Reto: Reencontrarse en el apocalipsisde Libros.com
Noventa y ocho días, once horas y diecisiete minutos, es el tiempo que llevan encerrados en el cuarto de la lavadora mi marido y mi hijo.
Ciento diez días desde que la gente empezó a convertirse en zombis, y esos frikis de los no muertos, esos comedoritos vírgenes, se frotaban las manos. Por fín tenían a su alrededor lo que tanto tiempo habían estado anhelando. Mientras se pudo mantener la vida normal, se mantuvo. La gente trabajó hasta su último aliento. Mi marido fue uno de ellos, hasta que una noche llegó a casa abatido. Borja, su compañero y mejor amigo, le había mordido, y aún no sabía cómo había podido empujarle y salir corriendo de allí antes de la masacre en las oficinas.
Ilusa de mí, le curé la herida como si fuese normal, y no una causada por este virus al que llaman SARSZeta. Le preparé sopa y dejé que nuestro hijo se la llevara, amaba a su padre sobre todas las cosas. Pero mi marido ya no era él y se abalanzó sobre Lucas. Al oír los gritos de mi niño, llegué en dos zancadas a la habitación. Mi amante esposo estaba masticando media cara de su propio hijo. Mi grito se escuchó hasta en Australia. Intenté separarlos, pero no me dejaba. Mi niño dejó de moverse, y en menos de un minuto había vuelto a la vida y ahora los dos me perseguían. Llegué hasta la cocina y fintando como en el baloncesto, pude encerrarlos. Me dejé resbalar de espaldas a la puerta hasta sentarme en el suelo y pasé la noche llorando. Quedé completamente sola.
Ahora estoy en la azotea de nuestro edificio, veinte pisos de altura. Adiós Madrid. Doy el paso y salto.
Mientras caigo, oigo un helicóptero, llega tarde o salté demasiado pronto...
