Revista En Femenino

Cuando ninguna “maternidad ideal” te representa:

Por Coachingparamamas

una carta a la madre que ya no quiere fingir

Hace unos días, mientras doblaba ropa limpia —sí, esa tarea que algunos dicen que “demuestra que los niños no viven aquí”—, me encontré llorando en silencio. No por la ropa. No por el cansancio.
Sino porque, por enésima vez, sentí que no encajo en ningún lugar.

No soy la madre que amamanta a demanda hasta los tres años.
No soy la que duerme con sus hijos en la misma cama, noche tras noche, sin importar el agotamiento.
No soy la que publica fotos de desayunos caóticos con platos sucios y pelo enmarañado para probar que “sí, soy real”.
Tampoco soy la ejecutiva impecable que parece tenerlo todo bajo control mientras su hijo sonríe en el fondo.

Soy… yo.
Con mis contradicciones. Mis límites. Mis necesidades. Mi amor imperfecto pero profundo.
Y durante mucho tiempo, eso me hizo sentir como si estuviera fallando.

¿Te ha pasado?
¿Has sentido que, sin importar lo que hagas, siempre hay alguien —una amiga, una prima, una desconocida en internet— que tiene una opinión sobre cómo deberías ser madre?

Si trabajas fuera de casa, te dicen: “Ah, claro, por eso tu hijo te extraña tanto.”
Si decides quedarte en casa, escuchas: “Pero ¿no te aburres? ¿No pierdes tu identidad?”
Si tu casa está ordenada, murmuran: “Parece que aquí no viven niños.”
Si está desordenada, piensan: “Es que no pone límites.”
Si te arreglas, asumen que tienes ayuda.
Si no te arreglas, suponen que ya no te importas.
Si no amamantas, te miran con una mezcla de lástima y juicio, como si hubieras elegido el camino fácil.
Si sí amamantas pero con fórmula complementaria, te dicen que “no es lo mismo”.
Si estableces rutinas, eres rígida.
Si no las tienes, eres caótica.
Si dices “no” a tus hijos, eres autoritaria.
Si siempre dices “sí”, eres débil.

Y así, en medio de todos esos “deberías”, te vas borrando a ti misma.
Porque intentas encajar en un molde que nunca fue hecho para tu forma.


Hace años, cuando nació mi primer hijo, me devoré libros, blogs, grupos de crianza. Quería hacerlo “bien”. Quería ser la madre que merecía. Y en ese afán, adopté ideas que no resonaban conmigo, solo porque sonaban “correctas”. Coleché aunque no pudiera dormir. Amamanté más allá de mi dolor físico porque “los beneficios son enormes”. Evité decir “no” porque temía romper su espíritu.
Y terminé agotada, vacía, desconectada… y aún así, culpable.

Porque incluso en mi intento de ser la “madre respetuosa”, me había irrespetado a mí misma.

Fue entonces cuando entendí algo fundamental:
Respetar a mis hijos no significa anular mis propias necesidades.
Al contrario: solo desde mi integridad puedo ofrecerles un amor sano, presente, sostenible.

La verdadera crianza respetuosa no es una lista de reglas externas.
Es una danza constante entre sus necesidades y las mías.
Entre su derecho a ser guiados y mi derecho a existir como mujer completa.

A veces, respetar a mi hijo es decirle “sí” con ternura.
Otras, es decirle “no” con firmeza.
Y a veces, es cerrar la puerta de mi habitación diez minutos para respirar… y volver a él con calma, no con irritación.


Pero aquí está la herida más profunda: el juicio entre nosotras.

No viene solo de afuera. A veces, lo llevamos dentro.
Ese susurro que dice: “Si ella puede con todo, ¿por qué yo no?”
Esa mirada que juzga a la madre que deja a su bebé llorar un poco, o a la que vuelve al trabajo a las seis semanas, o a la que lleva tacones a la salida del colegio.

Y sin embargo, detrás de cada elección hay una historia.
Una realidad.
Un cuerpo.
Un corazón.

La madre que no amamanta quizás pasó por una cesárea traumática, una depresión postparto, una falta de apoyo que nadie vio.
La que duerme separada quizás lucha contra el insomnio crónico o necesita descanso para no explotar al día siguiente.
La que trabaja con pasión no lo hace por dinero, sino porque su alma florece cuando contribuye al mundo más allá del hogar.
La que mantiene el orden no es fría: es que el caos la desborda, y necesita un mínimo de estructura para no perderse.

Ninguna de nosotras tiene la verdad absoluta.
Solo tenemos nuestro camino.
Y en lugar de juzgarlo, podríamos honrarlo.

Imagina un mundo donde, en vez de preguntar “¿Amamantas?”, preguntáramos: “¿Cómo estás tú en este proceso?”
Donde, en vez de señalar la casa ordenada, dijéramos: “Me encanta cómo cuidas tu espacio. ¿Cómo lo logras sin volverte loca?”
Donde, al ver a una madre arreglada, no asumiéramos que tiene niñera, sino que celebráramos que sigue sintiéndose mujer.

Ese mundo es posible.
Pero empieza cuando dejamos de compararnos.
Cuando soltamos la necesidad de probar que nuestra forma es la “correcta”.
Cuando entendemos que la diversidad de maternidades no nos divide: nos enriquece.


Y luego está la presión más sutil: la obligación de fingir la imperfección para parecer auténtica.

Hoy, en redes, muchas mamás sienten que deben mostrar el caos, el pelo sucio, la casa desordenada… porque si no, “parecen falsas”.
Pero ¿desde cuándo la autenticidad se mide por el nivel de desorden?

Yo he estado en ambos extremos.
He tenido días en que la ropa se acumulaba y el desayuno era galletas.
Y he tenido días en que necesité que todo estuviera en su lugar para no sentir que me ahogaba.
Ambos son reales.
Ambos son míos.

No tengo que elegir entre ser “la madre perfecta” o “la madre caótica”.
Puedo ser la madre humana: a veces organizada, a veces perdida, siempre intentando, nunca perfecta.

Y si hoy decidí ponerme un vestido bonito, no es para impresionar.
Es porque me recuerda quién era antes de ser mamá… y quién sigo siendo ahora.
No tengo canguro. Tengo sueño, café frío y un hijo que me abraza con manchas de chocolate.
Y aun así, me permito sentirme hermosa.

Porque cuidarme no le resta amor a mis hijos. Se lo suma.


Hay un mito tóxico que nos persigue: que el amor maternal debe ser incondicional, infinito, sin límites.
Pero el amor humano siempre tiene límites.
No porque falte amor, sino porque somos seres finitos, con cuerpos, emociones y necesidades.

Decir “hoy no puedo jugar” no es rechazo.
Es honestidad.
Establecer una rutina de sueño no es rigidez.
Es cuidado.
Pedir ayuda no es fracaso.
Es sabiduría.

Y si alguna vez has pensado: “Pero ¿y si esto no es lo que se espera de una buena madre?”, quiero que sepas:
No existe una buena madre universal.
Solo existen madres reales, haciendo lo mejor que pueden con lo que tienen, en el momento que viven.


Así que hoy, desde este rincón de palabras, te doy permiso:

Permiso para no encajar.
Permiso para ser ordenada y amorosa.
Permiso para trabajar y estar presente.
Permiso para no amamantar y amar profundamente.
Permiso para dormir sola y abrazar fuerte al despertar.
Permiso para arreglarte sin justificarte.
Permiso para decir “no” sin culpa.
Permiso para sentirte perdida y seguir adelante.

No necesitas demostrar nada.
No necesitas justificar tu forma de amar.
Tu maternidad ya es válida.
Ya es suficiente.
Ya es real.

Porque lo más revolucionario que puedes hacer en este mundo de máscaras
es ser tú misma.
Con tus grietas. Tus luces. Tus decisiones. Tu verdad.

Y si hoy solo lograste abrazar a tus hijos, respirar tres veces y recordar tu nombre más allá de “mamá”…
ya fue un acto de amor completo.

Porque la mejor madre que pueden tener
no es la perfecta, ni la caótica, ni la sacrificada.
Es la que no se perdió a sí misma en el camino.

Y tú…
ya estás volviendo a ti.

Con todo mi cariño,
Una mamá que también está aprendiendo

La entrada Cuando ninguna “maternidad ideal” te representa: se publicó primero en Coaching para Mamás.


Volver a la Portada de Logo Paperblog