El polvo en Madrid es una maldad.
El polvo de Madrid no es polvo inerte, muerto, pesado. Tiene vida, se desplaza ligero y vuela por todos lados sin ser descubierto. Se va acumulando silenciosamente y lo notas sólo cuando cruje bajo tus pies un buen día en que dices "¿será que hay que barrer? ¡pero si barrí hace un par de días y tengo las ventanas cerradas!"
Con frecuencia, se convierte en motitas de pelusa gris y aparece en el suelo, como si hubiera estado caminando por la casa todo el día cual insecto y lo hubieras descubierto al abrir la puerta. Es como vivir en el depósito de pelusa de una secadora gigante... y alguien siempre está secando ropa.
El polvo de Caracas es arenoso, consistente. Es una tierrita fácil de barrer. Es domesticable y obediente, entra dócilmente en la pala. Hasta simpático me parece el polvo de Caracas ahora, cuando recuerdo lo placentera que eran nuestras interacciones.
El polvo de Madrid es rebelde, se escapa huyendo en bandada y alertando al resto, haciendo que barrer se convierta en una lucha sin cuartel. Es el Hombre contra la Suciedad en una lucha desigual entre escoba versus partículas, añicos, pelos y brozas.
Y el Hombre siempre gana la batalla, pero nunca la guerra.
