Un día amenaza con una operación militar contra Cuba; al siguiente, Donald Trump habla de un «acuerdo» prácticamente cerrado; al otro, vuelve a colocar sobre la mesa la amenaza de las bombas.La política de Washington hacia Cuba parece haberse convertido en un vaivén permanente. Cambian las palabras, cambian los titulares, cambian las señales, pero hay algo que permanece: la presión sobre el pueblo cubano.
Para la Casa Blanca, Cuba sigue apareciendo menos como un Estado soberano que como una pieza de negociación. Una carta que se coloca sobre la mesa, se retira o se vuelve a jugar según las circunstancias políticas del momento.
No parece existir una política coherente más allá de la presión sostenida: bloqueo, sanciones, amenazas y nuevas formas de asfixia económica. Una política que, aunque se presente como dirigida contra el Gobierno cubano, termina repercutiendo directamente sobre la vida cotidiana de millones de personas.
Y ahí aparece una de las mayores contradicciones del discurso estadounidense.
Se afirma que todas estas medidas se adoptan «por el bien del pueblo cubano». Pero ese mismo pueblo es quien soporta las consecuencias de las restricciones económicas, la falta de combustible, los apagones y las dificultades para acceder a bienes esenciales.
Primero se estrangula la economía y después se utilizan las carencias provocadas o agravadas por esas medidas como argumento para demostrar que el sistema cubano no funciona.
El mecanismo no es nuevo.
Mientras el presidente estadounidense oscila entre las bombas y el supuesto acuerdo, Cuba sigue viviendo su realidad concreta. Una realidad que no cabe en los titulares de Washington ni en las declaraciones de sus funcionarios.
Hay una población que enfrenta apagones, escasez y dificultades materiales, pero que también conserva una memoria histórica: la de un país que ha vivido durante décadas bajo una política de hostilidad estadounidense y que ha sobrevivido a sucesivas administraciones, amenazas, sanciones y episodios de máxima tensión.
Por eso conviene mirar más allá del espectáculo político.
¿Hay realmente una estrategia hacia Cuba o asistimos a una sucesión de presiones, amenazas y posibles negociaciones condicionadas por el momento político?
La pregunta sigue abierta.
Lo que sí resulta evidente es que el pueblo cubano no puede ser tratado como una variable de cambio en una negociación entre gobiernos. No es un titular, una ficha diplomática ni un argumento para justificar una política de presión.
Es un pueblo.
Y mientras en Washington se habla de bombas, acuerdos y ultimátums, ese pueblo continúa enfrentando su realidad y resistiendo.
Cuba ya ha visto pasar a 15 presidentes estadounidenses.
Ha conocido amenazas, sanciones, invasiones, operaciones encubiertas, períodos de tensión y también momentos de acercamiento diplomático.
Los presidentes pasan. Las políticas cambian de nombre. Los discursos se contradicen.
Pero Cuba permanece.
Y quizá esa sea la parte de la historia que más incomoda a quienes siguen pensando que la isla puede ser tratada como una pieza desechable del tablero geopolítico.
La amenaza puede cambiar de forma. La soberanía de Cuba, no.
(De post de CubaXSiempre)
