Revista Libros

Cuadragésima séptima noche

Por Malaventura

 23:30

Figuras desvaídas en la portada, pastas sucias, desgastadas, curvados los picos y el lomo agrietado. Desencoladas páginas parduscas, si no ponías cuidado al abrirlas podían salir volando desparramándose por el infinito. Usado, muy usado; viejo, muy viejo; roto, muy roto; como todos con el tiempo, convertido en un simulacro de lo que fue. No me ha quedado otra opción que arrojarlo al contenedor de reciclado del papel, última morada de los tomos cuyos restos ya no tienen cuerpo para ocupar un nicho en el cementerio de los libros viejos.  

23:35

Iniciación al Ajedrez de Emanuel Lasker, versión Julio Ganzo, Ricardo Aguilera Editor, Madrid 1972, 132 pgs., encuadernado en tapa blanda. Fue mi primer libro de ajedrez, invertí en él curiosidad, ilusión y una paguita que me dieron por mi quince cumpleaños. Hasta entonces movía las piezas por el tablero como pollo sin cabeza, jugaba por intuición; ese libro cambió todo, aprendí la importancia del dominio del centro, el valor de las piezas, los pasos básicos de las aperturas, de la defensa, del ataque, los primeros mates, comencé a elaborar estrategias. Convertido en mi vademécum del ajedrez, durante todos estos años no he dejado de repasar sus enseñanzas y disfrutar con sus comentarios. 

23:40

Nunca he sido un buen jugador de ajedrez, ni siquiera un mediocre jugador de ajedrez, todo lo contrario, soy muy malo jugando al ajedrez, he perdido muchas partidas y he ganado pocas. Disfruto más viendo y leyendo partidas y análisis que jugando, como el que disfruta de un cuadro sin saber pintar o de una sinfonía sin saber música, carencias que no impiden apreciar el arte. 

23:45

“…de la misma forma que un cadete militar encuentra bella una maniobra castrense, o un matemático se vanagloria de una demostración exacta, o un ingeniero se admira de algún plan técnico. En el ajedrez la admiración por la belleza es tan universal como en cualquier otra materia…”  Emanuel Lasker (campeón mundial de ajedrez de 1894 a 1921). 

 

CUADRAGÉSIMA SÉPTIMA NOCHE


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