Tras la extracción prevista de los restos de Franco de la basílica del Valle de los Caídos numerosos intelectuales y políticos exigen que se desmantele la cruz que la preside, que es la mayor del mundo, e incluso piden que se destruya todo el monumento.
Lo que lleva a preguntarse qué dirán los arqueólogos del futuro ante las ruinas de esa muestra del monumentalismo del siglo XX durante el mandato del dictador Francisco Franco.
Probablemente calificarán de bárbaros a quienes devastaron los signos de una época y de una situación histórica, como piensan ahora los que tratan de recuperar algo de la ciudad de Medina Azahara, declarada por la UNESCO el pasado domingo, 1 de julio, Patrimonio de la Humanidad.
Dentro de un milenio eso que se llama ahora Valle de los Caídos tendrá el mismo valor arquitectónico, histórico, de simbolismo religioso e incluso artístico que los restos de la ciudad construida junto a Córdoba por Abderramán III tras proclamarse califa, terrible jefe militar y religioso en 929, infinitamente más brutal que Franco, quien quizás no pensó que su gran abadía horadada en una montaña de piedra presidida con una cruz de 150 metros de altura sería algún día un tesoro arqueológico. O sí.
Durante un siglo la familia de Abderramán, los Omeya, impresionaron a sus rivales sunitas, los califas de Bagdad, y a sus contrarios del Califato de los fatimíes chitas que dominaban el norte de África.
Aquella ciudad palaciega, como le ocurrió durante siglos a casi todos a los grandes monumentos del mundo islámico, fue destruida por fanáticos islamistas, invasores cada vez más ortodoxos, que veían pecado en aquella riqueza.
Los destructores no fueron los cristianos reconquistadores, sino los almorávides y los almohades, entre 1040 y 1269, los talibanes de entonces, como los que arrasaron los gigantescos Budas de Bamiyán, en Afganistán y los enloquecidos del DESH-ISIS que aún arrasan restos milenarios en Siria e Irak.
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SALAS

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