Revista Diario

De cómo la "pelusa" irrumpió de repente

Por Belen
Pues sí, al fin la "pelusa", celos, envida, o como queráis llamarlo irrumpió en nuestras vidas sin previo aviso. Y es que el Peque ha empezado a sentir cierta envidia de la prima. Así, de repente.

Siempre os he dicho lo bueno que ha sido con ella, lo poco que le ha importado que yo la cogiera y la hiciera mil zalamerías. Pero las cosas comenzaron a cambiar. No hacia la niña, pues sigue con su buen talante hacia ella, sino hacia todos los demás.

Mi hijo no destaca por ser un niño "políticamente correcto". No le gusta lo típico de dar un beso necesariamente cuando llega a algún lado, ni le gusta darlo porque se va en la despedida. Ahora eso sí, en medio podrá darte miles de muestras de cariño y afecto. Pero "sentirse obligado" a hacerlo, le chirría sobremanera. Por más que he intentado explicarle de buenas maneras que son normas de educación, que se hace porque se quiere o aprecia a esas personas, etc, etc, etc, no hay manera. Pero lo que ha sucedido este verano ha ido más allá.

Desde que mi hermana se quedó embarazada dejó de prestarle la hiper atención que a ella le gustaba y mi hijo demandaba. De revolcarse con él por el suelo a jugar, de hacer el bruto y darle miles de mimos, pasó a estar encamada, preocupada y con un estado de ánimo por los suelos, con motivo de su embarazo. Mi hijo, que contaba 3 añitos no lo podía entender. La pobre se esforzaba pero claro, desde una cama las cosas no pueden ser igual. Mi hijo aceptó la nueva situación, los niños se adaptan rápido. Pero su relación se resintió. Esperábamos algo así, era normal, y sabiamos también que cuando las cosas se normalizaran todo se arreglaría.

Cuando la niña nació mi hermana empezó a intentar pasar ratitos con mi hijo, interesarse por él, pero mi hijo dio la negativa por respuesta. No quería, supongo que se sentía enfadado con ella y se lo demostraba. La pobre, con una paciencia infinita, le dejó hacer, le dió su tiempo y al final recogió los frutos. Poco a poco mi hijo ha ido cediendo a "sus encantos" y han retomado su bonita relación. Mi peque es super cariñoso con ella, le gusta tumbarse y quedarse abrazado a ella, la mira con ojitos enamoriscaos y necesita de sus besos, sus abrazos y sus juegos. No importa que mi sobrina esté por ahí, o que yo la haga carantoñas, él no sentía celo alguno.

Pero una vez restaurada la relación tía-sobrino han sobrevenido los problemas. La niña ha pasado de ser un bebito pasivo a una criatura altamente activa, con personalidad propia, que chapurrea palabras, que deja claro lo que quiere y cuando lo quiere. Que reclama a sus abuelos, a sus tíos, a su primo.... vamos que ahora y a los ojos de un niño de 4 años "empieza a molestar".

Yo de esto me he dado cuenta a posteriori. Llegaba a casa de sus tíos y no saludaba, se sentaba apartado, no hablaba con nadie, su expresión era de resignación/aburrimiento/tristeza. Confieso que me enfadaba con él, ¿a qué venía eso?. Sé que una siempre debe tener la paciencia por bandera, a mano, para poder utilizarla cuando sea necesario. Pero soy humana, y como tal, fallo y tengo límites. Y confieso que me saturó ese comportamiento, ¡con sus tíos, nada menos!. Intenté que me explicara qué sucedía, pero todo fue inútil, solo conseguí que se comportara peor y que el comportamiento se repitiera.

La otra tarde, jugando en el parque con los dos peques quedó de manifiesto lo que sucedía, ¡¡celos!!. Empezó a reclamar de repente toda mi atención de un modo muy exagerado, la atención de mi hermana, y no nos dejó ni a sol ni a sombra, eso sí, pasando él a ser el prota absoluto. No despreció a la niña, y la permitió participar de los juegos, pero no podíamos hacer nada con la niña, sin que él se nos avalanzara reclamando su pequeña parcela de protagonismo.

Siento no haberme dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Pero es que su "timidez social" a veces es muy difícil de sobrellevar. Teniendo 4 años y medio pensaba que lograríamos superar ciertos malos ratos, pero no ha sido así. Ayer mismo en el cumple de su amiguita, anticipó tantísima ansiedad a su llegada, que cuando entró por la puerta se echó al suelo a llorar. Por supuesto los presentes le miraban sin comprender nada, y me miraban a mi con ojos críticos, ¡faltaría más!. Una vez que rompió el hielo todo fue sobre ruedas, lo pasó en grande y no hubo más contratiempos. Pero con esto os quiero explicar lo cuesta arriba que a veces se hace.

Y claro, no esperaba algo así con la familia a estas alturas. Pero ha sucedido, y ahora hay que poner toda la carne en el asador para que no tema por su privilegiada posición, para que se siga viendo importante, para que no se sienta como el príncipe destronado.

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