Revista Arquitectura

Cultural "El delirio proyectual"

Por Vilanova_studio
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foto: Miguel Caretti
Juana Libedinsky
(desde Madrid)
TODOS EN la familia (y prácticamente todos en la familia política) de esta redactora son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Viviendo en España en la última década, esto significó tenerlos de visita de forma frecuente.
La razón (más allá del cariño y un sofá-cama siempre disponible) era muy simple: España era la gran vidriera internacional para los proyectos de los llamados starchitects, profesionales del diseño de avanzada tan mediáticos que el público general los reconoce casi como a un personaje de Hollywood -y cuya obra los arquitectos o aspirantes deben conocer para no quedar totalmente fuera del ambiente. Se trata de un concepto que revolucionó la sociología de la construcción: los desarrolladores inmobiliarios y municipalidades de todo el mundo se pelean por tener alguna obra suya, y si ésta deviene icónica y con la firma de autor bien reconocible, garantiza la atención inmediata para la obra y para la ciudad.
Varias ciudades españolas experimentando en esta línea un boom de la construcción sin precedentes, superaron, incluso, experimentos similares en Asia. Para los starchitects, "España ha sido (…) algo parecido al paraíso terrenal", sostiene Llàtzer Moix, editor de la sección Cultura del diario La Vanguardia de Barcelona y autor del libro Arquitectura milagrosa.
No todos los resultados ibéricos fueron exitosos. Algunos -para Moix, la mayoría incluso- fueron sonados fracasos si se toma en cuenta las expectativas iniciales, los presupuestos que se multiplicaron exponencialmente y las fallas serias en funcionalidad y estética. Esto podría haberse convertido en un gran escándalo nacional, dada la magnitud de la crisis económica actual que azota a España. Pero no; hubo, salvo casos puntuales, una suerte de silencio, una omertá al respecto. Según Antonio Pérez Reverte (en El País de Madrid), se debe a que el establishment mismo de los arquitectos -y de los arquitectos que escriben sobre arquitectura- protegía a los excesos de las críticas. Escribió: "Un arquitecto, si oye a un lego criticar a otro arquitecto, de manera inmediata sale en su defensa, con una mezcla muy curiosa de altanería y condescendencia (…) Si decimos algo negativo, o inconveniente, nos mirarán de inmediato como a penosos retrasados mentales".
En este contexto es llamativa la obra de Moix, con opiniones duras o (en ocasiones) halagadoras, "un relato escrito en el presente del mejor periodismo y el testimonio de un pasado que la quiebra de la economía ha precipitado a la ruina", escribió sobre el libro Pérez Reverte.
Moix, autor también de La ciudad de los arquitectos (1994), un texto clásico sobre la transformación urbana y arquitectónica de la Barcelona olímpica, sin embargo no escribe desde la furia o el enojo, sino -como ya adelanta el subtítulo del libro, "Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim"- desde la suave ironía que caracteriza a su persona. Y a pesar de lo crítico de su texto, nadie quedó mirándolo como a un penoso retrasado mental: de hecho, al momento de hacer esta entrevista, estaba de visita en Madrid como jurado de la Bienal de Arquitectura.
DANZA DE MILLONES.
-La arquitectura milagrosa fue un fenómeno común a muchas ciudades del mundo en los últimos años. ¿Qué tuvo de particular o distinto España?
-En España el fenómeno se distinguió por su intensidad, debida quizás al éxito fulgurante del Guggenheim de Bilbao: abrieron en 1997 y esperaban 500.000 visitantes al año, como mucho. En 1998 triplicaron esa cifra. Durante los años sucesivos las principales ciudades del país, y no pocas menores, creyeron que su futuro dependía de dotarse de la obra de un arquitecto estrella. Grandes figuras como Foster, Hadid o Nouvel llegaron a tener en España entre cinco y diez proyectos en marcha, simultáneamente. A veces, tenían incluso más en España que en sus respectivos países de origen.
-Tras seguir el proceso tan de cerca, ¿qué es lo que más te sorprendió?
-Varias cosas. Por ejemplo, los insuficientes estudios previos sobre las necesidades culturales reales de las comunidades en las que se iban a construir las obras de los arquitectos estrella (a menudo museos, teatros, óperas, bibliotecas, etc.). También el delirio proyectual de algunos arquitectos estrella, sumado a la impericia como clientes de muchos políticos que les encargaron obras. También la inconcreción de tantos programas vaporosos de los grandes edificios. La acumulación de estos y otros factores ha dado obras de precio desmesurado y carísimo mantenimiento.
-¿Cuáles son los mejores y peores ejemplos?
-El peor ejemplo, en lo relativo a su volumen y a su costo, es la Ciudad de la Ciencia y la Cultura de Valencia, realizada -salvo dos piezas póstumas de Félix Candela- por Santiago Calatrava. Empezó con un presupuesto de poco más de 300 millones de euros y ya se acerca a los 1.300. La Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, debida a Peter Eisenman, fue a concurso con un presupuesto de 108 millones de euros y ya anda por los 500, con el agravante de que sólo dos de sus seis grandes edificios están inaugurados. La crisis económica, con los subsiguientes recortes, ha tenido un impacto muy negativo sobre esta iniciativa. Si los peores ejemplos han sido los que han reunido a arquitectos ensoberbecidos y a políticos ignorantes de lo que significa controlar una obra, los mejores ejemplos han sido aquellos en los que ha ocurrido lo contrario.
-¿Te parece que para ciudades periféricas como Montevideo algo así puede funcionar?
-Puede funcionar en cualquier lugar. Pero sucede muy de tarde en tarde. El único caso de éxito claro en España es el Guggenheim de Bilbao. Esta obra ha regenerado una ciudad que estaba contra las cuerdas, que en los años 80 del siglo pasado tenía la industria siderúrgica obsoleta y problemas de paro, terrorismo y drogas. Se hizo una gran y arriesgada inversión y salió bien. La mayoría de intentos emulatorios registrados en España, sin embargo, ha salido mal. La arquitectura puede haber sido más o menos afortunada. Pero en términos de rentabilidad, las inversiones han sido tan desmesuradas como ruinosas.
-Dos arquitectos uruguayos, Carlos Ott y Rafael Viñoly, han tenido una gran relevancia internacional. ¿Los consideras starchitects? No mencionas grandes proyectos de ellos en España en tu libro.
-En la arquitectura estelar, como en el fútbol, hay distintas divisiones. En un momento dado, los grandes arquitectos estrella, los que se permitían pedir hasta un 15% del costo de la obra en concepto de honorarios, podían contarse con los dedos de las dos manos: Foster, Herzog & De Meuron, Hadid, Nouvel, Gehry, Calatrava, etc, eran los que tenían un predicamento más extendido y "licencia para construir" en casi cualquier sitio. El resto jugaba en la siguiente división. Viñoly tiene un magnífico edificio en Tokio, por ejemplo, pero su consideración global quizás no ha sido comparable a la de los antes mencionados.
Éxito que era declive.
-¿Cómo cambió el atractivo o la fe que se tenía en los starchitects tras la crisis? ¿Y cuál es el futuro de la arquitectura milagrosa?
-La arquitectura milagrosa tenía en cualquier caso los días contados, iba a enfrentarse a una muerte natural cuando cada ciudad del planeta, o casi, tuviera su edificio icónico, llamativo, espectacular, y ya no tuviera sentido para sus vecinas, o para ellas mismas, intentar distinguirse con un bibelot arquitectónico muy estrafalario. Por tanto, su éxito global anunciaba, en cierta manera, su declive. Ahora bien, la arquitectura milagrosa no ha fallecido de muerte natural, sino de muerte accidental, debido a la crisis económica, que ha convertido en inviables proyectos que antaño ya fueron descomunales, y que ahora, con las restricciones económicas en curso, son además inabordables.
-Si fueras alcalde de una ciudad, ¿con qué arquitecto o tipo de arquitecto te sentirías seguro?
-Si tuviera que gestionar fondos públicos, intentaría que el equilibrio entre la calidad arquitectónica de la obra, su funcionalidad y sus costos de construcción y mantenimiento fueran razonables y asumibles. Cualquiera que se avenga a cumplir esa regla y que tenga algo interesante que aportar sería bienvenido. De todos modos, las ciudades deben progresar sobre la base de una sociedad organizada y solidaria, y no a partir de la supuesta magia o los supuestos milagros que supuestamente pueden producir determinados edificios. Hay otra razón para frenar los abusos de la arquitectura estelar en nuestras ciudades. Hace un cuarto de siglo, todos los museos creían imprescindible exhibir un Merz, un Long, un Kounelis, etc, y así hasta diez autores de un "top ten" que parecían los únicos existentes. En arquitectura, durante los últimos quince años, ha pasado algo similar. Parecía que los únicos arquitectos interesantes en el mundo eran los del "top ten", con los previsibles daños para el resto de los profesionales y de las tradiciones locales.
-¿Cómo afecta que gran parte de estos starchitects que dejaron su marca en España sean extranjeros, cómo es la dinámica con sus pares españoles?
-La mayoría de los arquitectos, sea cual sea su nacionalidad, aspira, y en un mundo globalizado todavía más, a construir en cualquier lugar donde su talento sea apreciado. Eso vale tanto para los españoles como para el resto. No es un fenómeno nuevo. San Petersburgo lo hicieron hace 300 años arquitectos italianos. Algunos españoles se han lamentado y reclamado mayor proteccionismo para el gremio local. Pero la mayoría de las quejas proceden de la constatación de que algunos extranjeros se han conducido aquí con más suficiencia que atención a las necesidades reales del proyecto.
-En general, ¿dirías que la arquitectura milagrosa funcionó?
-No creo en los milagros. Algunas operaciones, como la de Bilbao, permitieron relanzar una ciudad agotada. Otras, como la Ciudad de la Cultura de Santiago han cuadruplicado o quintuplicado su costo y todavía no están terminadas. El día que lo esté, los gastos generales de este equipamiento equivaldrán al 30% del presupuesto de la Consejería de Cultura gallega, lo cual obligará a aumentar la dotación general -cosa improbable- o a recortar la actividad cultural en el resto del país. No parece una perspectiva muy halagüeña.

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