
SOBRE EL AZAR DEL MAPA
EL misterio de esta ajada ciudad
se refleja en los ojos de esa niña
que ahora nos observa con tristeza
desde el mural pintado en la fachada
de una casa cualquiera de Sofía.
SENTADA, la mujer de las palomas.
La rodean.
Se le posan encima.
Allí comen, zurean y defecan.
La miseria encarnada en las palomas.
La inútil compasión en la sonrisa
de esa vieja que vive con palomas.
¿QUÉ decir de la luz?
A uno se le antoja casi gris.
Del color
—sucio e indefinido—
que proyecta la vida
a finales de invierno
en esta capital
que lleva el nombre
de la sabiduría.
CON qué parsimonia
amanece en Grandson.
Poco a poco la luz
va dorando las cosas:
la fachada de enfrente,
las copas de los árboles,
el jardín despoblado
que se ve desde el cuarto.
Se habitúan los ojos
a ese ritmo metódico
que tan bien se acompasa
al diario vivir.
Nace, sí, la jornada
y con ella el anuncio
de una nueva existencia.
ACOSTUMBRADO al agua
—turbia y escasa—
del modesto río Jerte,
observo con asombro
la corriente del Ródano.
El caudal abundante.
Su limpia transparencia
—para mí, una metáfora—.
La contemplo
desde uno de los puentes
y con ella también me purifico.
Por dentro, me refiero.
Es como si la visión
de su luz cristalina
depurara mi alma
y la hiciera más simple.
Como si la belleza
de su ser natural
convirtiera en bondad
mi interior lastimado.
ÁLVARO VALVERDE (1959)
poeta español

