Revista América Latina

De historias prepagadas y libros-despertadores

Publicado el 26 febrero 2016 por Jmartoranoster

De historias prepagadas y libros-despertadores

¿Recuerdan ese dicho popular que dice “nada es inocente en esta vida”? Pues bien, más allá de su origen, aquí, en esta nota breve y dominguera, sirve de tentempié para una necesaria reflexión que me aplastó por accidente.
Hacía muchos meses que en un tarantín de la Librería del Sur en la entrada de la UNEARTE, Plaza Morelos, hice una especie de mercado. Todo coincidió: tenía efectivo, la encargada del mesón de venta es amiga mía, salí de dar clase con algo de tiempo libre y estaba de buen humor. Me puse a examinar el catálogo del momento y allí estaban, como esperando por mí: varios ejemplares de una hermosa colección llamada Juventudes Comandantes. Varios libritos pequeños, delgados como un folleto, engrapados y coloridos.
Yo ya había conocido esa colección en la Filven, pero en esa oportunidad sólo me había podido llevar ¿Qué es la filosofía?, de José Manuel Briceño Guerrero, y una antología mínima de poesía amorosa para jóvenes.
Encima del mesón estaba No aculturados, una compilación de ensayos donde aparecen: Glauber Rocha, José María Arguedas, José Martí, Aimé Césaire y José Roberto Duque. Recuerdo que en su momento quedé enganchada con el análisis de Duque sobre la escasez artificial (e impuesta, agregaría yo) de la harina precocida de maíz.
Leer además: Cortázar para amar
Pasé de largo el orden cronológico del libro y lo leí salteado. De principio a fin, menos la introducción. A veces somos injustos con las palabras que abren una edición. Las mismas suelen ser luz, brújula o mapa, bienvenida y abrazo, juego previo y rito de iniciación.
En este caso, las palabras introductorias son de Joel Rojas.
Bien, ahora, volvamos a la frase con la que iniciamos. ¿Alguna vez se han preguntado por qué tanta alharaca cuando se prende el debate todo 12 de octubre? ¿Por qué en la escuela nos enseñan que se trata del día del “encuentro de dos mundos” o, mucho peor, “la conquista de América” o el “día de la raza”? ¿Por qué ahora se empeñan en resetearnos el disco duro para que digamos que el 12 de octubre nada se celebra, sino que se conmemora el día de la resistencia indígena? ¿Por qué en el 2015 cuando el Presidente Nicolás Maduro inauguró una estatua de Guaicaipuro en Plaza Venezuela, donde antes se encontraba una de Cristóbal Colón, el ahora Presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, armó una pataleta histórica por tuiter, jurando que de volver al poder una de las primeras cosas que harían sería devolver a Cristóbal Colón a su lugar?
Nada de esto es inocente. Si desde la escuela nos tratan de convencer de que el 12 de octubre de 1492 llegó pacíficamente un barco con una cruz y fue recibido muy alegremente por pueblos originarios que ofrecieron piedras preciosas como regalo de bienvenida y nada más (sin sangre, ni esclavización, ni memoricidio), es porque responde a un interés de perpetuar la domesticación de las masas adormecidas.
Y no es necesario esperar hasta el próximo 12 de octubre para pensar un poquito en esto. Así como No aculturados volvió a mis manos y, por feliz accidente, caí por primera vez a su introducción, escrita por Joel Rojas, y me quedé largo rato reflexionando sobre este tema (tanto así que decidí utilizarlo para esta breve nota dominguera); podemos pensar qué significa para nuestro día a día la imposición de efemérides como esta, la historia prepagada a favor de las clases dominantes.
Pero, mejor que sea el propio Joel quien los convenza. Les dejo, entonces, un fragmento que ilustra bastante bien todo lo dicho hasta ahora:

En las escuelas y liceos se nos ha enseñado o se nos ha dicho que la Colonia es un “período histórico” que en Venezuela inicia cuando los invasores (hay quienes aún les llaman conquistadores) pudieron establecer sus sociedades en el país, luego de la “derrota del indio”, con el trabajo de indígenas y africanos esclavizados hicieron de su sistema económico la base de una cultura que en trescientos años se estancó con respecto a la energía de su origen: Europa.
Esta reducción ignora la resistencia continua de indígenas y cima- rrones que en tiempos recientes hemos comenzado a conocer. Se toma conciencia de que esa sigue siendo la fuerza del continente nuestroamericano.
Sabemos ahora, es decir, se dice por todos lados en nuestro país, que la dominación cultural continúa, aunque la económica y política la estemos superando continuamente. Heredamos taras que dificultan la manifestación de nuestros rasgos ancestrales, cultura y ciencia. Esa aculturación se expresa en la tecnología, en las relaciones sociales, en las costumbres.
No se trata de abanderar nuestras luchas con una falsa bandera que quiera proclamar la regresión a unas circunstancias de vida imposibles a estas alturas, que nieguen la historia que fue, el idioma y los aspectos menos negativos, por no decir buenos, del intercambio entre aquellos dos mundos, aunque este se haya basado en la imposición. Somos un pueblo hecho de muchos pueblos.
Esta aparente contradicción de identidades tenemos que foguearla con la potencia que heredamos de nuestros ancestros primeros, con las caras más ocultas o profundas de la colonización que nos determina todavía.

Gipsy Gastello / [email protected] / @GipsyGastello

¿Recuerdan ese dicho popular que dice “nada es inocente en esta vida”? Pues bien, más allá de su origen, aquí, en esta nota breve y dominguera, sirve de tentempié para una necesaria reflexión que me aplastó por accidente.
Hacía muchos meses que en un tarantín de la Librería del Sur en la entrada de la UNEARTE, Plaza Morelos, hice una especie de mercado. Todo coincidió: tenía efectivo, la encargada del mesón de venta es amiga mía, salí de dar clase con algo de tiempo libre y estaba de buen humor. Me puse a examinar el catálogo del momento y allí estaban, como esperando por mí: varios ejemplares de una hermosa colección llamada Juventudes Comandantes. Varios libritos pequeños, delgados como un folleto, engrapados y coloridos.
Yo ya había conocido esa colección en la Filven, pero en esa oportunidad sólo me había podido llevar ¿Qué es la filosofía?, de José Manuel Briceño Guerrero, y una antología mínima de poesía amorosa para jóvenes.
Encima del mesón estaba No aculturados, una compilación de ensayos donde aparecen: Glauber Rocha, José María Arguedas, José Martí, Aimé Césaire y José Roberto Duque. Recuerdo que en su momento quedé enganchada con el análisis de Duque sobre la escasez artificial (e impuesta, agregaría yo) de la harina precocida de maíz.
Leer además: Cortázar para amar
Pasé de largo el orden cronológico del libro y lo leí salteado. De principio a fin, menos la introducción. A veces somos injustos con las palabras que abren una edición. Las mismas suelen ser luz, brújula o mapa, bienvenida y abrazo, juego previo y rito de iniciación.
En este caso, las palabras introductorias son de Joel Rojas.
Bien, ahora, volvamos a la frase con la que iniciamos. ¿Alguna vez se han preguntado por qué tanta alharaca cuando se prende el debate todo 12 de octubre? ¿Por qué en la escuela nos enseñan que se trata del día del “encuentro de dos mundos” o, mucho peor, “la conquista de América” o el “día de la raza”? ¿Por qué ahora se empeñan en resetearnos el disco duro para que digamos que el 12 de octubre nada se celebra, sino que se conmemora el día de la resistencia indígena? ¿Por qué en el 2015 cuando el Presidente Nicolás Maduro inauguró una estatua de Guaicaipuro en Plaza Venezuela, donde antes se encontraba una de Cristóbal Colón, el ahora Presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, armó una pataleta histórica por tuiter, jurando que de volver al poder una de las primeras cosas que harían sería devolver a Cristóbal Colón a su lugar?
Nada de esto es inocente. Si desde la escuela nos tratan de convencer de que el 12 de octubre de 1492 llegó pacíficamente un barco con una cruz y fue recibido muy alegremente por pueblos originarios que ofrecieron piedras preciosas como regalo de bienvenida y nada más (sin sangre, ni esclavización, ni memoricidio), es porque responde a un interés de perpetuar la domesticación de las masas adormecidas.
Y no es necesario esperar hasta el próximo 12 de octubre para pensar un poquito en esto. Así como No aculturados volvió a mis manos y, por feliz accidente, caí por primera vez a su introducción, escrita por Joel Rojas, y me quedé largo rato reflexionando sobre este tema (tanto así que decidí utilizarlo para esta breve nota dominguera); podemos pensar qué significa para nuestro día a día la imposición de efemérides como esta, la historia prepagada a favor de las clases dominantes.
Pero, mejor que sea el propio Joel quien los convenza. Les dejo, entonces, un fragmento que ilustra bastante bien todo lo dicho hasta ahora:

En las escuelas y liceos se nos ha enseñado o se nos ha dicho que la Colonia es un “período histórico” que en Venezuela inicia cuando los invasores (hay quienes aún les llaman conquistadores) pudieron establecer sus sociedades en el país, luego de la “derrota del indio”, con el trabajo de indígenas y africanos esclavizados hicieron de su sistema económico la base de una cultura que en trescientos años se estancó con respecto a la energía de su origen: Europa.
Esta reducción ignora la resistencia continua de indígenas y cima- rrones que en tiempos recientes hemos comenzado a conocer. Se toma conciencia de que esa sigue siendo la fuerza del continente nuestroamericano.
Sabemos ahora, es decir, se dice por todos lados en nuestro país, que la dominación cultural continúa, aunque la económica y política la estemos superando continuamente. Heredamos taras que dificultan la manifestación de nuestros rasgos ancestrales, cultura y ciencia. Esa aculturación se expresa en la tecnología, en las relaciones sociales, en las costumbres.
No se trata de abanderar nuestras luchas con una falsa bandera que quiera proclamar la regresión a unas circunstancias de vida imposibles a estas alturas, que nieguen la historia que fue, el idioma y los aspectos menos negativos, por no decir buenos, del intercambio entre aquellos dos mundos, aunque este se haya basado en la imposición. Somos un pueblo hecho de muchos pueblos.
Esta aparente contradicción de identidades tenemos que foguearla con la potencia que heredamos de nuestros ancestros primeros, con las caras más ocultas o profundas de la colonización que nos determina todavía.

Gipsy Gastello / [email protected] / @GipsyGastello


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