Revista América Latina

De cómo pudieron haber asesinado a Hugo Chávez (VII).

Publicado el 20 julio 2014 por Jmartoranoster

*JUAN MARTORANO.

 

Gottlieb también supervisaba el aumento de la producción del arsenal de Pine Bluff, una base militar de la que se había apropiado la división química para iniciar la fabricación masiva de suspensión de brucelosis que se mandaría a Europa, por barco, dentro de bombas de fragmentación. El objetivo era lanzarlas sobre blancos soviéticos si la Guerra Fría experimentaba una escalada hasta llegar a la confrontación militar. Millares de bombas de brucelosis habían sido enviadas a bases aéreas estadounidenses en Alemania del Este y Gran Bretaña. Cada bomba, de 225 kilos, estaba concebida para infectar un área de cuatrocientos metros cuadrados. En el panteón de armas biológicas que el doctor Gottlieb tenía a su disposición, la brucelosis era una relativamente suave, que incapacitaba a las víctimas sin matarlas. Sin embargo, podía debilitar a una persona hasta un año y dejar secuelas permanentes en el esqueleto y tracto genitourinario. Era el arma perfecta para destruir la eficacia de una fuerza de combate enemiga y dejar a su población civil gravemente debilitada durante un período de tiempo considerable.

También debo referirme al caso del doctor J. Robert Oppenheimer, uno de los hombres que había contribuido a crear la bomba atómica, y que había sido acusado de haber hecho todo lo imposible para impedir que se desarrollase como arma defensiva contra la Unión Soviética. Dentro de algunas investigaciones de este científico, luego del estallido de su segunda bomba de hidrógeno sobre el atolón de Bikini, en el Océano Pacífico, se detectaron rastros de lluvia radioactiva en zonas tan alejadas como Europa. Las llamaron estroncio 90. Su vida media era de veinte años. En los humanos, se depositaba en los huesos y provocaba cáncer, generalmente mortal. Cualquier parecido a lo sufrido por nuestro gigante no es pura coincidencia.

 

El doctor Gottlieb viajó a Alaska para esparcir gérmenes en la estepa siberiana y comprobar cómo se comportaban en el círculo polar ártico. Se adaptaron los siles de misiles del Medio Oeste para que pudieran lanzar armas biológicas contra los blancos de la Unión Soviética. El doctor Gottlieb asistió reuniones en el Pentágono en las que se desempolvaban, escribían o reescribían planes. Ayudó al doctor Gottlieb a montar otro centro de pruebas en una base militar en desuso situados en las afueras de Salt Lake City, en Utah, para evaluar los resultados de más de cien ensayos de armas biológicas y químicas que el Mk-Ultra había efectuado en todo el mundo. También es bueno destacar que, el famoso científico Louis Pasteur, en sus múltiples trabajos científicos, identificó los microbios que podían asesinar en su microscopio, pero esto es acallado por algunos sectores interesados.

 

De igual manera, debo referirme al caso de Jeannine Huard, una psicóloga canadiense que sería objeto de experimentos. El doctor Donald Ewen Cameron le suministró algunas sustancias en la que además de las afectaciones psicológicas y depresión, tan profunda que le alteraba el habla y los movimientos, la mantenía en vela por las noches, la llenaba de toda clase de remordimientos, pero además le quitaba el apetito, le arrebataba el deseo sexual, desordenaba su ciclo menstrual y le arrancaba físicamente kilos de una constitución ya delgada. Todo esto después de aplicada una apendicetomía, en donde se pensó que podía tener cáncer, pero no fue así.

 

En su incesante búsqueda de información útil para el programa de guerra biológica, el doctor Gottlieb había reclutado el apoyo de los archiveros de la CIA. Èstos habían desenterrado una caja de documentos que los oficiales de espionaje del Ejército estadounidense habían recuperado en Múnich en 1945. La caja llevaba la etiqueta: “Experimentos de la Oficina de Guerra Alemana 1934-1939”. Los documentos todavía llevaban el sello alemán de secreto. Entre los experimentos figuraban los que habían seguido el rastro de las corrientes de aire por las redes de metro de París y Londres. “Los túneles serían blancos primarios en una futura guerra cuando londinenses y parisinos se refugiaran en los túneles durante los bombardeos. Usando bacterias que eran excelentes trazadoras biológicas, los túneles se transformarían en focos de epidemias masivas”. El memorándum había sido escrito en julio de 1934, después de la llegada al poder de los nazis.

 

Dos meses más tarde, en un cálido día de verano, según otro documento, agentes alemanes habían rociado con “miles de millones de microbios la red metropolitana de París desde coches con los que habían pasado por delante de las bocas de metro. Los gases del tubo de escape ofrecían un camuflaje satisfactorio para la dispersión  de microbios desde unos tanques conectados a los tubos de escape de los vehículos”. Un tercer documento afirmaba que “seis horas más tarde, en la estación de metro de plaza República, a tres kilómetros del punto de dispersión, nuestros agentes descubrieron millares de colonias de esos gérmenes”. En Berlín habían estudiado con entusiasmo los hallazgos. Un memorándum remitido a Herman Goering, jefe de la Luftwaffe, por la Oficina de Guerra Alemana aseguraba: “Es posible soltar una bomba biológica apropiada y tener una certeza considerable de que las bacterias entrarán en la red de metro”. Los alemanes habían efectuado pruebas parecidas en Londres con “resultados igualmente satisfactorios”.

 

También hubo un experimento seguido por WilliamBuckley, realizado por el doctor Sargant, donde se recogieron los últimosresultados de las últimas pruebas, en las que se había inyectado a pacientesterminales de cáncer del hospital St Thomas, una de las escuelas de medicinamás destacadas de Londres, dos virus raros: el mortífero virus de Langart y elmás letal si cabe virus de la enfermedad del bosque de Kyasanur. Ninguno de lospacientes era consciente de que estuvieran siendo utilizados como “conejillosde indias”. Se estaba estudiando el posible uso de los virus como armasbiológicas, los ensayos habían terminado con la muerte de todos los pacientes.Además de sus cánceres, habían contraído encefalitis. El doctor Sargant debíarecoger el papeleo sobre las autopsias realizadas en Porton Down para queBuckley se lo llevase al doctor Gottlieb.

 

De Inglaterra voló a Alemania en un Dakota de laFuerza Aérea estadounidense, que aterrizó en la zona norteamericana. De caminoa un piso franco de la CIA, le enseñaron un depósito secreto de la Selva Negra.Enterrados a mucha profundidad había bidones de armas biológicas y químicassuficientes para un año de contraataque en respuesta a cualquier asaltosoviético. El depósito ejemplificaba lo que más tarde en su diario Buckleydescribiría en su diario como “el collar patriótico de Gottlieb en torno a lossoviéticos”. Había visto alijos parecidos en la isla de Okinawa, en elPacífico. Contenían suficientes armas biológicas para matar a todo hombre,mujer y niño de la Unión Soviética.

 

También cabe destacar el rol de la familia Dullesen la organización de la operación Paperclip, el cual se trataba de un programapara llevarse a científicos alemanes selectos a trabajar a Estados Unidosdurante la Guerra Fría. Oficialmente ninguno tenía que haber sido miembro delpartido nazi. La condición no tardó en pasarse por alto cuando se descubrió lomucho que sabían los científicos, todos miembros del partido nazi. Estabanmucho más avanzados que sus colegas estadounidenses en lo referente a armamentode partículas o láser, diseño de cohetes, electrónica y armas biológicas.

 

Dulles se encargó de que todos los archivos de sured de espías y científicos estuviesen limpios de cualquier referencia a supasado nazi. Muchos obtuvieron la ciudadanía estadounidense, asimismo más desetecientos científicos nazis, varios de los cuales habían realizadoexperimentos con humanos en Dachau, Bergen-Belsen y Auschwitz.

Kurt Blome había sido miembro destacado delprograma nazi de guerra biológica. Desde 1943 había matado a millares devíctimas de campos de concentración con experimentos como inyectarles la peste,el ántrax y otros gérmenes letales. Sin embargo, en 1951 trabajaba en FortDetrick con los mismos agentes biológicos que había utilizado en el campo deconcentración.

 

Walter Schreiber había sido el tesorero-pagadorde todos los médicos que trabajaban en los programas nazis de guerrabioquímica. En 1951 trabajaba en la Escuela de Medicina de las Fuerzas Aéreasen Texas. Un año más tarde, por miedo a que la prensa descubriera su pasado,Schreiber obtuvo un visado y encontró un empleo en Argentina, donde vivía suhija.

 

Por ahora lo dejaremos hasta aquí, peropendientes de las próximas entregas.

¡Bolívar y Chávez Viven, y sus luchas y la Patriaque nos legaron siguen!

¡Hasta la Victoria Siempre!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!

 

*Abogado,Activista porlos Derechos Humanos,Militante Revolucionario y de la Red Nacional de [email protected] (RENTSOC).http://juanmartorano.blogspot.com/http://juanmartorano.wordpress.com/  ,[email protected] .com,[email protected] ,juan [email protected] com. ar . @juanmartorano (Cuenta en Tuiter).

 


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