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Currículum vítae – Señor del gas (II)

Publicado el 12 octubre 2013 por Javier Ruiz Fernández @jaruiz_

Mientras ellos desayunaban y yo tomaba un café, el chaval del móvil, el cual estaba francamente orgulloso de todo lo que había podido comprar gracias a su trabajo como jefe de comerciales, nos explicó que, como novatos, teníamos una comisión equis (mínima) por venta; que, para vender, necesitábamos saber qué, cómo, cuándo dónde vender el producto, y que nuestro horario de venta era de 10 de la mañana a 7 de la tarde, pero debíamos estar en la oficina a las 8:30 a.m. y volver allí para una reunión a las 7:00 p.m. Estábamos a prueba, no teníamos sueldo base y debíamos pagarnos los desplazamientos en horario laboral: un mínimo de cuatro viajes sin contar la ida y la vuelta del trabajo a casa.

Después, empezó a esbozar (ligeramente) el servicio que debíamos ofrecer a nuestros clientes. Se trataba de una promoción que les permitiría ahorrar más de un 50% de su factura de gas. Saqué en claro lo siguiente: según mis compañeros, la factura del gas era TAN cara porque debía enviarse a Madrid y, desde allí, se emitía al resto de comunidades, lo que suponía un gasto ENORME en infraestructura. Si el cliente cambiaba de compañía, la empresa operaba a nivel autonómico y podía beneficiarse de increíbles descuentos.

En realidad, yo sabía por dónde iban los tiros desde el minuto cero, y me imagino que casi todos los que trabajaban allí desde hacía un día, un mes o diez años. En la jungla de asfalto, debías hacer gala de tu ingenio y apoderarte de los datos personales del abonado (es decir, de su factura de suministros); cuando el preciado objeto estaba en tu poder, con o sin permiso del cliente, cambiabas su compañía y le cobrabas un pastón por tu comisión.

—No entiendo —comenté como quien no quiere la cosa—, ¿si ofrecemos un producto mucho más barato por qué tenemos que ir puerta por puerta? ¿Y cómo se mantienen nuestros sueldos? ¿Y si solo hay un tipo de producto por qué las comisiones por “rango” son cada vez más altas?

—Ofrecemos un buen producto —contestó el jefe de grupo.

Suspiré.

A la hora, intuí que debí haberme largado mucho antes del desayuno, pero continué con ellos un rato más. Recuerdo que pensé: “Date de plazo hasta el mediodía.” Además, hoy tocaba Clot que, por alguna razón —quizá las probabilidades de “ventas”—, debía ser la leche.

Entonces, sin previo aviso, sucedió algo:

Eh, nuevo —exclamó alguien detrás de mí, y sin saber si se referían a mí o no, di un giro de ciento ochenta grados mientras silbaba la melodía de El bueno, el feo y el malo, pero no hablaban conmigo.

—¿Eh-eeeh-ehh, qué? —dijo el otro chaval que empezaba ese día.

—¿No te dijo Mengano que vinieses con traje?

—No tengo.

Risas.

—Si es necesario para el trabajo, debería ponerlo la empresa, ¿no? —sugerí yo.

Silencio.

—Tú métete la camisa por dentro.

—Sí, sí, voy… —contesté, pasando del tema; no por rebeldía estúpida, sino porque intuía que mi aventura comercial pronto llegaría a su fin.

De camino a la zona en cuestión, uno de ellos me explicó que la empresa pagaba a los jefes de grupo dos y tres mil euros mensuales por media jornada de trabajo, y conocía a gente que en un par de años tenía a su servicio a tres y cuatro grupos. Cuanto más alto subías en la empresa, más cobrabas y menos tenías que trabajar. Todo consistía en un sistema piramidal muy simple: por cada euro que tú conseguías, cada escalón duplicaba la ganancia y, sí, podías ganar verdaderos pastones.

Cuando llegamos, el jefe de grupo nos dividió por calles, y dispuso que los nuevos debían acompañar a un par de vendedores a su elección. Dichos compañeros estaban que no cabían en sí, porque cada nuevo éramos uno menos con quien competir aquel día —después, si fuera necesario, ya se preocuparían. Aun así, mis dos camaradas decidieron dividirse y sortearon quién me enseñaba cómo iba el tema; el ganador se largó, directamente, al edificio colindante en busca de presas.

El modus operandi era el siguiente: llamaban a todas las puertas gritando ¡El del gas! ¡Somos del gas! ¡Venimos por la factura del gas!; si les abrían, primero les vendían la moto del ahorro, o del error en la factura que debía rectificarse a su favor, sin embargo, para ser honestos, solo llegué a asistir a un timo, y fue tal que así:

—Somos del gas —informó mi acompañante.

—¿No lleváis identificación? —preguntó un tipo de veintimuchos o treinta y pocos que acababa de levantarse.

—Le hemos estado llamando por un error en la factura. ¿Tiene alguna factura en casa?

—¡Uf! Voy a mirar, de esto se ocupa mi mujer: yo no tengo ni idea.

—¿No había un error en una factura específica? ¿Te vale cualquier factura? ¿Eso no está informatizado hace años? —murmuré al compañero mientras el inquilino rebuscaba en los cajones de una habitación.

—Cállate.

—¿Y en qué consiste el error?

—Tenemos que hacerte una devolución, porque te están cobrando más de la cuenta… Si me dejas una factura puedo cambiarte el plan que tienes contratado.

—¿Pero sois de la compañía del gas?

—Sí, pero verás, quitamos una serie de planes extra que suelen encarecerla y podemos ahorrarte un 50% del precio que pagas cada mes. ¿Qué estás pagando?

—30 o 40 euros.

—Pues sí, algo menos de la mitad.

—Vale, puta madre —dijo, dándole una factura del mes pasado.

Y sonó la música que anunciaba al primer primo del día. Salimos. Nadie más le abrió la puerta en aquel edificio y, al llegar a la calle, me largué.

—¿Dónde vas, Javier? —preguntó el compinche.

—Lo siento, esto no es para mí.

—Pasa a menudo. Suerte —dijo, corriendo hacia el siguiente edificio.

—¡Eh! —le grité— Solo por curiosidad, ¿cuánta gente prueba esto cada día?

—¡Demasiados! —contestó sin darse la vuelta.


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