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De la invención de la escritura al libro

Publicado el 15 marzo 2012 por Alma2061

De la invención de la escritura al libro
La más antigua forma de escritura, desarrollada en el sur de Mesopotamia en el IV milenio a.C., es la escritura cuneiforme, así llamada porque empleaba signos en forma de cuña que eran esculpidos por un punzón sobre tablillas de arcilla después secadas al sol o cocidas en un horno. En origen, los caracteres cuneiformes eran pictogramas que representaban cada uno un objeto, un animal o una parte del cuerpo humano. Más tarde los signos pasaron a indicar una palabra, una idea o bien una sílaba, como en la escritura ideográfica de los antiguos egipcios y aún hoy en los ideogramas chinos y japoneses.
Oriente ha transmitido una gran variedad de soportes para la escritura: en India e Indochina se escribía sobre hojas de palmera y sobre corteza de árbol; en China, sobre seda; en Grecia y Roma, sobre pedazos de arcilla y tablillas de madera dealbatae, (recubiertas de barniz blanco), o ceratae, (impregnadas de cera). El material de escritura más difundido en el mundo antiguo fue el papiro, utilizado por los egipcios desde el III milenio a.C. y usado después en Grecia y Roma. Las hojas de papiro no soportaban los dobleces, por lo que se pegaban para que formaran una larga tira continua que después se enrollaba en torno a una varilla de madera.
La escritura romana es conocida sobre todo a través de las inscripciones epigráficas. Las letras, esculpidas con un cincel, son de tipo mayúsculo, es decir, de igual altura e incluidas entre dos líneas paralelas (mientras se llama minúsculas a las letras de diversa altura con palos ascendentes y descendentes). Posteriormente esa escritura recibiría el nombre de capital porque fue utilizada para las iniciales de los capita, es decir, los capítulos de los libros. Entre los siglos II y III d.C. se desarrollaron a partir de la capital latina la minúscula cursiva y la elegante escritura uncial, utilizada entre los siglos IV y VII para la redacción de los códices.
En el siglo III d.C., gracias al perfeccionamiento de las técnicas de su fabricación, se difundió el empleo del pergamino: una hoja elaborada con pieles de animales convenientemente tratadas, plegadas y cocidas. Del rollo se pasó así al códice, es decir, a la forma que hasta hoy presenta el libro. El pergamino más fino y liso era utilizado para los códices más preciosos, que generalmente contenían los evangelios u otros textos sagrados, como Los evangelios de Lindisfarne, realizados en Inglaterra en el siglo VII y escritos con letras solemnes de tipo capital con grandes iniciales miniadas.
La reforma de la escritura operada durante el reinado de Carlomagno, que se enmarca en un panorama más general de renovación intelectual y religiosa, llevó a la introducción de la minúscula carolingia: una escritura regular, de gran legibilidad, con la que se trataba de sustituir las diversas grafías locales. En Italia, donde la carolingia no se difundió hasta finales del siglo X, sobrevivieron otras grafías, entre ellas la beneventina, ejemplificada en este manuscrito Codex Legum Longobardorum (siglo XI) y utilizada también en el scriptorium del importante centro de enseñanza que fue el monasterio benedictino de Montecassino.
Entre los siglos XII y XIII se difundió la escritura gótica, evolución de la minúscula carolingia, de la que se diferencia por las letras de líneas separadas y por la sustitución de las curvas por ángulos, debido probablemente a la adopción de una pluma de punta truncada. De hecho, la forma de la escritura estaba determinada también por el instrumento utilizado para escribir: los romanos, por ejemplo, se servían del punzón para las tablillas de cera, del cincel para los epígrafes y del cálamo o tallo de junco para escribir con tinta. También la posición tomada al escribir podía ser importante: los escribas egipcios se acurrucaban, los griegos y los romanos escribían sobre las rodillas, mientras los monjes medievales se apoyaban en un atril.
Mientras la escritura gótica seguía siendo utilizada para los textos religiosos y las obras filosóficas y jurídicas, en el siglo XV se difundió para los textos clásicos el uso de la escritura humanística, que halló su máxima expresión en Italia. La escritura humanística imitaba en claridad y elegancia a la carolingia y, en las versiones redonda y cursiva, fue adoptada como modelo para los caracteres de imprenta. En ese mismo periodo en todo Occidente el pergamino fue sustituido por el papel, fabricado con trapos y otros materiales de desecho mediante una técnica inventada en China en el siglo II d.C. e importada a Europa por los árabes.
El primer libro impreso con caracteres móviles en Europa fue la Biblia realizada por Johann Gutenberg en 1455 con caracteres góticos. Los incunables -como se llama a los libros impresos antes de 1501- presentan una gran semejanza formal con el códice manuscrito: no tienen portada, sino sólo incipit, es decir, una fórmula que da breves indicaciones sobre el autor y el contenido. El título y el autor de la obra, el nombre del impresor, y el lugar y el año de impresión se indican en el colophon, al final del volumen. La portada apareció en el siglo XVI, cuando el incipit fue aislado en una página que precedía al texto y se enriqueció con los datos del colophon y la marca del impresor.
Los códices manuscritos medievales presentaban tres decoraciones miniadas distintas, a menudo muy elaboradas y de gran belleza: la inicial, el marco y la ilustración, que podían aparecer de manera separada o todas juntas. Con la difusión de la imprenta, a partir del siglo XVI, las ilustraciones también tuvieron que adecuarse a las nuevas técnicas y las miniaturas fueron sustituidas por las xilografías, es decir, grabados sobre madera que podían tener el mismo espesor que los caracteres de imprenta y por tanto podían insertarse perfectamente en la composición del texto. En Italia, el ejemplar más precioso de libro ilustrado es el Hypnerotomachia Poliphili, impreso en Venecia, en 1499, por Aldo Manuzio.

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