Esta mañana, mientras nos tomábamos el café, C. me enseñaba algunas de las últimas fotos de Mateo. Tenemos muchas. Mateo comiendo, durmiendo, jugando, bailando (sobre todo bailando), señalando algo que nunca sabremos qué era. Hay fotos para reconstruir casi cualquier día con él.
Y pensé que hemos aceptado la pérdida de nuestro derecho al recuerdo con la misma naturalidad con la que aceptamos otras pérdidas últimamente: sin escándalo, como si nunca lo hubiéramos tenido.
Durante años hicimos fotografías para recordar. Ahora hacemos fotografías para no olvidar que estuvimos allí, para dejar constancia que vivimos ese momento.
Más allá de subastar nuestra memoria a cambio de la aprobación de casi desconocidos, cuando negociamos almacenar nuestros recuerdos, permitimos perder nuestra capacidad de recordar.
Quizá por eso me preocupa un poco que ahora podamos volver a cualquier momento con una precisión absoluta.
Porque recordar no es recuperar un archivo.
Es reconstruirlo.
Siento que somos de las últimas generaciones que podrán hacer el ejercicio de recordar por sí mismas, sin el impulso de buscar esa pieza exacta en la galería infinita de gigas de instantes almacenados.
Decía Bunbury en una entrevista en El País que «la música en directo había perdido la batalla con los móviles». Basta mirar cualquier concierto para comprobarlo. Un océano de pantallas levantadas para demostrar que estuvimos allí. Y ocurre lo mismo en las bodas, en los cumpleaños, en las reuniones familiares, en cada pequeño paso de nuestra vida: vivir el momento ya no es suficiente.
Me gustaría que a Mateo le quedaran lugares suyos, donde el recuerdo sea solo para él. Que algún día pueda regresar a uno de esos instantes y le envuelva la emoción de lo que ocurrió allí: la alegría por algo que consiguió, la rabia por algo que le indignó o la tristeza por algo que perdió.
Recuerdos que le pertenezcan. Que le sirvan para entender su pasado y, con él, entenderse mejor a sí mismo.
Recuerdos que no podamos enseñarle.
Todos deberíamos tener derecho a recordar.
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