Revista Tendencias

Despedidas y decisiones

Publicado el 30 marzo 2026 por Claudia_paperblog

Las despedidas y las decisiones todas en un mismo día. Y no me sale ni una lágrima y oculto mi tristeza con indiferencia, con bromas delante de mis amigos. El abrazo dura minutos, no quiero soltarle aunque lo haya escogido yo. Para escribir sobre él, pongo la misma música que escuchaba para escribir sobre J. 

No sé si me da pena perderle o sentirme sola, o no encontrar nunca el amor o no sentir la piel de nadie al dormir. Una vez más, la despedida de una persona conlleva muchas otras despedidas. El adiós a los besos, a los mensajes de buenos días, a los cumplidos, a las sorpresas, a tener a alguien a quien contarle lo que me preocupa.

Me habría gustado decirle más cosas, siempre que dejas algo atrás solo ves lo bueno.

-Contigo he podido ser yo misma por completo, que sé que a veces soy un poco rarita y contigo lo he podido ser y me he sentido muy bien. Y creo que tú te has abierto mucho conmigo también, me gustó que me contases todo eso de tu infancia en la ruta que hicimos.

Ese día, mientras el cielo se oscurecía, parecía que no hubiese más colores que el blanco, el negro y el gris. Anochecía rápido y lento mientras llegábamos a los últimos dos kilómetros de la ruta.

-Me siento como si todo esto no existiese, como si estuviésemos en un sueño -le dije.

Era una sensación increíble, que me producía vértigo y miedo a partes iguales. Quería seguir sintiendo eso, como si no estuviese en ningún sitio, como si todo fuese un decorado. No había ni un solo ruido, no cantaban los pájaros, no había viento, los árboles no se movían. Y era desconcertante y maravilloso. Caminábamos en un sueño algo tétrico que nos dejaba ser otras personas. Era como si se hubiese parado el tiempo.

Y echo de menos a J. y a la yaya y anoche volví sola andando desde la discoteca, con la bici a un lado porque tenía la rueda pinchada. Y no me salía llorar. Hasta que vi a un chico muy joven en la calle. Me miró, le mantuve la mirada. Salió de una cadena de fast food con dos bandejas de comida, le dio una a un hombre tapado con cartones. Y no me pude contener, me senté en un banco que imitaba el trencadís de Gaudí y lloré. Él se acercó, me preguntó si estaba bien. Se pensó que solo lloraba por ellos, que en parte sí, pero lloraba por mí misma, por la vida, por la velocidad de todo, por la soledad, por el egoísmo de la gente, por no tener motivos para estar triste. 

Le quise mucho en ese momento, se sentó a mi lado y hablamos durante una hora. Llevaba desde los diecisiete viviendo en la calle, tuvo un trabajo, pero no le dieron los papeles que le prometieron. Se emocionó y me dijo que a veces sería mejor no estar. Me puse seria y le dije que eso nunca, que por favor no se plantease nunca esa idea.

En ese momento, fuimos dos personas que se dieron compañía. Nos dimos las buenas noches, la diferencia es que yo tenía una casa a la que volver.

Carlos también se nos va hoy. Me dice que está nervioso y me enternezco, pero no es por el cambio, no es por un cierre de ciclo, no es porque nos va a echar de menos, sino porque le da miedo que la televisión se rompa con la mudanza o no quepa en el maletero del coche. Carlos siendo Carlos hasta el último momento. Llega su madre, aparca el coche en la acera y empezamos a sacar al portal maletas cargadas de objetos acumulados en seis años.

Su madre parece estricta, lleva una cruz colgando del cuello. Le riñe cuando sube la maleta roja al maletero:

-Con cuidado, hijo, que me vas a rayar el coche y esto deja una marca roja.

Tiene un Jaguar y con esto ya me he formado una idea no del todo positiva de ella.

Últimamente, he pensado en The end of the fucking world, que la vimos juntos, en que aún no deja ir a su ex porque yo ya le he dejado ir, en las pipas que nos comíamos en el parque, en que su madre le pedía que le atase los cordones. Los dos corriendo en la luna, las canciones que cantábamos de roadtrip, los baños desnudos, salir de fiesta juntos.

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