época, con tan solo 20 años, vivíamos, creábamos y hacíamos cosas que se perdieron en el tiempo. Nunca imaginé que alguien grabara de inicio a fin toda la performance, pero ahí está el video, granulado y cámara en mano, como un archivo de que Cara de Ángel y su collera, 50 años después, causaron nuevamente alboroto en la escena literaria limeña.
