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Cuando mi hijo pierde las ganas de estudiar

Publicado el 19 diciembre 2025 por Orientablog @colegioalarcon

Hay momentos en los que algo cambia. Un adolescente que antes se implicaba, que hacía los deberes sin demasiada resistencia o que se esforzaba por sacar adelante el curso, empieza a decir frases como: “me da igual”, “no me sale”, “paso” o “total, voy a suspender”. Y, claro, es normal que salten las alarmas.

La primera reacción suele ser pensar que se ha vuelto vago, que no se esfuerza o que le falta interés. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la desmotivación no es falta de ganas, sino una señal de que algo le está pasando, algo que no puede manejar.

Detrás de la desmotivación, casi siempre hay una historia. A veces, es una cadena de errores; otras una sensación constante de “no llegar”. También influyen las comparaciones con otros o el miedo a decepcionar a los adultos. En muchos casos, desconectarse es la forma que encuentra el cerebro para protegerse: “si no lo intento, no fracaso. Si me da igual, no duele.” Esto se ve mucho en personas que quieren hacerlo bien, pero sienten que, hagan lo que hagan, nunca es suficiente.

A esto se suma el contexto en el que vivimos. Un contexto muy centrado en resultados: notas, rapidez, comparaciones, rendimiento. Cuando el mensaje que reciben es que “valen por lo que sacan”, la motivación se vuelve frágil. Y cuando los resultados no acompañan, la autoestima se resiente.
Un adolescente desmotivado no está cómodo en su postura, aunque a veces lo parezca. Suele haber frustración, inseguridad o desgaste emocional. Muchos quieren avanzar, pero no saben cómo hacerlo sin sentirse mal consigo mismos.

¿Cómo ayudar desde casa?

Ayudar no pasa por presionar más ni por repetir discursos sobre el esfuerzo. A veces basta con cambiar el foco. De “tienes que esforzarte más” a “vamos a ver qué te está costando”. De “no te importa nada” a “parece que estás cansado de intentarlo”. Poner palabras a lo que les pasa reduce la tensión y abre la puerta a soluciones reales.

La motivación aumenta cuando sienten que pueden hacer algo para mejorar. En ese sentido, suelen funcionar mejor pequeñas estrategias:

  • Dividir las tareas en pasos pequeños.
  • Marcar objetivos alcanzables.
  • Reconocer el proceso, no solo el resultado.

Un “he visto que hoy te has organizado mejor” tiene más impacto que muchas correcciones.

También es importante recordar que el error educa. Muchos adolescentes se desmotivan porque viven el error como un fracaso personal. Necesitan escuchar que equivocarse forma parte del aprendizaje y que el adulto sigue ahí, incluso cuando las cosas no salen bien. La seguridad emocional es el mejor motor para volver a intentarlo.

En otras ocasiones, la desmotivación no tiene que ver con la capacidad, sino con el agotamiento. Horarios llenos, pocas pausas y demasiadas exigencias pasan factura. Cuando están cansados tienen menos recursos para concentrarse, regularse y motivarse. En algunos casos, ajustar ritmos ayuda más que exigir más.

Acompañar la desmotivación también implica revisar nuestras propias expectativas. A veces, sin darnos cuenta, transmitimos más presión de la que pueden sostener. Parar, observar y ajustar el acompañamiento no es bajar el nivel; es ofrecerle el apoyo que necesita para volver a creer en sí mismo.

La motivación no se impone. Se construye cuando un adolescente se siente capaz, acompañado y comprendido. No se trata de que siempre tenga ganas, sino de que sepa que puede avanzar incluso cuando le cuesta. El mensaje más importante que puede recibir es sencillo y profundo: “no siempre será fácil, pero no estás solo. Y yo confío en ti” Y ese mensaje, en casa, marca la diferencia.

Marta Lli
Directora del Dpto. de Psicología y Orientación Escolar

La entrada (Cuando mi hijo pierde las ganas de estudiar), se publicó originalmente en Orientablog


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